Messi y Scaloni bajan del avión.

Mucho se ha escrito sobre el detrás de escena que precedió a aquella fantástica aparición de los campeones del Mundo de 1986, en el balcón de la Casa Rosada. Y, más allá de las diferencias visibles antes y durante el torneo, que tuvo parte del gobierno de Raúl Alfonsín, con la conducción técnica de aquel equipo que alcanzó la gloria al mismo tiempo que Maradona se hacía un lugar eterno en el fútbol universal, los héroes tuvieron su momento de cara a la multitud que los vitoreó y festejó con ellos en la histórica Plaza de Mayo.

Hay un abismo entre las condiciones sociales y políticas de aquel tiempo y la actualidad. Ya desde 1985, Alfonsín gobernaba con enormes dificultades económicas y el peronismo en la oposición no dejaba de aguijonearlo, porque a esa altura ya olfateaba un cierto grado de debilidad inocultable, y como un tiburón oliendo sangre, incluso, derrotado en las elecciones de medio término de ese año en donde se cree que la ciudadanía rescató en el gobierno el sentir democrático y el fuerte compromiso por mantener en pie a las instituciones, mucho más tras el juicio a las Juntas, pese a todo, no se sacaría jamás el objetivo de hacer tambalear a la administración a lo que diera lugar. Particularmente, las centrales de trabajadores innegablemente adheridas al peronismo e identificadas con él. Pero, aquel equipo campeón llegó a la Rosada y desde los balcones festejó con la multitud y nadie, en absoluto, pareció oponerse a tal acontecimiento. Promediando el gobierno, la crisis apenas había sido anestesiada con un programa de estabilización que duraría un puñado de meses, pero el malestar social con la situación y con la administración no había llegado al extremo de dividir y fragmentar a la sociedad como ocurre hoy; un acontecimiento que, desde la guerra iniciada por el kirchnerismo contra el campo en el 2008, cuando se hizo evidente con su aparición, no ha parado de crecer, de afianzarse e, incluso, a veces de hasta reinventarse, cambiar su fisonomía para ocultarse y aparecer con toda su furia cuando se lo propone.

El gobierno de Alberto Fernández habría llevado adelante muchos intentos de negociación con Carlos Chiqui Tapia, con Leonel Scaloni y hasta con el mismo Leo Messi para que, al arribar hoy al país, asistieran a la Rosada para aparecer en el histórico balcón. Lo han contado con algún detalle fino los cronistas que cubren la Presidencia. Uno de ellos, Gonzalo Azis, acreditado por TN y Canal 13, contó en la tarde de ayer que la Presidencia llegó a tener contactos con Scaloni y hasta con el padre de Messi. El técnico habría dicho que la respuesta estaba en manos de los jugadores, y el padre del astro, que no tenía nada que ver. Finalmente, por medio de Messi, según el periodista, se le hizo llegar al gobierno que este equipo no tiene pertenencias políticas ni partidarias y que, por tal razón, no asistirían al convite.

Ya está dicho que en Argentina las disidencias han llevado al desarrollo de un sistema de relaciones entre su gente, tan rígido y tenaz que, comparado con otras naciones, aún con los mismos padecimientos, impide que se la comprenda e interprete. Y que ni tan siquiera al fútbol –y precisamente por todo lo que significa el fútbol para los argentinos– se le permita que sus máximos representantes, los que han alcanzado la gloria en su nombre, le den a la política un medio para solazarse o para que se pueda aprovechar de él, aunque desde la Rosada habrían asegurado que nadie del gobierno acompañaría a los héroes de Qatar en el balcón de cara a la multitud.

Pero, se sabe que la actual administración, ya en el plano de la gestión de la realidad con la que el elenco de gobierno no puede desde que tomó el control institucional hace tres años, intentará atraer los beneficios sicológicos del triunfo para inyectarlos en el manejo de la economía. Tiene algunos antecedentes como para intentarlo, y es todo lo que ha sucedido en los pocos países que han ganado una Copa del Mundo –como las tres que ya tiene Argentina– y que sólo en ciertas y determinadas circunstancias vieron crecer sus economías.

En el país –digamos, mejor dicho, el gobierno, y dentro de él, el Ministerio de Economía de Sergio Massa– se observa el caso de Francia particularmente que, en 1998, tras ganar la copa, su economía creció en 1,8 por ciento de acuerdo con un trabajo que hicieran economistas y analistas del HSBC y que desde Italia 90 en adelante, de aquel torneo en el que la Selección llegó a la final y que perdió ante Alemania, las economías de los países triunfantes crecieron 1,6 por ciento, un 9 por ciento por arriba del promedio general. Por supuesto que el dato de mayor actividad económica se ha dado por el lado del mayor consumo, no por una mayor productividad, y es lo que podría llegar a suceder en la Argentina, pero, por el mes en curso, estimulado no sólo por un efecto de felicidad y de gozo, aunque fuese temporario, y por los mayores ingresos que proporciona el pago de los medios aguinaldos en la economía formal.

Es decir, si bien los datos muestran que desde el Mundial de 1990 los ganadores tuvieron en promedio un aumento de su PBI en un 1,6%, según estudios y especialistas, no es causal la relación. No hay evidencias que sostengan que la victoria en un Mundial es un factor determinante en el crecimiento de la economía de un país.