No hubo un solo contertulio de este lunes postelectoral que no se sumergiera en el análisis de un resultado sorpresivo e inesperado para la mayoría de los votantes, incluso, de aquellos que decidieron colocar la boleta en la urna de Sergio Massa, el ganador que nadie vio venir.
El político, el militante, el operador, el tipo que siempre vivió alrededor del oficio de donde surgen los dirigentes que terminan –en todos los roles posibles habidos y por haber–, conduciendo el Estado, suele reducir su mirada clínica de la que se ufana y hace alarde al profesionalismo de las campañas electorales, a los modos y las formas en las que un candidato que a la postre resultó exitoso construyó su mensaje a las almas sensibles a las que sedujo para conseguir su apoyo. Y todo ha girado, claro está, en este tipo de mitines cerrados y ombliguistas, a la inteligencia de un cuadro de la política que se bancó todo y que pasó por todo, incluso por las humillaciones que fuesen necesarias para, finalmente, alcanzar el objetivo deseado. En varias de esas mesas de discusión de Mendoza, Massa ha sido elevado casi a la altura de un semidiós que, después de tantos años transcurridos, de intentos por un lado y por otro, de jugar por dentro, por fuera, de jugar decididamente en contra del jefe o jefa del momento y del movimiento, de asumir el rol de traidor y también de gran engullidor de sapos, finalmente, se ha encontrado con lo que buscó y con lo que la historia política le escribió como destino. En resumen, de ser un paria, Massa ascendió a los cielos y desde allí será quien, de ahora en más, gane o pierda el 19 de noviembre el balotaje, conducirá los destinos de ese animal mitológico que tan bien ha descrito José Mujica.
El describir y reducir sólo a los aciertos ese espectacular triunfo de Massa, el del ministro de Economía de la economía más devastada de América latina, también ha llevado la mirada clínica a quienes le dieron el voto de confianza que derivó en su victoria. Que el plan platita, que el miedo, que los errores y la división de la oposición fueron impecablemente utilizados por el ganador a tal punto de conseguir lo que consiguió. Junto a todo eso, los mismos contertulios de “expertos”, ya no sólo en los cafés de Mendoza –también se los ha podido ver en los análisis y columnas de opinión en los grandes medios de comunicación– se han ocupado del nuevo mensaje que Massa y también Javier Milei, el segundo en cuestión, deberán construir, idear y elaborar para imponerse en la segunda vuelta.
Y ahí, otra vez, la síntesis y el reduccionismo de quien se las sabe todas o dice sabérselas todas: ¿qué tendrán que decir y proponer, ambos candidatos, para que el votante natural de Juntos por el Cambio, el que, más allá de la mala campaña de Patricia Bullrich, realmente creyó en “el cambio seguro” y en el “país normal” que se le proponía, contra los populismos, de derecha y de izquierda, contra la continuidad de la chatura versus el posible salto al vacío, por ejemplo? Como si sólo se tratase de pases de magia detrás de un mecanismo de seducción.
Los análisis, y este es uno de los aspectos del fondo de la cuestión que no parecen estar en el radar de la macropolítica, si se quiere, no se han ocupado todavía de ese tercio de votantes que en verdad fue a la urna molesto porque fue destratado o tildado de “viejos meados”; de los tantos de ese tercio que fueron a votar de verdad en contra de las mafias y de una estructura que ha sostenido un modelo de conducción que no sólo no les resolvió los problemas, sino que, además, se paseó por casos de corrupción y de indecencia explícita; de esa parte del mismo tercio que fue a votar hastiada de tanta mala praxis económica, de tanta inflación, de no poder planificar, por caso. Más todavía: ¿tanto Massa como Milei tienen un relato efectivo y convincente para esos millones de personas, que se han visto a sí mismas espantadas, desoladas y estupefactas como minoría absoluta, frente a otros millones dispuestos a tolerar los viajes de dirigentes en yates con escorts financiadas con la plata de la corrupción?
Para millones de argentinos, la del domingo era una elección crucial, con mucho humor y sensación a definitiva, de una última carta buscando un cambio de rumbo hacia un país normal. El resultado los pudo haber aturdido y conducido a pensar en verdad si se quiere otra cosa a lo que viene establecido por años en la Argentina: un sistema que ha condenado a millones a la pobreza y que el domingo bien pudieron votar por la continuidad de una política que no ofrece garantías de ir por la senda correcta a la luz de los resultados conseguidos hasta ahora.
Para esa minoría que el domingo fue a buscar una salida, y a la que la realidad le ha devuelto una cachetada correctiva para volver al lugar de donde salió por rebelde y por permitirse pensar, imaginar y soñar con algo más parecido a lo que viven otras sociedades más avanzadas y sofisticadas a las que nadie les regaló nada y que todo lo consiguieron sobre la base de acuerdos y contratos distintos a los que se menean por estas latitudes, pues para esa minoría, “agua y ajo”.
