Una lógica de los tiempos que se creían superados, y que viene dando pelea y fuerte lucha desde hace algunos años en el país, es la que otra vez se pondrá bajo el examen y la lupa ciudadana en el proceso de elecciones que se avecina y con ello se develará el grado de apoyo que en verdad tiene.

Es una lógica que gana vida y sobrevida, hay que decir, al tiempo que más se desploma la economía. Y que no sólo acompaña ese proceso de decadencia, sino que parece alentar la debacle, porque su alma y corazón están atados a los pases de magia y a esa tendencia a creer que nadie paga lo que la administración del Estado da y ofrece con sus manos dadivosas y con recursos que no le pertenecen.

Se trata de una tendencia a exigir cada vez más a cambio de un menor esfuerzo, literalmente; o más intrigante e inconcebible aún: a repartir una torta que es cada vez más escuálida y chica entre cada vez más bocas y que nadie quede afuera de unas míseras existencias a disposición, y que se opone y se niega a asumir el riesgo y el esfuerzo de hacer crecer la torta para que no sólo alcance a todos o a más gente, sino que, además, amplíe las satisfacciones y, de hecho, los beneficios.

Está claro que la CGT puede que sea la abanderada de aquella lógica de pensamiento y de acción, literal, cuando se despliega, se defiende y se incentiva desde el gobierno. Es la que está asociada exclusivamente a que los procesos inflacionarios y los salarios en baja son producto del funcionamiento abusivo del sector privado. De quienes remarcan los precios para enriquecerse en medio de la tragedia y quienes no incrementan los salarios producto del egoísmo y la avaricia. Esto no parece un cuento, ni mucho menos es producto de un análisis simplista. Es lo que ayer ha dicho la central de los trabajadores en ese acto tardío por el Día del Trabajador. En todo caso, se trata de una visión infantil que le ha permitido mantenerse como corporación de base y sustento de un sistema, modo y concepto de gobierno con el que se favorece y del que sólo saca beneficios para sus dirigentes, aunque sus representados sean cada vez más pobres, mientras trabajan.

Es la misma CGT que ayer, en la voz de Héctor Daer, uno de sus triunviros, ha dicho que en este año electoral “no nos podemos hacer los distraídos. Tenemos que entrar a todos los debates políticos. Consolidar el debate democrático a través de las PASO. Pero, esencialmente, no darle un tranco de ventaja a la derecha, que viene por nuestros derechos. Debemos militar el triunfo del peronismo”.

Con cinismo provocador, no sólo la CGT, sino también otras corrientes oficialistas o afines no sólo niegan alguna responsabilidad del gobierno actual por los niveles de pobreza y de bajos salarios, sino que piden abiertamente seguir por el mismo camino y dirección. Los cambios de la situación se deben producir o bien por arte de magia o vía una manu militari a quien supuestamente tiene lo que les pertenece y les ha sido negado. No hay que estimular las inversiones, la mayor producción, la creación de un clima de negocios amable y confiable, ni mucho menos la creación de empresas, chicas, grandes y medianas.

De ninguna manera, según esta visión facilita de las cosas, el Estado debe hacer un esfuerzo por gastar menos y dejar de dilapidar recursos que no tiene y que bajo ningún concepto se tiene que disminuir la presión impositiva y el peso que el Estado tiene por sobre el sector privado. Se trata, como lo ha exigido la CGT, de ir ahora sí detrás de una reforma laboral que reduzca la jornada laboral de 8 a 6 horas para crear más turnos y puedan ingresar más trabajadores al sistema.

En verdad, el reclamo suma una fuerte carga de demagogia, además de las superficialidades que lo coronan. Y también inducen al engaño y a la trampa. Quienes defienden la menor carga horaria lo hacen aportando como ejemplos a Alemania, Estados Unidos, Canadá y Australia en donde las horas laborales semanales se encuentran por debajo de la carga horaria que opera en la Argentina. En Bélgica, por caso, un trabajador hasta podría tomarse lo que se denominan años sabáticos siempre y cuando pudiese costear sus gastos porque tendría menos ingresos, evidentemente. Pero, claro, son realidades diferentes que se esconden.

De ninguna manera se puede esperar de la CGT un reclamo en favor de una mayor generación de riqueza y de empleos de calidad. Se alinea con esa tendencia anti empresa y contra el emprendedurismo de la que hace gala la administración nacional. Y de toda aquella acción que se base en la innovación y en salidas a la crisis desprovista de la burocracia estatal y sindical, por supuesto. Se sigue a pie juntillas el sermón de la montaña que cada tanto despliega la vicepresidenta, como el último en donde, por un lado, se afirmó, con engaño y mucho de trampa, el auge y fortaleza del capitalismo extendido por el mundo con el solo fin de empobrecer y generar miseria. La estrategia del no dejar hacer, la máquina de impedir y del evitar pensar por sí mismo. Sobredosis de resentimiento y temor a perder el estatus ganado sobre el facilismo; un facilismo que de igual manera reparte beneficios exclusivos, para describirlo con mayor claridad. Porque para todos no hay, claramente.