Javier Milei.

Además de tener por delante las batallas por las reformas de fondo y estructurales —un objetivo no sólo central para el Gobierno sino casi una “obsesión”, como bien admite Manuel Adorni y que la administración libertaria se propone encarar en este 2026—, la gestión de Javier Milei deberá lidiar con otros frentes abiertos en los que decidió involucrarse, liderar y protagonizar. El cultural es uno de ellos. A ese frente habría que sumarle otro, menos visible pero decisivo: el de la confianza, un terreno que, a juzgar por los hechos, no parece figurar entre las prioridades ni entre los activos a cuidar, llamativamente.

Milei probablemente ya se haya dado cuenta —o al menos eso se presume— de que el éxito de su gobierno no depende únicamente de la fortuna de haber estado en el lugar y el momento justos cuando la sociedad decidió dar un giro fenomenal respecto de lo que venía instituido desde hacía años. Tampoco alcanza con los golpes de efecto ni con las críticas destempladas que una militancia fanatizada celebra contra el viejo régimen kirchnerista, la denostada casta o esa política derruida que condujo a la Argentina hasta donde está.

El Gobierno necesita concretar. Y para eso, el flirteo ya no alcanza. Da la impresión de que la administración sigue atada no sólo a un resultado electoral ampliamente favorable en octubre pasado, sino también a encuestas recientes que confirman un cierto grado de esperanza social hacia el futuro, lo que estaría bien, pero no tan bien al decir del popular conductor y actor Guido Kaczka. La decisión de no aplicar el nuevo modelo de cálculo del índice de precios al consumidor —tal como Milei había anunciado, por iniciativa propia, dos años atrás— y de continuar con uno diseñado para un país muy distinto al actual, el de hace veinte años, puede ahorrarle explicaciones incómodas frente a un eventual salto inflacionario. Sin embargo, en términos políticos y simbólicos, lo acerca peligrosamente a las prácticas del mismo régimen que tanto criticó, y con razón.

La discusión de fondo, esencial e imprescindible, pasa por la estructura de costos económicos de la nueva Argentina. Una estructura que no sólo le impide a la Pyme competir, crecer y desarrollarse en tiempos tan desafiantes como los actuales, además de generar empleo, sino que también asfixia al ciudadano común, atrapado en una microeconomía cada vez más adversa.

El estilo particularísimo de gobernar de Milei parece encerrar, de manera sorprendente, un dejo de inseguridades que intenta conjurar alimentando el menú reiterado de consignas divisorias, funcionales a una grieta que hoy sostiene a una facción cada vez más minoritaria. El verdadero desafío —convertido ya en compromiso— no está allí, sino en esa porción mayoritaria de la sociedad que a fines de 2023 dio un golpe de mesa real. Mucho más que un golpe de efecto.

En términos generales, las tensiones políticas se entienden y hasta se comprenden en un tiempo que todavía puede calificarse de embrionario, mientras se intenta encaminar al país hacia la normalidad. Pero también aparecen temores frente a algunas señales: que el Gobierno termine abandonando el camino de franqueza con el que Milei llegó al poder, el de hablar sin eufemismos y el de llevar a la práctica todo lo dicho, basado en la necesidad de un ajuste profundo y en el enfriamiento de una economía que avanzaba sin rumbo, sostenida por anabólicos de efecto narcotizante. El caso del Indec aparece como un indicio claro en ese sentido, con el agravante de que se arriesgan costos demasiado altos.

Otra mala señal es la persistencia de la administración en enredarse —con sus principales espadas como protagonistas— en discusiones que quizá fueron necesarias en otro momento, pero que hoy derivan muchas veces en debates inconducentes en redes sociales, el principal escenario de las batallas culturales.

Desde Mendoza, Alfredo Cornejo parece advertir algunas de las fallas del modelo de gestión y de la estrategia cotidiana. En un análisis más amplio de la situación, sostuvo que la garantía de pasos firmes hacia adelante, en la búsqueda de un país normal, pasa por la consolidación de tres o cuatro pilares económicos hoy en construcción, pero de ningún modo asegurados.

Dicho de otro modo: el relato permanente del riesgo de volver al pasado ya no alcanza. De una u otra forma, el Gobierno necesita confiar en el mandato con el que asumió: acelerar los cambios, con un Estado inteligente que juegue a favor de las reformas y no en contra, como podría ocurrir cuando se hace campaña y bandera con su eliminación total, aunque sea en clave retórica.