Circula en Twitter un vídeo viral que muestra “cómo Walmart concibe las compras en el #Metaverso”. En el clip, un avatar virtual navega por las estanterías de la tienda virtual, recogiendo y poniendo artículos en un carrito.

Las respuestas al vídeo han sido como se esperaba que fueran: bastante burlonas. Y tienen fundamente dado que el vídeo tiene, en realidad, cuatro años de antigüedad, lo que significa que los gráficos están un tanto desactualizadas, conceptualmente hablando.

Una rápida búsqueda en Google revela que el clip fue realizado para Walmart por una agencia digital en 2017 para “impresionar a los influencers en el SXSW”. El vídeo, por tanto, no tiene nada que ver con la actual ola de metaverso que actualmente recorre Silicon Valley.

Aunque el clip en sí mismo no es un ejemplo de visión metaversa contemporánea, el hecho de que sea indistinguible de este material es condenatorio.

Es una ilustración del hecho de que el metaverso en sí no es noticia. Es, de hecho, un concepto estancado: un refrito de ideas de hace décadas sobre cómo podríamos vivir, trabajar y socializar en entornos virtuales. Al igual que el reciente artículo del New York Times que promocionaba “Casarse en el metaverso” como una experiencia novedosa, muestra cómo se ha desplegado mucho marketing y dinero para vender al público una experiencia que es al menos tan antigua como Second Life, el proyecto de RV de Linden Lab que se lanzó en 2003. La razón por la que la gente está dispuesta a creer que un vídeo de hace cuatro años muestra lo mejor que puede ofrecer el metaverso es que éste aún no ha ofrecido nada mejor.

¿Podrían ser las cosas diferentes esta vez? ¿Podrían triunfar los nuevos mundos virtuales, permitiéndonos a todos ponernos gafas de Realidad Virtual para asistir a reuniones de oficina pobladas por avatares de payasos, robots y vaqueros? Claro que sí. El hardware ha mejorado desde los años 90 y hay mucha más financiación para esta ronda de sueños virtuales. Pero, como demuestran las reacciones al clip de compras de Walmart, nadie parece estar impresionado o entusiasmado por esta visión supuestamente revolucionaria.

La vida en la Realidad Virtual ya no parece el futuro. Parece un pasado al que ya hemos renunciado.