Había una vez un país en el que un día los chicos les hicieron huelga a los deberes. Los que todavía iban a la escuela se dormían sobre los cuadernos, dibujaban mariposas en las páginas de sus manuales de ciencias y ya no prestaban atención a las sumas y a las restas. Hacían castillos imaginarios con las letras del abecedario y trenes de fantasía con los números de cuatro cifras. Las maestras veían, aterrorizadas, cómo se iban poniendo viejas mientras intentaban que sus alumnos aprendieran a escribir sus nombres. Si algo no cambiaba pronto, los chicos de ese país sólo podrían contar hasta diez por siempre.

Aunque estas líneas podrían ser el comienzo de un cuento, no están muy lejos de lo que pasó en Inglaterra a fines de los años ochenta, cuando papás y maestros empezaron a ver, preocupados, que los chicos salían de la escuela con problemas para leer y escribir. Los expertos en educación pusieron manos a la obra y empezaron a preguntarse qué pasaba entre los alumnos y qué podían hacer para despabilarlos. Entre los que se encogían de hombros, algunos propusieron invitar a actores, escritores, bailarines, pintores y cantantes a pensar buenas ideas para pasarle el plumero a la modorra de los niños ingleses. Entre esos artistas, había una cuentacuentos. Ella, que tenía unos 30 años y formaba parte de una compañía de narradores orales, fue invitada a aplicar –a modo de prueba– los métodos que venía investigando para relatar cuentos. Sus propuestas tuvieron un impacto tan positivo en los boletines de los chicos que muchas de ellas se usaron para generar los contenidos del capítulo Speaking and Listening (Hablar y escribir) del English National Curriculum, el programa escolar que elaboraron los ingleses para mejorar la enseñanza.

“Yo venía trabajando con un tipo de narración al que llamamos dilemma tales, o cuentos con dilema. Son historias de todas partes del mundo que no tienen un fin específico, pero que siempre terminan con una pregunta disparadora. Hablan de la amistad, de los valores y de todas las cuestiones humanas”, cuenta Inno Sorsy, una de las protagonistas de esta historia, que habló con Sophia durante su paso por Buenos Aires.

¿Quién es ella? Inno es una narradora oral de origen ghanés, que vive en Inglaterra desde los 10 años. Ahora tiene 50 y pico –no revela la edad exacta–, es soltera y sin hijos, pero disfruta de los niños a través de su vocación. Convencida de que las historias que nos cuentan durante la infancia expanden nuestra creatividad, nos ayudan a soñar, a crecer, a resolver problemas; nos hacen explorar rincones inesperados de nuestro espíritu y nos transmiten valores, Inno creó el grupo de narradores The Company of Common Sense (La compañía del sentido común) e impulsó la creación de las Olimpíadas de Narradores que se llevarán a cabo en Londres el año que viene.

En un tiempo en el que las imágenes de la televisión, los videojuegos o Internet dominan la imaginación de los chicos, desde Sophia quisimos saber qué importancia tiene para ellos que les contemos cuentos y los llevemos de viaje por los infinitos senderos de la fantasía.

Inno, ¿qué le aportan los cuentos a la infancia?
Los cuentos nos permiten hablar de valores o afrontar mejor asuntos difíciles, como la muerte; nos permiten resolver problemas, tener pensamiento lateral, flexibilidad, imaginación, ¡creatividad! Por eso es tan importante que los padres les cuenten cuentos a sus hijos.

¿Cómo operan esas historias cuando somos chicos?
–Si alguna vez le contaste un cuento a un chico, sabrás que dicen: “Contámelo de nuevo”. Hay algunas historias, que nosotros llamamos “historias de enseñanza”, que las encontrás en todos los países. Si un ser humano escucha suficientes historias de este tipo, algo se empieza a mover dentro de él, le deja una huella, un cúmulo de conocimientos que le permite desarrollarse a sí mismo de manera armónica: no sólo emocional o psicológicamente, sino también espiritualmente. Es cuestión de escuchar, escuchar y escuchar. Y luego hablar sobre eso, hablar sobre las cosas que van surgiendo. A veces, un día, uno escucha una historia que lo pone en una cierta línea de pensamiento, y otro día lo pone en una línea distinta. Estas historias están emparentadas con la estructura de nuestra humanidad. Entonces, están emparejadas y soldadas entre sí y nos cambian la forma de ver las cosas. En ocasiones, nos encontramos frente a una situación que es exactamente igual a la situación de un cuento que habíamos escuchado; entonces, de inmediato tenemos los recursos internos para resolverla o manejarla de la mejor manera posible, de una manera positiva. De eso se trata.

Estamos más acostumbrados a escuchar relatos que a contarlos… ¿por qué es importante ser narradores?
Las personas contamos historias todo el tiempo, toda la vida. Cada día contamos una historia. Cada día es una historia. Cada vida es una historia. Al final del día, antes de irnos a dormir, contarnos a nosotros mismos la historia de cómo fue nuestro día es como cuando apagamos la computadora y salvamos los cambios: nos permite repasar las cosas buenas que hicimos y las que no nos salieron tan bien. Entonces, pensamos: “Hmmm… la próxima vez lo haría de esta otra manera. O la próxima debería hacer esto otro”. Contar historias nos permite incorporar la estructura humana, expresarnos, resolver situaciones.

¿Resolver qué tipo de cosas?
Situaciones problemáticas o algún conflicto con alguien. Si nos escuchamos a nosotros mismos contándonos nuestra propia historia, poniéndola en palabras, podemos visualizarla mejor. Cuando contamos una historia es como si estuviésemos viendo una película: a veces, de repente, vemos algo que no habíamos visto nunca, algo pequeño que tal vez es lo que estábamos necesitando, una respuesta que estábamos buscando. Mi propuesta es que cada uno trate de contarse a sí mismo su propia historia. Sólo hay que practicarlo. Al final del día, antes de acostarnos, visualizamos nuestro día: cómo fue, qué pasó, dónde estuvimos, qué hicimos, en qué nos equivocamos. De repente, nos encontraremos pensando: “Uy, me olvidé de este pedacito”. Ese pedacito, a veces, es el pedacito más difícil del día. Es bueno tomarse dos minutos sólo para pensar: “¿Qué pasó ahí? ¿Por qué pasó?”. Así le estamos dando un orden al día, y estaremos más frescos para el día siguiente.

¿Quiere decir que contar historias también es una manera de enseñarles a los chicos a conocerse?
Exactamente. Es una forma de trabajar el cerebro, de limpiar nuestros pensamientos, de desarrollar la capacidad de visualizar situaciones, secuencias, estructuras.

¿Quién es el mejor narrador que conociste?
Mi abuela Dada fue la mejor narradora que he conocido.