Las Ruinas de San Francisco, testigos del terremoto.

“Mitad de semana, era miércoles, más específicamente las 20.36 hora local, del 20 de marzo de 1861, última noche del verano. Los animales estaban intranquilos y exaltados sin razón aparente, los caninos simultáneamente entonaban un aullido prolongado, los equinos corrían enérgicamente sin rumbo y las aves volaban en una danza frenética circular alrededor de la seguridad que le aportaban las frondosas copas de los árboles”.

Así comienza el libro Orígenes, la heroica historia de la Policía de Mendoza en el terremoto de 1861, de Leandro Damian Vargas, presentado el año pasado, que, según cuenta su autor, tuvo una larga investigación, incluso en Chile, para confirmar, refutar y dar a luz nuevos datos sobre el evento más destructivo del que se tenga registro en Mendoza.

La publicación recorre, con información propia y ajena, todo lo sucedido desde el fatídico hecho y pone énfasis en la importantísima labor de ayuda de la Policía en Mendoza.

Las fuentes de información de la época

Muchos datos fueron aportados por los monjes de la iglesia San Francisco, lugar en el que sólo quedaron en pie algunas columnas de ladrillo. En esa época, era el único edificio en la provincia construido con ladrillo romano (rojo). No obstante, se venció y se destruyó toda la estructura.

El día fatídico

A la hora del terremoto –según testifica Leandro– mucha gente estaba cenando. Los adobes de las construcciones eran tipo de mortero, muy pesados, que mataron de inmediato a los habitantes. Se estima que el epicentro fue a 12 kilómetros de profundidad –muy cerca de la superficie–, teniendo en cuenta que la Tierra tiene su núcleo a 6.ooo kilómetros.

Y sigue diciendo: “Quienes sobrevivieron, murieron por quemaduras graves (o por inhalación de gases tóxicos) por el incendio que se desató –que duró tres días– porque las cañas y la paja, material con el que estaban hechos techos y adobes, entraron en combustión, debido a que las personas se alumbraban con lámparas de aceite o velas”.

Era época de vientos, lo que agravó el asunto. No existían los destacamentos de bomberos y agravó la situación el hecho de que los escombros obstruyeron la circulación de agua del Tajamar –actualmente está cubierto–, que viaja por debajo de la avenida San Martín (antiguamente, llamada calle San Nicolás). Fue Julio Balloffet, según comenta el autor, quien la daría el actual nombre.

“El Tajamar se desbordó –se estima que creció hasta casi 80 centímetro–, ingresó a las viviendas colapsadas y, en caso de que hubiera algún sobreviviente atrapado, le produjo la muerte por ahogamiento”, dice el autor.

Creencias y circunstancias

Según relata el escritor, los habitantes que sobrevivieron –muy religiosos– creían que lo que estaba sucediendo era el Apocalipsis, debido a la magnitud de los hechos (terremoto, incendio, inundación, plagas, saqueos, etcétera). Y, debido a sus creencias, en algunos casos, dejaron a sus seres queridos, que habían muerto, durante tres días, sin sepultura, esperando el milagro de la resurrección. Esto, claramente, devino en una acelerada descomposición que trajo varias epidemias. Se recalca que la medicina era muy elemental y la penicilina no apareció sino hasta 1928 (67 años luego del terremoto).

Las edificaciones de adobe

El oficial de policía Leandro cita algunas construcciones de la época:

1) iglesia La Matriz, en la manzana sur del Área Fundacional, donde estaba el cabildo, en la plaza Pedro del Castillo.

2) Plaza Nueva, actual Sarmiento

3) Hospital San Antonio

El gobernador acéfalo y su sustituto

Laureano Garay era el gobernador de la provincia y dejó sus funciones para atender a su esposa, quien perdió una de las piernas en el sismo, además de que sus hijos murieron en el hecho, dice el oficial de policía.

