Los investigadores policiales y judiciales que siguieron al barra tombino Diego Ramón Aguilera Maldonado y a su entorno más cercano durante 14 meses sabían que estaban frente a una organización delictiva que obtenía, ocultaba, distribuía y comercializaba estupefacientes en pequeñas y grandes cantidades. Por eso, esperaron el momento justo para desplegar 37 allanamientos en el Gran Mendoza la mañana del 5 de junio del 2020.
La Justicia federal había dado el visto bueno para, prácticamente, sitiar una serie de populares barrios godoicruceños.
Los domicilios de los integrantes de la banda estaban identificados desde el principio, y el resultado fue positivo: secuestraron 12 kilos de cocaína, casi dos de marihuana, elementos de corte y fraccionamiento, balanzas digitales y de precisión, moldes y prensas, gatos hidráulicos, dinero en efectivo en diversa denominación y también armas de fuego y municiones sin autorización para tenerlas. Ese día hubo 19 detenidos a disposición de la Justicia federal.
El grupo criminal tenía primeras, segundas y terceras líneas. A la cima se encontraba Diego Asesino Aguilera, barra del club Godoy Cruz y hermano de quien supo ser el jefe de la hinchada durante casi veinte años, Daniel el Rengo, quien hoy está preso por tema de drogas.
Diego, nacido el 4 de setiembre de 1979, quien también es conocido como Animal, no fue detenido durante las casi cuarenta medidas que lideró la Dirección de Investigaciones, luego de una pesquisa que iniciaron policías División Búsqueda de Prófugos.
Tampoco cayeron en las redes policiales Raúl Eduardo Lucero Álvarez (43 años) y Leandro Jata Abuín, los hombres de extrema confianza de Aguilera.
Hubo un juicio que culminó el 31 de agosto de este año y 12 de los capturados fueron condenados a penas de entre 2 y 8 años de cárcel.
Por esos días, el citado jefe continuaba en la clandestinidad. Sin embargo, cinco días después de la culminación de ese debate, efectivos de Investigaciones dieron fin a los días de prófugo cuando lo sorprendieron en el barrio La Gloria.
El procedimiento se desarrolló justo con el inicio de una investigación por filtración de información en la Justicia federal, debido a que existían –y persisten, porque la causa está abierta en el juzgado de Marcelo Garnica– sospechas de connivencia policial, porque Aguilera no fue apresado el 5 de junio del 2020, cuando las escuchas que venían realizando eran en tiempo real.
Tanta fue la repercusión del inicio de ese expediente que otro de los prófugos, Raúl Eduardo Lucero, se entregó ante las autoridades judiciales dos días después de la captura del Asesino. Este hombre quedó detenido inmediatamente.
Ambos fueron imputados y procesados. La causa en contra de ellos estaba prácticamente culminada en lo que se refiere a incorporación de pruebas y la fiscalía la elevó a juicio. De acuerdo con fuentes judiciales, es más que probable que en el primer semestre del próximo año el Asesino Aguilera y Lucero Álvarez se sienten en el banquillo de un tribunal oral federal arriesgando duras penas.
Aguilera Maldonado está sospechado de organizar actividades de comercialización y acopio de estupefacientes –principalmente, cocaína–, tenencia de armas de fuego, piezas y municiones “impartiendo órdenes, distribuyendo roles y actividades a un grupo formado por más de tres personas”, tal como sostiene la acusación. En el allanamiento realizado en su casa en el 2020, la 103 de la manzana A, los policías de Investigaciones le secuestraron dinero en efectivo: 307.300 pesos.
Justamente, una de las dos manos derechas de Aguilera, Lucero Álvarez, también deberá afrontar el juicio por comercio y tenencia de drogas agravado por haber intervenido en los hechos tres o más personas, acopio de armas de fuego y municiones.
Cuando lo allanaron en su domicilio de la casa 6 de la manzana A del barrio Alicia Moreau de Justo –la número 19 de un total de 37 medidas–, no lo encontraron. Pero, en la cocina, sobre una heladera, dieron con un plato con restos de cocaína y dos tubos cilíndricos que contenían el polvo blanco. También secuestraron una pistola calibre 22, un cargador con 9 cartuchos colocados, 18 municiones punta hueca y una pequeña bolsa con más cocaína, entre otros elementos de importancia para la causa.
El inicio y las escuchas
La causa contra el Clan Aguilera tuvo su inicio en marzo del 2019. Así lo declaró en la instrucción –y también en el juicio– un oficial principal de la ya desaparecida División Búsqueda de Prófugos, que estuvo a cargo de los trabajos de calle. Detalló que se recabó información sobre una serie de datos que obtuvieron a través de diversos informantes y empezaron a juntar pruebas para confirmar las sospechas.
