Solo para nombrar algunas leyendas de las letras de acá: desde los relatos de Juan Draghi Lucero hasta los cuentos y novelas de Antonio Di Benedetto. Tenemos el orgullo de haber sido la tierra de Liliana Bodoc, la primera escritora de fantasy latinoamericano. Desde este oeste Zuahir Jury escribió los cuentos y guiones que inspiraron las películas de su hermano, Leonardo Favio. Otro tanto en poesía: Alfredo Bufano, Ramponi, Zola González, Fernando Lorenzo y Armando Tejada Gómez. Cuántas voces diversas y magníficas nutren el canon literario mendocino desde aquel puntapié inicial de Juan sin Ropa (Juan Gualberto Godoy).
Fueron muchos y son muchos los que escriben y “nos escriben” desde Mendoza. La literatura y el arte que surgen aquí, desde todos los tiempos, son un tesoro de nuestra identidad como pueblo y comunidad. Por eso, leer a los tantos y tan buenos escritores mendocinos, divulgarlos y apoyarlos, es preservar la cultura.
Los mendocinos les debemos a nuestros grandes poetas y narradores del pasado el prestigio que supieron granjearse en el país y el mundo. Ellos ya hicieron el camino, pero, ahora, hay muchos escritores andando nuevas rutas. Desde este espacio la intención es brindar a los lectores una oportunidad de encontrarse con las páginas de hacedores locales y ofrecer a escritoras y escritores un sitio más para publicar su trabajo.

En estos microrrelatos, Romina Barboza desnuda, con una escritura netamente femenina, los mundos de la academia y las tradiciones culturales. Se atreve a reformular discursos desde una mirada alternativa, crítica y humorística. Nos muestra el revés, para que nos atrevamos a descubrir nuevas formas en lo que creíamos clausurado. Excepto por el primer “Sapiosexual”, todos los demás microcuentos son inéditos.
Sobre la autora

Romina Andrea Barboza es tucumana, pero Mendoza la recibió desde niña con sol y siesta y se quedó a vivir. Es becaria posdoctoral del Conicet, e investiga temas sobre medios digitales y subjetividad, como influencers.
Enamorada del poder de creación de las palabras, hace años que no deja de escribir, de jugar con las letras, de trascender los límites de lo imaginable. Ha publicado microficciones en revistas latinoamericanas y en su libro, Fisurar lo invisible (Macedonia Ediciones, 2023), una plaquette de poemas, Fuego y canción (Ediciones Frenéticxs Danzantes, 2023), y artículos académicos en revistas especializadas. Actualmente, trabaja en su primer libro de poesía.
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El talón de las sirenas
Por haber provocado la locura y muerte de un hombre, la sirena verde decidió, hace varios años, callar para siempre.
A un océano de distancia, una sirena azul cantaba tan bajito que nadie la escuchaba.
Con los años, y debido al profundo silencio, la sirena verde fue agudizando el oído: un día escuchó tenues vibraciones. Al principio lo reconoció como un sutil temblor, un temblor simple. Decidió que era su imaginación, exacerbada por su autoclausura monástica. Al tiempo, volvió a percibir las vibraciones, singular movimiento de cuerdas, e impulsivamente soltó dos notas. Asustada por su reacción, inmediatamente volvió a callar.
Y el oleaje propio del mar, más pausado que el viento, hizo que esas notas llegaran al oído de la sirena azul. Esas notas no son para mí, se dijo. Solitaria, siguió cantando en susurro, convencida que nadie la escuchaba.
Pero cuando esta vez las vibraciones cruzaron todo el océano, la sirena verde, reconoció el canto de una par. Un canto singular. Lo sabía porque, antes de su autocastigo voluntario, vivía rodeada de otras sirenas. Y escuchar ese canto tan ajeno, tan suyo, le arrancó una brevísima melodía: algo inconfesable se había removido en su voto de silencio.
Cuando la melodía llegó a los oídos de la sirena azul, se supo escuchada por primera vez. Fascinada y aterrada por la fuerza de gravedad de aquel canto, se ató al mástil del barco hundido en la grieta más profunda. Pero siguió cantando.
La verde, a su vez, cautivada por esa melodía tan rara que desnudaba su voz (y su voluntad), y sabiendo el poder de su propia voz, ahora irrefrenable, hizo lo mismo: se ató al mástil del barco hundido en la grieta más profunda de ese otro mar lejano.
Desde entonces, tsunamis se desatan mientras los barcos se arriman verso a verso.
Sapiosexual
Quiero que me hagas de todo. Que me escribas, por ejemplo. Que me escribas mensajes de WhatsApp con una gramática impecable, que incluya signos de puntuación, tildes y mayúsculas. Quiero que me leas. Que me leas en voz alta los escritos y seminarios de Lacan. Quiero que me muestres tus secretos. Que me muestres tu biblioteca y me cuentes al oído los criterios para ordenarla.
Quiero hacerte de todo. Quiero descubrir tu intimidad. Descubrir el significado de las abreviaturas en tus apuntes. Quiero que me toques. Que me toques los libros para escuchar cómo cruje el papel al pasar las páginas. Quiero una aventura con vos. Una aventura: vamos a un congreso de tres días y no faltamos a ninguna charla, aprovechamos los almuerzos para discutir los argumentos y, durante los aplausos de la conferencia de cierre, te estampo contra la pared del baño.
Sapiosexual II
Me tiró un concepto que me partió la cabeza. Y yo le partí la boca.
Sapiosexual III
Un día hicimos brainstorming y acabamos pegoteados de tanta humedad.
Sapiosexual IV
Algo se movía entre la maraña. Sofía agudizó la vista para seguir el rastro. Escurridizo, cuando se supo mirado, bajó la velocidad y empezó a darle vueltas alrededor. Ella le fijó los ojos. Y dejándose llevar por sus movimientos, empezó a encontrarle lógica. Ante su mirada insistente y al sentirse observado al detalle, él se sintió halagado y abandonó la actitud evasiva. Sofía se acercó y empezó a entenderlo: su forma y sus relaciones, hasta su estructura. Preso de la admiración que le causaba el análisis minucioso que ella le dedicaba, por primera vez, él la miró de frente. El fulgurante brillo provocado fue producto de los chispazos entre Sofía y ese cautivante y cautivado concepto.
La paradoja de la mente humana y la inteligencia artificial*
La inteligencia artificial no piensa. Nosotros, cada vez menos.
*Título proporcionado por ChatGPT que, claramente, no entiende de microficción. Otras opciones que me dio fueron: “La inteligencia artificial no piensa. Nosotros tampoco: Una reflexión sobre la Conciencia y el Pensamiento” (sic). Cuando se le pidió un título más poético produjo los siguientes: “Pensamientos ausentes”, “Mentes silenciosas” y “Silencio cognitivo”. El título pensado por este ser humano era “Sinceramiento”.