La Gobernación quedó acéfala y el coronel Juan de Dios Videla se hizo cargo de la misma. El relato habla de que, en el cabildo –donde funcionaban las cámaras de justicia, actuales comisarías–, murieron 100 policías (en ese momento, la policía se llamaba Cuerpo de Vigilantes). También fallecieron allí quienes purgaban condenas por ilícitos.

Es Juan de Dios Videla quien cita a los policías sobrevivientes para que ayudaran, entre otras tareas, como enfermeros, bomberos, albañiles y evitar los saqueos de malvivientes y –según cuenta el libro– la tarea de la seguridad quedó a cargo del teniente coronel Olascoaga, amigo de Videla,  para poner orden pues la ocasión propició, incluso, que vinieran delincuentes de otras provincias para robar y matar.

Queda registrado que, quienes fueron atrapados en actos ilícitos, fueron fusilados en una plaza pública y eso logró disuadir considerablemente a los indeseables para que cesaran en su accionar. El orden se restableció en tres días.

Olascoaga también recreó el sistema de correos, que permitió la llegada de ayuda económica nacional e internacional, entre otros beneficios.

En esa época, Mariano Balcarce –yerno de San Martín– era el embajador de Argentina en Francia, pide la colaboración a ciudadanos europeos y la envía a la provincia a través de Mitre.

En 1863 –dos años después del terremoto– Julio Balloffet, ingeniero francés, y el ministro Eusebio Blanco se tomaron la tarea del rediseño de la ciudad de Mendoza, dice el libro.

El geólogo francés que alertó sobre la desgracia

El libro está lleno de anécdotas y circunstancias extremadamente interesantes, además de datos totalmente desconocidos, como la desesperada alerta que hiciera un geólogo francés, Auguste Bravard, amigo de Balloffet, sobre fisuras en lo que hoy es San Isidro, y que daban indicios de la posibilidad de un terremoto, como efectivamente sucedió.

La investigación

El trabajo del oficial Leandro tomó años y la publicación fue costeada por medios propios; e incluyó un viaje a Chile porque en la Biblioteca Nacional de Chile, en La Serena, en la revista La Linterna del Diablo –satírica, similar a la histórica Caras y CaretasOlascoaga escribió sobre lo sucedido luego del terremoto. El autor afirma que Olascoaga fue perseguido por las autoridades nacionales argentinas, y que fuera el general Roca quien repatriara sus restos.

La pesquisa revela que las familias con mejores recursos  dieron cristiana sepultura a sus muertos en los patios de las iglesias y, el resto, fue a fosa común o se incineró. También en el Cementerio de Capital –que está en Las Heras– pero que, en esa época, ese departamento era parte de Ciudad, según explica el autor.

La actual plaza Sarmiento fue lugar de crematorio y las elevaciones sobre el nivel normal del piso, dice el autor, dan cuenta de la cantidad de escombros allí depositados.

Datos útiles

El libro en formato físico fue presentado en la Feria Internacional de Libro de Mendoza y Cultura Fest (página web España).

Lugares en los que hay ejemplares de Orígenes, la heroica historia de la Policía de Mendoza en el terremoto de 1861:

– Biblioteca General San Martín, Mendoza.
– Biblioteca Manuel A. Sáez
– Departamento de Las Heras, Mendoza.
– Museo del Área Fundacional de Mendoza.
– Biblioteca del Instituto Universitario de Seguridad Pública, sede Central.
– Biblioteca General San Martín, Buenos Aires, Mar de Plata.
– Biblioteca de Manguinhos, Brasil.

El libro es ameno, de rápida y fácil lectura, y atrapa por la cantidad de información, que da cuenta de los usos y costumbres de la época, además de las labores de ayuda, rescate, reconstrucción y refundación de la nueva ciudad de Mendoza.

Leandro Vargas, con un ejemplar de su libro, en El Sol.

Contacto del autor

correo electrónico: leandrovargas1994@gmail.com

Instagram: @leandro_escritor