La aduana de Los Libertadores.

Cruzar a Chile por la ruta 7 desde Mendoza se ha vuelto una pesadilla y la mayor responsabilidad es del gobierno de Gabriel Boric. Este sábado la “amansadora” en la alta montaña era de 12 horas. Medio día perdido con el consecuente gasto económico que, no siempre, se calcula en una estancia donde no sobran los servicios y cualquier elemento esencial, como el agua potable, se factura caro.

No se trata de un nuevo récord en un flujo de tránsito hacia el Pacífico que no es sorpresa para Año Nuevo. En épocas de menor circulación, la demora ha llegado a 14 horas, incluso, en la previa al invierno cuando la temperatura es más cruda, sobre todo en la noche.

La culpa en esa instancia se la achacaron a los tours de compras. Sin embargo, va más allá de esta eventualidad de mejores precios que se encuentran en centros comerciales del otro lado de la cordillera.

No se entiende cuál es el motivo de la desidia chilena en Los Libertadores. Hasta hace unos años, les envidiábamos cierta actitud a los funcionarios trasandinos por cómo manejan las instituciones. Pero eso parece haber quedado atrás.

En 2019, el entonces presidente Sebastián Piñera inauguró el moderno edificio de Los Libertadores que se ubica pasando el túnel internacional, luego de los cobertizos. Si bien ese complejo deja mal parado en cuanto a modernidad al Roque Carranza, la aduana argentina en Horcones, no sirve de nada si el gobierno de Gabriel Boric reduce la atención en las cabinas en el momento de mayor tránsito en la frontera.

En la noche del viernes, las autoridades trasandinas resolvieron que se atendería en 6 cabinas para vehículos particulares y en cuatro para el transporte de pasajeros. Sin embargo, a las pocas horas se redujo sólo a tres cabinas. Sólo se atendió en el patio externo, es decir, el estacionamiento, y se cerró el edificio por dentro.

En esos puestos de atención atienden solamente dos personas.

Uno de ellos, es el del SAG, el Servicio Agrícolo Ganadero, que tiene la tarea de controlar que no ingrese a territorio chileno algún elemento extraño. Se fija, sobre todo, en alimentos, verduras y animales. El problema es que el empleado del SAG no sólo tiene que atender en la cabina todo el papeleo.

Luego, ese mismo agente inspecciona el vehículo. Así se explica, en parte, el embudo por el que colapsó este fin de semana Los Libertadores. A las 9, incrementaron la atención, pero el daño ya estaba hecho.

Este viernes cruzaron casi 9 mil personas. Es un despropósito en pleno siglo XXI tener una aduana que genera estos atrasos. El problema de la falta de personal se viene reiterando desde hace meses sin que tampoco los controles se vuelvan más flexibles.

La coordinación argentina, que tiene base en Mendoza, pidió realizar controles aleatorios, al menos. Pero Chile se mantiene con esa tesitura rígida.

En marzo de este año, el embajador argentino en Santiago, Jorge Faurie -ex canciller en la gestión de Mauricio Macri- decidió probar la experiencia del paso a Chile por la ruta 7. Tocó todos los puntos insidiosos que están mal, tanto para el transporte de pasajeros como el de cargas. Problemas, había de los dos lados de la cordillera, es decir, es responsabilidad de los dos gobiernos.

Nada se resolvió a pesar de la inspección y se agotó en una polémica con un funcionario chileno que es delegado presidencial de Los Andes, la comuna fronteriza.

Lo único que ha quedado claro es que las autoridades chilenas no se ponen de acuerdo con las argentinas. Es evidente en los comunicados oficiales donde unos y otros se pasan la pelota.

Meses después, el paso a Chile vuelve a ser un nudo difícil de desatar, a pesar de que los controles son integrados. A eso hay que sumarle la ruta 7 del lado argentino que se encuentra en mal estado, carente de servicios, un incremento en los accidentes y con Horcones como un edificio con más de un problema de infraestructura. Y en Chile, lo que antes era eficiencia hoy es desidia.