Básicamente, el “dato” sostenía que integrantes de la familia Aguilera continuaban dedicándose a la comercialización de drogas en grandes y pequeñas cantidades. Todo apuntaba al Asesino o Animal como líder de la organización que tenía base en el barrio La Gloria.
Un mes después, los trabajos investigativos se intensificaron y consiguieron 12 contactos de teléfonos celulares. Los policías lograron introducirse en el círculo más íntimo de los miembros de la banda narco para obtener más detalles de las maniobras que realizaban y se iniciaron las intervenciones telefónicas.
Así fue que, con medidas discretas para intentar que no se filtrara información –inclusive, en la misma fuerza policial– confirmaron que Diego Aguilera era el máximo responsable del grupo delictivo.
Los personajes que lo secundaban lo llamaban Negro, el Uno, y Jefe y surgió que la mayor cantidad de intercambio de estupefacientes se daba entre las manzanas A y B del La Gloria. Había paso de mano de bolsos y todo se introducía en un hostel propiedad de los Aguilera.
“Ese era el lugar y punto de acopio, distribución, llegaba gran cantidad de supuesta mercancía y luego era repartida por diferentes personas. Cada una salía con un bolsito, o sea, como que cada una de las personas que entraba y salía luego, a su vez, repartía, todo eso surge de la vigilancia que realizamos en el lugar, la que, a raíz de las circunstancias del lugar, era bastante peligrosa”, declaró el policía.
Además de las declaraciones policiales, las escuchas fueron fundamentales para conocer el rol que tenían Aguilera y el resto de los integrantes de la banda.
El Asesino se mostraba como un hombre violento para ejercer el poder. También intentaba evitar ser descubierto porque sospechaba que su número estaba intervenido. Por eso exigía a sus súbditos utilizar otro lenguaje para evitar mencionar palabras como droga, cocaína, marihuana o armas.
Para explicar esto, los investigadores destacaron una conversación entre Diego Aguilera y una mujer NN. Luego de un breve diálogo trivial, entendieron que iniciaron una charla sobre sustancias ilegales.
-Mujer: “Escuchame, preparame 200 de molida”.
-Aguilera: “No, no, ya vemos eso. Ya vemos porque está cerrada la carnicería, quedate tranquila.
-M: “Bueno, dale”.
-A: Y voy a hablar con vos para que no me hables de eso, pelotuda de mierda. Claro, no seas tan pelotuda de mierda, claro no seas tan pelotuda. Te hacés la molida tonta”.
En esa misma dirección, una conversación con su pareja, también evidenció el poder que mantenía y la actividad que se encontraban realizando.
-Aguilera: “¿Qué hacés ahí, la concha de tu madre, con esos giles, me escuchás? ¿Qué hacés con esos giles ahí?
-Pareja: “Le estaba vendiendo…”.
-A: “No digas esas cosas por teléfono, la concha de tu madre”.
-P: “Bueno. ¿Qué querés que diga?
-A: “Qué estabas hablando, culeada pues…”.
Por su parte, también se detectaron comunicaciones entre el señalado jefe y uno de sus hombres de confianza, Lucero Álvarez. A los detectives estas escuchas les sirvieron para terminar de cerrar la hipótesis investigativa: que Aguilera era el que daba las órdenes.
-Aguilera: “¿Hasta qué hora vas a estar durmiendo, chupapija gato cuelado?
-Lucero: “¿Qué querés culeado?”
-A: Hasta qué hora vas a dormir cómo qué quiero, gil, despertate, pues. Ahí voy a buscar eso lo que me apartaste y ahora comamos el asado, boludo.
-L: Bueno, dale. Ahí me levanto.
-A: Ya te levantás. ¿Me escuchaste? Ya. Lavate la cara con agua helada, la cara y el poto.
Gracias a estos diálogos, los pesquisas obtuvieron información precisa sobre todos los movimientos de la organización. Aguilera contaba también con el apoyo directo de su hijo Enzo –condenado en el primer juicio– y hablaron durante semanas de las armas de fuego que tenían.
Este joven era segundo en la línea de mando: se ocupaba de los negocios familiares y también recibía el apoyo de Walter Exequiel Aguilera, el hermano de Diego, quien vendía y distribuía y no llegó a escuchar la sentencia en su contra porque falleció en julio de ese año mientras se encontraba en la cárcel federal de Cacheuta.
El Asesino era el hombre encargado de ocultar, resguardar, transportar la droga y era quien utilizaba términos como “repuestos” o “cigarrillos locos” para hablar de las sustancias y la comercialización. Pero contaba con la ayuda directa de Lucero y también del Jata Abuín, el único prófugo que tiene actualmente la investigación.
Así las cosas, de acuerdo con la información a la que accedió El Sol, la causa contra Diego Aguilera y su mano derecha terminó en los últimos días y la fiscalía requirió el debate oral para ambos.
