Cuando se terminaba la semana, cruzada por el feriado del 24, las marchas, el acuerdo con el Fondo, la interna oficialista en la Nación entre los camporistas y el presidente, y la de Juntos por el Cambio entre los “proneoliberales” versus los viejos “progre” alfonsinistas, un par de cuadros con la evolución de las curvas del empleo formal y total, de Argentina y de Mendoza, volvió de un plumazo a los más atentos e inquietos de la realidad política y económica de la provincia al tema serio e  irresuelto de siempre.

El cuadro en cuestión fue elaborado por el Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) luego de que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) y la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas (DEIE) dieran a conocer los últimos datos del desempleo correspondientes al cuarto trimestre del 2021. Y, si bien los datos invitaron a todos a festejar porque, de hecho, el desempleo aflojó como efecto del consabido rebote económico y la comparación de los peores momentos de la pandemia de coronavirus entre un año y un año y medio atrás, ubicándose en 7% y 6,8% en la Nación y la Provincia, respectivamente, en Mendoza existe una dolencia de larga data de muy difícil resolución: el empleo formal, el privado, se recompone menos que en la Nación, quizás porque lo que se está generando en términos totales también sea de menor calidad y menor remuneración, con el predominio del trabajo informal, que parece crecer.

Durante los meses de la pandemia, que ocuparon casi todo el 2020 y una buena parte del 2021, el empleo total, compuesto por el trabajo en blanco, el informal, el público y el privado, en Mendoza cayó 17 puntos; menos que en la Nación, que registró un descenso de 20 puntos. Esa menor caída obedeció a la acertada decisión del Gobierno, como ya se sabe, de mantener la economía abierta en todo lo que pudiese mientras la Nación se cerraba. Pero, es obvio que no alcanzó: ya hacia el final del ciclo (fines del 2021), esa tendencia a la recuperación y el crecimiento se fue desacelerando levemente.

Al analizar la situación exclusiva del empleo formal (privado), el IERAL confirmó que, en todo este período bajo observación, en Argentina se contrajo 3 puntos, mientras que en Mendoza fue de 4. Y, en general, el empleo formal cayó menos que el total, según los economistas, porque las empresas evaluaron que, para sus finanzas, era  mucho más costoso despedir personal que sostenerlo, siempre en términos muy generales, con lo que quedó demostrado que la doble indemnización surtió efecto, en  gran medida.

Como siempre, los problemas estructurales que padece Mendoza, agravados por el impacto y la presión que ejerce la macroeconomía, se han hecho crónicos. Y tampoco  parece verse una luz segura al final del túnel. El optimismo que mantienen aquellos que decididamente han elegido seguir apostando se aferra a destellos y  pequeñas respuestas focalizadas en sectores de los programas oficiales que se han desplegado para incentivar la creación de empleo. Todo lo demás, lo que falta, depende también de lo que haga el Estado, esa es la realidad, pero, por medio de sus propias empresas, como YPF, por caso, a la que se le reclaman más  inversiones en la provincia, y a la mano dispendiosa de la obra pública para movilizar la construcción por la vía de la infraestructura general y la construcción de  viviendas.

Lo dificultoso que ha resultado idear medidas universales y exitosas para poner en funcionamiento la actividad económica de la provincia, quizás esté explicando por qué el Consejo Económico, Ambiental y Social de Mendoza (CEAS) no se ocupa de proyectos de fondo, como ha quedado demostrado, y por qué el debate político hoy se  concen tra en las internas y el enfrentamiento ideológico. Una pelea que, por otro lado, si estuviese puesta en cómo dar vuelta la economía, la cultura, la sociedad en su conjunto, el sistema sanitario y todo lo institucional podría valer la pena. Pero, ya se sabe, solo atrasa.

Para corroborarlo hay que ver las motivaciones en el Frente de Todos entre los nostálgicos de los 70 –dueños de todos los símbolos de la progresía– y el resto, y los últimos enfrentamientos entre radicales, macristas y carriotistas  por los 90, el neoliberalismo y Alfonsín. Inútil en todo sentido. Para entender acabadamente y de manera simple las consecuencias de la crisis, solo hay que ver alrededor y observar, además, lo que cada uno pueda percibir por su cuenta en función de lo que le pasa. 

Este domingo, un informe de El Sol puso sobre la mesa la cruda realidad del crecimiento de la pobreza. Con fuerza ha vuelto el término “nupo”, del que se habló mucho en los 90 y también tras la crisis del 2001. Se trata de los nuevos pobres. Las familias pobres no han podido recuperarse, mientras otras que se movían con esfuerzo en las fronteras de la clase media baja cayeron uno o dos escalones más.

Tan así es que en Godoy Cruz se asistía a 250 familias en el 2019 y ahora se ha pasado a 1.100, de acuerdo con datos oficiales. En Luján se tiende a 250 familias; en Maipú la asistencia aumentó 20%; en Guaymallén entre 30% y 35%; en la Municipalidad de Mendoza se incrementó 150% y se atiende a 650  familias en su territorio, y en Las Heras no se baja de 45.000 familias que subsisten gracias a la asistencia del Municipio.

Cuánto más hace falta destacar que hay dos realidades: la verdadera y la del relato. Y, cuando no hay relato, la agenda suele pasar por meras cuestiones vacuas.