Mauricio Miranda, la víctima del hecho ocurrido el viernes.

Durante más de 18 horas, la muerte de Mauricio Emmanuel Miranda fue un misterio médico, policial y judicial. El joven de 23 años había sido llevado sin vida al Hospital Gailhac la noche del viernes, pero ninguno de los profesionales de la salud que lo examinaron pudo determinar la causa de su deceso. No había heridas visibles ni había sangrado externo. Solo un cuerpo pálido y sin signos vitales que desconcertó a los especialistas.

Una médica que lo recibió en el citado nosocomio no constató heridas de fuego en un primer informe. Los familiares que lo trasladaron en un vehículo particular desde la esquina de Paso Hondo y Montevideo, en el barrio San Pablo de El Algarrobal, Las Heras, tampoco reportaron lesiones evidentes.

Sin embargo, el sábado por la tarde, un informe preliminar de la autopsia cambió por completo el panorama de la investigación. La fiscal inicial del caso, Claudia Alejandra Ríos, recibió una noticia que terminó por encaminar el expediente: Mauricio Miranda había muerto de un disparo. Una bala había ingresado por su axila y se había alojado en su cuerpo, terminando con su vida de manera casi imperceptible.

Con el paso de las horas, trascendió que el sospechoso autor del ataque tiene 16 años, por lo que la causa pasó a la Fiscalía Penal de Menores, detallaron las fuentes consultadas. El menor podría ser parte o soldado de una de las gavillas que vienen generando preocupación en el citado distrito lasherino.

Confusión y un informe revelador

El caso comenzó después de las 21 del viernes, cuando un llamado llegó a la línea de emergencias 911. La comunicación fue escueta. Palabras más, palabras menos, dijeron que le habían disparado a un hombre y que lo llevaban en vehículo particular a un nosocomio. No hubo más detalles, no hubo amplificación de datos.

Un móvil de la Comisaría 56° se dirigió inmediatamente al lugar del hecho. Al arribar, los familiares de Miranda relataron una versión que, vista en retrospectiva, cobró una dimensión completamente diferente. Según su testimonio, el joven se encontraba en la vía pública cuando pasó un vehículo. Escucharon un sonido que no pudieron precisar si correspondía a disparos o al escape del automóvil. Inmediatamente después, la víctima se desplomó.

La confusión fue total. Nadie había visto sangre, ni identificado una herida. Tampoco comprendían realmente qué había ocurrido.

Una testigo presencial del hecho proporcionó un elemento crucial: confirmó que había pasado un automóvil desde el cual “un sujeto efectuó disparos”.

Sin embargo, cuando le consultaron si Miranda había recibido un disparo, respondió que no. Dijo que “solo estaba pálido y no reaccionaba”, declaró. Incluso llegó a informar que no sería necesaria la ambulancia porque los familiares se lo llevarían al hospital directamente.

Esta contradicción entre los disparos y la ausencia aparente de lesiones se mantendría como un enigma hasta el sábado por la tarde.

Por todo el misterio que rodeaba al caso, los pesquisas tomaron una decisión relevante: esperar los resultados de la autopsia antes de avanzar con la instrucción o confirmar una hipótesis. Esa decisión resultó ser determinante.

El Cuerpo Médico Forense, durante el estudio post mortem, descubrió lo que había pasado desapercibido para todos: un orificio de entrada en la axila, una zona del cuerpo donde una herida de bala puede pasar completamente inadvertida, especialmente si no hay sangrado externo significativo.

Durante la necropsia, los especialistas lograron extraer el proyectil que había terminado con la vida de Miranda. El plomo, alojado en el interior del cuerpo, se convirtió de esta forma en la evidencia “silenciosa” -e importante en caso de cotejos con armas- del crimen que nadie había podido ver.

Confirmado el deceso, fuentes consultadas por este diario señalaron que comenzaron a analizar diversas pruebas para intentar determinar si los disparos tenían como destino a Miranda o si la víctima no era el blanco de los homicidas.