Gladys había entrado en el bar. Mucho frío para esperar en la calle. En la oficina de Anses le habían dicho que fuera tipo una, cuando los jefes ya no están. Raro que en septiembre hubiera esa temperatura. El invierno se estaba prolongando demasiado. Eran las once y media de la mañana. Tenía que hacer tiempo. Un café con leche era bienvenido aunque la mayoría de las mesas tuvieran mantel y los platos listos para pedir almuerzo. Había alguna que otra mesa ocupada, alguien estirando un café tardío, un par de señoras compartiendo una pizza chica. Ella entró a la confitería porque tenía frío y porque necesitaba ir al baño y no tenía ganas de que le dijeran “el baño es sólo para clientes” como le pasaba algunas veces. La veían entrar cargada con bolsas y ya al acercarse al mostrador le hacían seña con la mano de que no, que no avanzara y le señalaban el cartel de “Baño con llave, solo clientes”. Gladys vendía medias, gorras y, aunque el invierno estuviera terminando, seguía ofreciendo pantalones frisados, de esos para usar de piyama, aunque ella, más de una vez, los usaba para salir a trabajar también. Elegía alguno discreto, no los celestes de corazones ni los que tenían ositos o perros salchicha dibujados, se ponía uno liso marrón clarito o, a veces, el animal print que a ella le gustaba muchísimo. En Anses tenía algunas buenas clientas, tenía que entregar cosas allí. Se sentó en una mesa cerca de la escalera, pidió el café con leche y le avisó al mozo que subía al baño, que dejaría en una silla una de las bolsas de las dos que llevaba, como para no subir con todo. La bolsa de los pantalones la llevaría con ella porque era liviana y además tenía miedo de que le sacaran algo, la otra bolsa, la de las medias y gorras, estaba envuelta en cinta adhesiva, era más difícil de acceder. Subió, estaba todo vacío y limpio, entró en el cubículo más iluminado, tenía perchero, colgó ahí la riñonera y puso la bolsa de los pantalones en el picaporte.
Una mujer desde el cubículo de al lado le habló. No había notado que ese compartimiento estaba ocupado:
ꟷ ¡Hola! ¡Por fin alguien!
ꟷSí, ¿qué necesitás?
ꟷ ¡Uff!
ꟷ ¿Te paso papel o algo así? ¿Te puedo ayudar en algo?
ꟷ No creo
ꟷ ¿Estás llorando? ¿Cuánto hace que estás ahí?
ꟷ Un rato
ꟷ ¿qué te pasa? espera que ya salgo, me acomodo la ropa y salgo.
ꟷ Estoy sangrando
ꟷ ¿estás lastimada?
ꟷ Me sangran los ojos.
ꟷ ¿cómo los ojos? ¿Qué decís? ¿Te golpeaste? ¿Te golpearon?
ꟷ Manché mi manto
ꟷ Tengo pantalones abrigaditos. Salgo y te muestro. Los tengo a buen precio ¿Ya salís vos también?
ꟷ Sí.
Gladys salió, se lavó las manos, se secó con el chorro de aire tibio. Soplaba con tanta fuerza que le arrugaba la piel, parecía que le separaba la carne de los huesos de las manos. La puerta del otro cubículo se abrió y la vio.
ꟷ Pe pe pero… ¿sos María?
ꟷ Sí, me reconociste.
ꟷ ¡Claro! Pero como… ¿andás así como así en un bar, en una confitería? ¿De verdad sos María?
ꟷ Vos misma lo dijiste.
Gladys no podía creer lo que estaba viviendo.
ꟷ ¿Cómo es que estás aquí? Así… hablando conmigo… con tu piel traslúcida…con tu manto celeste…
ꟷ Se me manchó.
ꟷ Sí, ya me dijiste. Y lo veo. ¿Te ayudo a lavarlo? ¿Se puede lavar el manto de la Virgen? El secador de manos es muy potente, en dos minutos lo secamos.
ꟷ Tengo que salir a la calle. Prefiero que no se note que soy yo. Tu llegada al baño me la mandó Dios.
María se sacó el manto y se lo entregó a Gladys.
ꟷ Dame uno de esos pantalones abrigaditos. Dame dos mejor, el otro me lo voy a poner como turbante, que me tape la corona. Y si no es mucho pedirte, necesito un Uber, hasta San Nicolás.
Gladys limpió el manto, lo secó en el secamanos, sacó el teléfono y pidió un auto. María le agradeció, le dio un beso leve y bajó las escaleras antes de que Gladys pudiera devolverle el manto. María subió al Uber rumbo a su casa.
Gladys se sentó en su mesa, todo estaba en su lugar, el café con leche ya estaba un poco tibio pero lo tomó con gusto. Dobló el manto bien prolijito y lo puso dentro de una bolsa de celofán que tenía. Salió hacia el Anses sonriendo. Caminaba pensando que el próximo fin de semana tenía que hacerse una escapadita a San Nicolás para devolverle el hermoso manto a su dueña.
