Rodolfo Suarez pegó de entrada. Los primeros párrafos del discurso de apertura de Asamblea Legislativa decidió dedicárselo al punto que mejor lo posicionó desde que asumió como gobernador: marcar diferencias con el gobierno nacional y, a partir de ahí, agrandarse y meterse de lleno en una grieta que le ha dejado superávit en la opinión pública.
“Creemos en el valor del esfuerzo y en el mérito, creemos que no da lo mismo quien hace las cosas dentro del marco de la ley que por fuera. Creemos en el derecho de las víctimas. Creemos en las obligaciones del ciudadano. Creemos en la exigencia y en la evaluación. Creemos en la disciplina fiscal. Creemos que en el desarrollo de las fuerzas privadas está el verdadero camino para producir riqueza y empleo de calidad”, lanzó.
Lejos de ser un relato moderado, Suarez se puso un traje combativo, con una narración alejada de su habitual perfil diplomático en este tipo de exposiciones. No dudó en pegarle a la oposición con ese tiro directo inicial al kirchnerismo. Reprochó a los sectores ambientalistas de militar “fanatismos absurdos” que frustraron la minería en la provincia, reclamó a la oposición que deje de trabar el tratamiento de la reforma constitucional y se paró directamente en todos los temas calientes que parten en dos a la sociedad argentina. Y lo hizo, claramente, sabiendo que lo estaba haciendo del lado que goza de mayor aprobación en Mendoza.
Habló de mejoras sustanciales en salud y, especialmente, en educación y seguridad. Lo hizo en contraposición a los modelos que fueron establecidos por el kirchnerismo a nivel nacional y que La Cámpora defiende en la provincia. Por eso insistió con el temprano regreso a la presencialidad en las escuelas y con la inversión tecnológica en materia de seguridad para colaborar con la Justicia y mandar a todos presos. No implica que, en los hechos, haya sucedido así. O, en todo caso, a medias.

Es cierto: Mendoza fue una de las provincias que levantó la bandera de la vuelta a clases. Lo hizo cuando la Casa Rosada, de manera absurda y caprichosa, insistía con tener los colegios cerrados en detrimento de la salud mental de los chicos.
La paradoja se dio cuando la presencialidad plena fue un hecho. Las críticas llegaron desde todos los puntos cardinales de la provincia. Falta de bancos, ventanas rotas, techos con goteras, baños que no estaban en condiciones. Un panorama que, en casi dos años de parate, se debería haber solucionado
La seguridad tampoco resultó ser un punto fuerte. Más allá de lo que marquen las estadísticas delictivas, a Suarez y a su gente les costó tomar las riendas del Ministerio. Lo terminaron de hacer cuando lograron sacarse de encima a Roberto Munives, que oficiaba como ministro en las sombras y cayó por sentirse intocable. Ahí cambió radicalmente la conducción de Seguridad. La apuesta es a la tecnología, lo cual no es garantía de éxito si no hay recurso humano que acompañe.
Suarez sacó las uñas y arremetió contra los antimineros. Es una provincia en crisis como la actual, privarse de una actividad madre es poco menos que un despropósito. Pero allí cayó en cierta contradicción. Culpó a los fundamentalistas de agitar las aguas para enturbiar la actividad, pero careció de decisión política para tomar la posta nuevamente y sentar la discusión nuevamente bajo su mandato. Eso y tirar la toalla ante los sectores fanatizados es más o menos lo mismo.
El final no podía ser diferente. Le dio al discurso un marco global con la referencia de la invasión rusa a Ucrania, y lo hizo en el mismo sentido que las 22 páginas que había leído anteriormente: habló de libertad, de paz y de democracia para dejar expuestos a quienes defienden el sueño húmedo y anacrónico detrás de un líder totalitario que añora las épocas soviéticas.
