Este viernes a las 20.30, en la Sala Gildo D’Accurzio de la Biblioteca Pública General San Martín se lanza la antología “Colillas”, un libro que reúne dieciséis textos de una amplia variedad de registros, temas y estéticas.
Los cuentos de Verónica Góngora, Beatriz Ardesi, Evangelina Mayol, Susana Choren, Rubén Samperi, Gabriela Rizza, Andrea Dispenza y Daniel Andrada conforman esta antología sin desperdicios.
La antología es el resultado de un año de trabajo en un taller literario, que se concretó a partir de marzo del 2023 en el Café Godoy Cruz, bajo la coordinación del escritor Alejandro Frias.
El misterio y el terror, lo fantástico y el realismo, también algo de realismo mágico y otro tanto de realismo sucio, el intimismo y la ficción histórica… Las voces literarias que componen esta antología proponen una travesía que lleva a distintas emociones, especialmente, debido a la diversidad de tonos y temas que se desarrollan a lo largo de sus páginas.

En la multiplicidad de estilos que pueblan las páginas de “Colillas”, puede identificarse cada una de las voces, mérito de las autoras y los autores, quienes no se conformaron con producir textos literarios, sino que persistieron en la búsqueda de un estilo propio a partir de la construcción colectiva. Cada uno de los textos fue puesto a consideración del grupo, y fue el mismo grupo el que, merced al intercambio respetuoso de opiniones y comentarios, aportó a la mejora de los escritos, logrando de este modo una selección y revisión conjunta del material narrativo de “Colillas”.
El título del libro hace referencia a uno de los cuentos de la antología, pero también la elección tuvo que ver, según comenta Alejandro Frias, con que “a quienes participan en el taller les pareció significativo tanto por ser un título simple, directo y que hacía referencia a uno de los cuentos, como por el hecho lúdico de pensar en que los textos son lo que queda después de haberlos trabajado, limpiado, revisado otra vez, etc.”.

“Colillas” está compuesto de dieciséis cuentos que proponen un calidoscopio que permite un interesante recorrido literario. Una antología que llevará al lector a vivir una gran experiencia literaria.
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A continuación, compartimos con nuestros lectores el relato que da nombre al libro.
Colillas
Por Gabriela Rizza
Abro los ojos seguro de que ya todos salieron. Me levanto más tranquilo sin el riesgo de que me estén pidiendo «Luisito, haceme esto», «Luis, comprame aquello», «Tío, no te olvides de sacar el perro». No tengo ganas. Nunca tengo ganas.
Me pongo el buzo mientras voy dando sorbos a mi yerbita. Salgo. El sol ya ilumina un cielo nítido de noviembre. Me cruzo de vereda para evitar que la vecina ensucie mis zapatos con su torpe lampazo.
Camino dos cuadras hasta la calle principal. La señora de la esquina me mira con el ceño fruncido. «Qué te pasa, vieja de mierda», pienso, y sigo. El dueño del almacén me saluda, aunque sabe que pocas veces le contesto. Suele fumar en la vereda hasta que viene algún cliente. Cuando me doy cuenta de que entra, vuelvo unos pasos y levanto la colilla aún encendida. Retomo mi camino más lento porque voy disfrutando mi cigarrillo.
Hay unos pibes dibujando en el paredón de un baldío. Los miro curioso. Descubro habilidad en sus trazos. Sigo.
Ese micro va largando un humo tan denso que me da miedo respirar. A ver si todavía me afecta los pulmones.
Vislumbro la plaza. La parada múltiple de colectivos aún está vacía.
Espero a que se junte un poco más de gente. Encuentro un banco cercano a un grupo de estudiantes eufóricos. Lucen todos un corte muy similar al de los jugadores de futbol, bien cortito a los costados. Esto desfavorece claramente a los que tienen orejas de soplillo, que es el caso de uno de ellos. No puedo dejar de mirarlo. Estoy fascinado, es el Petiso Orejudo. Está al margen del resto. De vez en cuando emite un sonido, un gritito. Un sordo resentimiento asoma en su cara.
La parada se ha llenado. Doy una vuelta, me confundo entre la gente que, distraída o abstraída en su mundo, corre el colectivo. Ahora lo veo. Me agacho en ademán de atarme los cordones y lo alcanzo. No uno, varios.
Vuelvo a mi banco de la plaza y mientras fumo la segunda colilla, recuerdo una tarde de primavera en que una mujer tiraba en la base de un árbol las cenizas de una urna. Me acerqué y le dije que lo sentía. Ella me abrazó llorando. Yo le di unas palmadas en su espalda rolliza.
Camino otra vuelta alrededor de la plaza. Cruzo entre los autos, me choca una piba de rastas y media cabeza rapada. ¿Cuándo dejaron de gustarme las mujeres?
Paso entre las mesas del café y encuentro en el cantero tres cigarrillos apagados justo a la mitad. Me agacho a levantarlos y un correcto señor, envarado en su intachable figura, me interpela: «No seas tan asqueroso ¿Cómo vas a levantar eso?».
Por qué no te fijas cómo hiciste tu plata, viejo cabrón, pienso, y me da miedo de que esto se haya reflejado en mi rostro.
Camino hasta la puerta del banco. Si hay una cola tan larga, es probable que mucha gente ansiosa despunte el vicio. No puedo entender cómo pierden su tiempo haciendo colas para lo que sea.
Me quedo escuchando a un muchacho norteño que con su guitarra toca canciones de cuando mi vida valía la pena.
Tengo hambre. Necesito comer algo. No quiero tragarme otra humillación de mi hermana. Entro al café y le pregunto a la dueña si le sobra algo. Se lo digo incómodo, un poco violento, para no sentirme avergonzado. Quiero esgrimir un «por favor» y no me sale. Espero una negativa que aceptaré sin gesticular. Tengo suerte, me dice «esperá», y me trae una bolsa con tortitas viejas. «Gracias», exclamo, y me dirijo a la plaza para comer tranquilo.
Hay mucha gente por todos lados. Estoy contento. Seguro voy a poder fumar de lo lindo. Todo lo que quiero.
Para agendar
Presentación de “Colillas”
Lugar: Sala Gildo D’Accurzio, Biblioteca San Martín (Avenida San Martín 1843, Ciudad).
Fecha: viernes 30 de agosto.
Hora: a las 20.30.
Entrada libre y gratuita
