Lionel Messi. Credit: NA

La reciente participación de la Selección en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, que como siempre consigue una unánime unión nacional detrás de su juego; lo que hizo Leo Messi en ese torneo, ratificando por qué ha sido y lo sigue siendo, sin exagerar, “el mejor deportista de todos los tiempos”, y su despedida, ayer, de la Selección en el Monumental, han vuelto a poner el foco en lo que significa y representa una verdadera “causa nacional” para los argentinos.

El país volvió a detenerse ayer, como lo hiciera durante el mes del Mundial. Y no está mal preguntarse por qué el país fracasa en otras causas que debiesen ser tan importantes como una causa nacional; por caso, el rumbo económico hacia la construcción de un Estado que garantice el buen vivir, con un fundamento básico que permita tranquilidad para la planificación y el desarrollo, individual y colectivo, no consigue alcanzar una mayoría clara, sin siquiera pretender llegar a la unanimidad, detrás de un objetivo común.

Hallar una camiseta que, como la de Messi, incluya a todos aun con las diferencias, o especialmente con esas diferencias, para encontrar un modelo más o menos afín a todos.

El país necesita imperiosamente encontrar algo que vaya bastante más allá de la Selección, de Messi, pero que pudiese copiar el molde, con un horizonte compartido en el cual una mayoría pudiera reconocerse, aunque no coincida en las decisiones que finalmente se tomen para alcanzar esa causa común. Esa necesidad la sabemos y reconocemos como una falencia todos, pero ni siquiera aparece un acuerdo en el cómo, para ir a buscarla.

Las grandes causas, Malvinas por caso, y el fútbol cuando nos representa en el mundo, salvando las diferencias entre una y otra, tienen esa capacidad. Han conseguido amalgamar posiciones que, en circunstancias normales, parecían irreconciliables. La Argentina no encuentra esa causa común cuando discute el futuro, lo que viene. Ni siquiera consigue acordar sobre el método para llegar a un lugar que, en términos generales, debería ser deseado por casi todos: una economía normal, estabilidad, trabajo, crecimiento, salarios que alcancen, reglas previsibles, instituciones que funcionen y una sociedad que deje de vivir al borde de una nueva crisis.

La discusión se plantea, para mal de todos, como si el objetivo de unos necesitara la derrota y el exterminio de los otros. Así se explica buena parte de la violencia verbal que atraviesa la conversación y el debate público. El insulto reemplaza al argumento, la descalificación constante ocupa el lugar del intercambio de ideas y cualquier intento de acercar posiciones es visto como una concesión imperdonable. Escuchar al otro dejó de ser una virtud, es de ñoños republicanos o de viejos meados.

Lo que pasa debiese ser un fenómeno de estudio para especialistas y no tomado como una mera cuestión circunstancial de la época. La Argentina parece haber perdido buena parte de esa capacidad para dialogar entre sí, y se encamina, así, hacia otro fracaso colectivo.

La discusión sobre el país que viene, ya lanzada con las elecciones del 2027, amenaza con profundizar la lógica naturalizada del enfrentamiento sin más. No hay demasiados indicios, con lo que hay ahora, de que la competencia electoral vaya a convertirse en una oportunidad para discutir seriamente qué país se quiere construir. Más bien aparecen señales de que volveremos a discutir cómo ponerle freno a lo que no se quiere, más que votar detrás de un plan consistente. Votar en contra de, ha sido lo más relevante hasta ahora con la amenaza de que se reitere.

Está claro, para no dramatizar, que el mundo tampoco ofrece demasiados ejemplos tranquilizadores. Europa exhibe divisiones políticas y sociales importantes, con países como España y Alemania atravesados por crisis concretas, algunas de ellas graves, que tensionan sus sistemas políticos y económicos. El nuevo orden mundial que se está configurando tampoco parece avanzar hacia un escenario de mayor armonía.

La diferencia con la Argentina es que muchos de esos países parten de sociedades que, con sus problemas y contradicciones, consiguieron construir hace tiempo niveles de estabilidad que les permiten discutir cómo mejorar lo que tienen.

La Argentina todavía discute cómo conseguir aquello que debería ser el punto de partida. En eso está empantanada: en el punto de partida, en la rampa de lanzamiento, en el elemento que la impulse al concierto mundial del que no forma parte.

Lejos del pensamiento único, falta algo más elemental: diálogo, conversación, intercambio, disposición a escuchar y, sobre todo, la aceptación de que el otro puede tener una parte de razón aun cuando uno considere equivocado el camino que propone. No significa entregar las convicciones. Significa discutirlas de otra manera.

Y, como se dijo durante el Mundial y se coincidió en la mirada como analogía, Messi probablemente no pueda enseñarle nada a la política argentina sobre cómo gobernar un país. Pero mostró, junto a la Selección que capitaneó, quizás involuntariamente, que una sociedad profundamente dividida podía y puede reconocerse detrás de algo cuando encuentra una causa que considera propia.

La gran incógnita es cómo encontrar esa causa fuera de la cancha. Y para eso habrá que abandonar, de una vez, esos métodos que se parecen demasiado a la barbarie y recuperar otros que se asemejen más a una sociedad que pretende ser civilizada.

Messi y la Selección, usados como un ejemplo aquí, no están llamadas a salvar al país. Pero acaso hayan dejado una enseñanza mucho más simple: todavía es posible que los argentinos se reconozcan detrás de algo común.