Imagen ilustrativa. Foto de Paolo Chiabrando en Unsplash.

El teatro existe desde que algún ser humano lejano necesitó expresarse para contar historias utilizando el cuerpo, la voz y la personificación como herramientas. En los comienzos era el ritual alrededor de un fogón, con diversas máscaras, bailes o canciones que ejemplificaban la manera de actuar o relacionarse de las tribus antiguas, siendo que las artes nunca estuvieron lejanas ni mucho menos como competidoras unas de otras sino como hermanas de la expresión.

Los mitos y leyendas siempre nos interesaron y las moralejas son parte de lo que somos como sociedad. Qué entendemos como características positivas y negativas y qué queremos hacer con otras personas para ayudarnos a sobrevivir como especie y cuidar a nuestros seres queridos. Qué queremos contar y cómo queremos decir quiénes somos para que quede como testimonio a futuro. La forma de documentarnos y entendernos.

Siempre el teatro estuvo ahí porque se lo necesitó. Las sociedades fueron mutando, mezclándose, evolucionando, pero el arte teatral siguió ahí. Sea frente a un fogón, con máscaras y rituales de carnaval, en anfiteatros religiosos, en auto sacramentales, en teatros a la italiana, con telas pintadas haciendo de fondo boscoso, con vestuario, con escenografías monumentales, o sin nada de eso como teatro pobre, en ritos de vida o de muerte, o mezclándose con la radio, la ópera, las operetas o las comedias musicales, por citar algunos ejemplos.

Y tanto actores como actrices hemos tenido y tenemos escenarios tan variados como suelos descalzos, escenarios altos, escenarios bajos, vías peatonales, templos religiosos, tablones, teatros gigantescos o pequeños círculos under, o sólo un micrófono o una cámara como público, pero nuestra esencia siempre es la misma. Es la adrenalina de poder contar algo que nos pasa desde nuestro lugar o la piel de otro, la posibilidad que se nos da para estar frente a un escenario y decir lo que el resto no puede o no quiere manifestar, pero que de alguna manera le representa. Podemos estar hablando de personajes ficticios o seres que podrían convivir o lo han hecho con las personas que están en ese recinto, con el fin de lograr esa capacidad de empatía que realza nuestro trabajo para expurgar nuestras pasiones más humanas.

Muchas veces se creyó que iba a disminuir el público, o que iba a rendirse frente a los avances tecnológicos como lo fueron alguna vez la radio, el cine, la televisión o más contemporáneamente las plataformas de videos o de streaming pero los teatros se siguieron y siguen llenando. Se acoplan a los tiempos que corren e incluso toman los recursos que les permiten las tecnologías para experimentar a nivel técnico o para difundir su arte.

El teatro en particular mantiene ese ritual mágico que le hace tan único que le distingue del resto: es raro que la gente vaya sola al recinto teatral (salvo quienes vamos para analizarlo o quien tiene un pariente en el escenario). Primero se busca qué obra ir a ver, se le habla a una persona querida para invitarla, se llama para reservar entradas, se planifica qué lugar queda cerca del teatro para cenar posteriormente a la función, nos aseamos, nos perfumamos y nos vestimos bien para ir y disfrutar del espectáculo.

De lo único que dependemos es de la difusión, de la promoción y la recomendación de las obras para que se pueda crear una cultura teatral apoyada por la sociedad. Tanto el teatro como cualquier arte no son un lujo, sino una necesidad de las personas. Es lo que nos separa de los animales y lo que nos inmortaliza para siempre. Por eso es importante el teatro en las escuelas y como salida familiar en la infancia. Porque tenemos que enseñarle a las nuevas generaciones que lo que ofrece el teatro no lo pueden encontrar en otro lado. Ni hablar si tienen la posibilidad de experimentar lo que es la creación de personajes en la expresión personal y grupal.

Somos un reflejo de lo que pasa debajo del escenario, siendo atravesados por las crisis, los conflictos sociales, los momentos alegres, el humor propio de cada lugar o el ritmo de vida que nos caracteriza.

Estamos ante un arte efímero, como todas las artes escénicas, que dependen sí o sí del momento en que se realizan. Jamás pueden existir dos funciones iguales porque somos humanos quienes nos subimos a “las tablas” y son humanos quienes vienen a vernos realizarlas.

El teatro es único y cada día que se va al teatro puede quedar para siempre. Por eso vuelvo a preguntar: ¿vamos al teatro? Espero que la respuesta sea que sí. Que se abra el telón.