“¡Hola a todos! Yo soy el león”.
Hasta hace poco más de un mes atrás, Javier Milei arrancaba sus discursos con Panic Show, la canción apropiada de La Renga al universo libertario de su campaña. La canción luego quizá provea más pistas de lo que ha sido el big bang de su gobierno. En concreto, lo que ha mostrado en estos primeros 30 días ha sido un voraz ímpetu por ir al hueso de una economía argentina ordenada desde hace décadas bajo ataduras de distinto tipo. Pero a la par de los elogios, sus primeros movimientos también son seriamente cuestionados.
“Desnudate y enfrenta mis dientes”
Milei goza de una alta popularidad. Su buena imagen y el fuerte caudal de votos que cosechó en el balotaje no sólo le han permitido tomar decisiones antipáticas que, por el momento, son bancadas por la ciudadanía. De entrada, una devaluación del 118%. Todo tiene un costo en política, y más aún en la economía. El argumento para aplicar las meddas de shock ha sido la necesidad de evitar una hiperinflación, por lo que ha hecho prácticamente una cirugía sin morfina. Nada de gradualismos. Es necesario para cortar los cables de la bomba que dejó el massismo, acusan.
Quienes lo apoyan, destacan su sinceridad brutal: en campaña y ya como presidente, Milei no mintió. Lo que dijo que iba a hacer, lo está haciendo. Y la gente lo votó por eso. El tema es que sólo con sinceridad no basta y más si aumentan los alimentos. La suba de precios en todos los órdenes -tres veces la nafta en un mes- es comunicada por el Gobierno como un sacrificio, luego de tener los precios congelados durante el gobierno kirchnerista. Hay promesa de un país mejor hacia abril, con la inflación de nuevo a un dígito.

Pero sus detractores, incluso ex aliados liberales, le cuestionan que estas medidas radicales están licuando los salarios. Que el shock no tiene ancla. Y que, si no resuelve la inflación, en cuestión de meses habrá otro sacudón devaluatorio.
“Soy el rey de un mundo perdido”
En campaña, Milei atacó sin piedad a un enemigo causante de los males, la casta. Pero para gobernar, hubo un golpe de realidad y tuvo que pactar. Logró aglutinar a la derecha argentina, merced al acuerdo que hizo con Mauricio Macri. Esto le permitió no sólo ganar ante Sergio Massa, sino formar gobierno. Contra todo pronóstico, el gabinete, las segundas y terceras líneas, no tienen la misma extracción política, en un centro que es contenido por la figura de El Jefe, Karina Milei, con rango de secretaria de Presidencia.
Abrevan no sólo liberales, sino macristas, peronistas de distintas épocas y canteras y hasta un radical insular como Luis Petri o exiliados del PRO, como Omar De Marchi. Cómo fungirá este mecanismo de gestión, se verá con el tiempo, pero incluso los primeros fusibles ya saltaron: el área que mayores cambios ha tenido en tan poco tiempo ha sido la de comunicación oficial, una cartera esencial para un político que ganó por fuera de los medios tradicionales.

Por lo pronto, lo que parece haberle dado resultado es el protocolo antipiquetes que instrumentó Patricia Bullrich en Seguridad. Mientras se aplican políticas de shock, hay que liberar las calles, una medida demandada por sus votantes. Ahora, la otra parte de sus electores identificados con el macrismo, le exigen una Conadep de la corrupción, una situación que por el momento el Gobierno esquiva.
“Todos corrieron sin entender”
El Gobierno está decidido a tirar abajo ciento de regulaciones económicas, jurídicas y hasta sociales que, en su visión, atrasan a la Argentina. Y lo hizo de primera mano, sin esperar siquiera ver cómo se acomodaba en el Congreso, su punto débil. Para la tarea descomunal de desregular la economía nacional lanzó dos torpedos. Primero, el decreto de necesidad y urgencia, comprado a Federico Sturzenegger. El otro, la llamada ley ómnibus, “Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos”. El objetivo es desregular y a achicar el Estado, un giro copernicano.
Se quiere liberar desde lo macro, como el sistema de votación de los argentinos, a situaciones micro, como el divorcio exprés. Sus elogiadores en las redes sociales, apuntan que ambas normas van contra las corporaciones y que quiere tirar los “kioscos” que tiene cada sector de la economía, desde los partidos políticos hasta los laboratorios farmacéuticos. El DNU, en tanto, no sólo es cuestionado porque afecta los intereses sectoriales de la CGT, sino también por la oposición no kirchnerista, que lo considera inconstitucional, ya que avanza sobre las atribuciones del Congreso de la Nación. Y los gobernadores, entre ellos, Alfredo Cornejo, que no quiere que le toquen los derechos a Mendoza sobre las licencias petroleras.

Es la estrategia del “todo o nada“, ante un Congreso donde le cuesta generar consenso y que destrató desde el vamos. El problema es que las normas incluyen tanta diversidad como disparidad de problemas que se quieren resolver de un plumazo, sólo con la derogación. Se le achaca no haber ordenado las prioridades de lo que quiere transformar: mientras es válida la urgencia por resolver el problema de los alquileres, por qué debería serlo lo de la reventa de entradas.
“Todos los cómplices son de mi apetito”
Milei ganó siendo lo que es, sin prúrito a su condición de outsider. Pero estar al frente del país exige otros mantos y actitudes, más aún con las medidas de ajuste del Estado. Con todo, si bien reguló sus apariciones en medios de comunicación y descansa toda explicación en la figura del vocero Manuel Adorni, hay escenas que todavía lo mantienen en su condición de candidato de la antipolítica. Como el viaje a Mar del Plata para ver a su pareja Fátima Florez en el teatro, situación que se coronó con un marcado beso frente al público.
Por otro lado, mantiene todavía algunas interrogantes que dan lugar a versiones llamativas sobre su vida, que ya es una cuestión de Estado. Entre ellas, su demora en la mudanza a la residencia de Olivos, porque no tiene los caniles adecuados para sus perros. O los gastos que le insume su vida en el Hotel Libertador, más la falta de registro oficial en las visitas que recibe en ese lugar.
Todo eso le exigirá mayor transparencia en los documentos, pero también claridad para dar las respuestas. Por eso, mientras sus funcionarios exigen más sacrificio a futuro, la interrogante es cuánto durará esta luna de miel.


