Shani Louk por Bernardo Erlich.

Te lo prometimos, Shani. Vamos a volver a bailar. Vos vas a volver a bailar, Shani. Hoy, en todos lados. Gracias al viento que mueve tus hojas. Y vas a sonreír en los colores del jacarandá, del lapacho o de las acacias; y tu memoria será fuerte y resistente como un olivo.

Miramos hacia el futuro. Siempre lo hacemos. Con memoria activa. No olvidamos. Recordamos. Y construimos.

Recordamos la imagen que nos infligieron los terroristas de Hamás, hace exactamente tres años, cuando hirieron fatalmente a Shani, la subieron a una camioneta y la pasearon por la Franja de Gaza ante la vista de centenares de personas. Hombres, mujeres y niños festejando y gritando que Alá era grande, mientras escupían y arrojaban piedras sobre el cuerpo de esa chica. La máxima expresión del odio. Militantes de la muerte.

Fotos y videos desoladores, es cierto. Pero Shani no se merece ser recordada así. Ni por un instante. Vamos a honrar su memoria. A bendecirla. Vamos a conocerla.

Shani Louk tenía 22 años. Nació el 7 de febrero de 2001 en Israel. Era la hija de Nissim (israelí) y de Ricarda (alemana). Gran parte de su infancia transcurrió en Srigim, una localidad ubicada en el centro de Israel, caracterizada por su conciencia ecológica, el desarrollo artístico y las flores silvestres como la kalanit.

Shani estaba impregnada de esa vida. Y desde chica tuvo en claro que quería ser artista. Muy focalizada en eso. Para ella, era la única manera de salir de la monotonía; de pintar el mundo.

Hacer tatuajes, viajar, ir de festival en festival y darle forma al sueño de compartir un estudio junto con sus amigas en Tel Aviv. Acá, allá y más allá. En todos lados la querían. Contagiaba. Eso hacía Shani. Tanto, que la eximieron de hacer la Tzavá (el ejército). El servicio militar obligatorio en Israel no era para ella. Pero estaba cada vez más comprometida con su identidad judía; tanto, que un mes antes de la masacre, mientras participaba de un show musical en Grecia, decidió ayunar en Yom Kipur (Día del Perdón, la jornada de reflexión e introspección más sagrada para el judaísmo).

Y bailar. Shani amaba bailar. Nissim, su papá, contó que era su forma de creer y de rezar. Era su contacto con la fe. Bailar y bailar.

Shani Louk es una de las caras de la masacre del 7 de octubre, el día que seis mil gazatíes, entre terroristas y civiles, invadieron el sur de Israel. Entraron a asesinar, sin miramientos. Arrasaron con lo que encontraron en el camino. En poco más de una hora, aniquilaron a 1200 personas y secuestraron a más de 250. El peor ataque contra judíos desde el Holocausto.

Y ese día, también, fue el disparador para poner en marcha una maquinaria propagandística antisemita craneada durante décadas y financiada en Occidente, principalmente, por Qatar e Irán. Miles de millones de dólares invertidos, sobre todo, en los sistemas educativos. Una formidable trama de espionaje, extorsión y campañas de desinformación que esperaba la señal para activarse. Hamás abrió la puerta del infierno.

Fue cerca de las seis y media de la mañana. Ya no hubo música. Solo alarmas, disparos, cohetes. Terror.

El festival Nova, organizado como un evento masivo de música electrónica, ubicado cerca de la frontera con Gaza con el objetivo de mostrar que podía existir una convivencia pacífica, se convirtió en una tragedia. Corridas, gritos, desesperación. 417 jóvenes fueron asesinados por una sola razón: ser judíos y estar celebrando la vida. No hay otra. Chicas ultrajadas y mutiladas. Un intento real de genocidio al que la izquierdaprogreislamista denominó “resistencia”. Eso que, sin tapujos, tres años después, salen a celebrar.

A partir de allí, una guerra; con las miserias de una guerra. Con bombas, tiros, heridos y muertos. Como toda guerra. La desgracia de la guerra. No es un juego de niños. No es una ensalada de palta y rúcula. Es una catástrofe. Es una guerra. No hay proporcionalidad. La liviandad del análisis de quienes hubieran acusado a los aliados de genocidio por no avisarles a los alemanes que iban a desembarcar en Normandía.

Y la batalla en las redes sociales. Noticias falsas viralizadas con un solo objetivo: negarle al Estado de Israel, a la única democracia de Oriente Medio, a la nación del pueblo judío, la posibilidad de defenderse, primero; la posibilidad de existir, después.

Citan a algún judío de utilería que, con tal de pertenecer, es capaz de cualquier deshonra. Para ellos, es “el amigo judío” que le da andamiaje al odio.

Operaciones de propalación de mentiras reproducidas por quienes vieron la hendija ideal para destilar odio antisemita. Muertos inventados con inteligencia artificial, puestas en escena de niños reclamando alimentos y decenas de camarógrafos alimentándose de eso; terroristas disfrazados de periodistas y periodistas con la ética de un terrorista. Todo eso ocurrió en tres años. Todo eso sigue sucediendo. El pico histórico de antisemitismo como sinónimo de la degradación de los valores occidentales.

Es, definitivamente, una guerra cultural más que militar. Un enemigo que desprecia los datos y acomoda los hechos a sus intereses. Por eso apuntó a las escuelas y a las universidades, la quintaesencia de Occidente. Caballos de Troya del fundamentalismo islámico, con el inestimable apoyo de los partidos de izquierda. Vanina Biasi o Myriam Bregman, como rostros siniestros del plan sistemático de desinformación en Argentina. Es eso, o que solo son judeófobos.

Y el hit de moda entre los artistas: odiar a los judíos. Ya no lo ocultan. Ni siquiera se amparan en la cobardía del “antisionismo”, esa idea de demonizar al movimiento político y social que le dio vida al Estado de Israel. Y aclaran: “No somos antisemitas, porque los palestinos también son semitas”. O sea, digamos: odian solo a los judíos. No aclaren.

Durante años repitieron que la Franja de Gaza era un campo de concentración a cielo abierto. La diatriba cambió: ahora resulta que el enclave gobernado por Hamás era poco menos que un paraíso terrenal y que por culpa de Israel quedó reducido a escombros. Te engañan sin ningún pudor. Psicópatas.

“No me siento valiente, solo necesito comportarme como un ser humano”, canta Boy George para confrontar la campaña mundial de antisemitismo, encabezada, entre otros, por Javier Bardem, siempre con su cara de “si soy un actor famoso, tienen que creerme”. Idiota útil.

Punto.

Volvamos a Shani.

Volvamos a los árboles. Volvamos a los 417 árboles plantados en el Bosque Nova de Mendoza. Un espacio pensado para honrar la memoria de los 417 chicos asesinados y que lleva el nombre de aquel festival. Una víctima, un árbol. Uno tiene el nombre de Shani Louk.

Es vencer a la muerte. Trascenderla. La obligación de levantarnos. De volver a ponerle melodía a la vida. De que sea un nuevo punto de partida. De honrarlos, de consolidar nuestras raíces y de nutrir sus almas.

“Volveremos a bailar y no habrá más guerra”, dice Boy George. “Todas las hojas son del viento”, escribió el Flaco. Confiamos en eso. Creemos en eso. Subí el volumen. Vamos a bailar, Shani.