El título no es para inducir a un conteo de los terremotos. Si entramos a la página web del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) vamos a comprobar que su red de estaciones sismológicas registra más de diez sismos por día con epicentros en San Juan o en Mendoza.

Afortunadamente, en casi todos los casos se trata de movimientos de pequeña magnitud que los seres humanos no alcanzamos a percibir (sismos no sentidos del INPRES) porque su magnitud está por debajo de nuestros límites de sensibilidad al respecto.

La realidad es que los terremotos son parte integrante de nuestro medio ambiente. Así como tenemos viento Zonda, rayos, granizo, aluviones y otras molestias de origen natural, y nos acostumbramos a vivir con ellas minimizando sus efectos, de la misma manera tenemos que acostumbrarnos a convivir con los terremotos porque son un fenómeno más que nos depara la naturaleza a los que habitamos una región sísmica. En otras palabras, tuvimos, tenemos y seguiremos teniendo movimientos sísmicos.

Debido a que un altísimo porcentaje de los sismos no son perceptibles desarrollamos una mala tendencia a olvidarnos de ellos. Los sismos perceptibles son pocos a lo largo del tiempo y solo una vez cada dos o tres décadas se produce un sismo de tal magnitud como para provocar daños y víctimas, y entonces recordarnos que existen y que deberíamos estar preparados, sobre todo porque es uno de los pocos fenómenos que llega sin avisar, sin un pronóstico previo, y por eso nos sorprende.

En ciertas oportunidades, y a raíz de los desastres producidos en la costa de Chile por terremotos que han registrado magnitudes desde 8.3 Richter (Coquimbo, 2015) hasta 9.5 de la misma escala (Valdivia, 1960), nos han preguntado si en nuestra región pueden darse movimientos de esa misma gran magnitud. Si bien la conocida caprichosidad de la naturaleza nos hace dudar y aceptar que todo es posible, también debemos aceptar que los hechos ocurridos y los estudios realizados hasta hoy indican que esa probabilidad es muy baja.

En efecto, los terremotos más dañinos de San Juan (1944, 1977, 2021) tuvieron una magnitud máxima de 7.4 en la escala de Richter, y los de Mendoza (1861, 1920, 1985) no sobrepasaron la magnitud 7 de Richter. Además, con respecto a Mendoza, en 1995 el INPRES publicó un estudio de las fuentes sísmicas potenciales del Gran Mendoza y evaluó las magnitudes máximas entre 6 y 7 3/4. En consecuencia, todo nos hace pensar que la diferencia citada se va a mantener en los movimientos del futuro.

La explicación más simple de esa diferencia parece estar directamente relacionada con el tamaño de las masas de terreno involucradas en cada uno de los dos ámbitos.

Los terremotos sufridos en la costa chilena se originan en lo que científicamente se llama “zona de Benioff” que es una especie de enorme “falla”, un plano inclinado que une a dos placas de la corteza terrestre que convergen en esa zona, que superficialmente coincide con la Fosa de Chile, ubicada en el Pacífico paralela a las costa, unos 100 kilómetros hacia el oeste.

La lenta convergencia de las placas genera una compresión en aumento que va acumulando energía hasta que en algún lugar vence la resistencia de las masas rocosas y la Placa de Nazca se desplaza en forma repentina y violenta unos pocos metros, friccionando una superficie contra la otra, hundiéndose debajo de la placa Sudamericana. Ese movimiento repentino y violento es el foco donde se originan las ondas sísmicas que se perciben como terremoto.

Como se puede apreciar, las masas que intervienen en ese proceso son dos grandes placas de corteza terrestre cuyo tamaño es similar a la de un continente. Son enormes. La energía que pueden acumular y liberar son proporcionales a ese tamaño. Por eso, los terremotos que se originan en estas condiciones (terremotos interplacas) son los más violentos del mundo. En Chile, particularmente, han provocado muchas víctimas y grandes daños.

Ahora bien, la misma compresión que las placas vienen ejerciendo desde muchos millones de años atrás, se encargó de romper en pedazos el margen occidental de la placa Sudamericana, y apilar esos pedazos construyendo montañas. 

Cada uno de esos pedazos son bloques alargados en sentido norte – sur y separados entre si por planos de falla. Las fallas no son planos rectos sino curvados, desde casi horizontales en profundidad hasta verticales en superficie. En la figura 2 se muestra un corte o perfil, reproducido desde la Hoja 3169 – IV del Programa Nacional de Cartas Geológicas del SEGEMAR (Ramos y Vujovich, 2000), elaborado a lo largo del río San Juan. En la mitad izquierda del perfil puede verse claramente como los bloques fueron corridos y apilados desde el oeste hacia el este, acortando la corteza y levantándolos para generar el relieve de la Precordillera.  

La explicación del mecanismo estructural que permite acortar la corteza y crear relieves montañosos mediante planos de falla curvos se muestra de manera esquemática en la figura 3.

En algunas de esas fallas que limitan bloques corridos y levantados se originan los focos de los terremotos de nuestra región. La misma compresión que ejerce la convergencia de las dos placas corticales afecta a todo el conjunto y por eso cada bloque presiona sobre el bloque adyacente, acumulando energía hasta que vence la resistencia del plano de falla y se produce el repentino y violento corrimiento de un bloque contra el otro.

Ese repentino y violento corrimiento es el foco de un terremoto típico de nuestra región. Es un sismo intraplaca y como se habrán dado cuenta, las masas que acumulan energía y finalmente se mueven, aún siendo cordones montañosos, son considerablemente más pequeñas que las placas corticales. Como consecuencia de esa diferencia podemos suponer razonablemente que los terremotos de nuestra región seguirán siendo de menor magnitud que los que afectan a la costa de Chile.  

El autor es geólogo, miembro de la Asociación Geológica de Mendoza.