Después de tres semanas de baño de sangre y matanza en Oriente Medio, Estados Unidos se encuentra ante un nuevo descalabro diplomático. Tras el devastador ataque israelí con misiles, que dejó más de cincuenta muertos en la aldea libanesa de Qana, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, ya no es bienvenida en Beirut. Hasta el rey jordano,Abdullah, uno de los pocos aliados árabes de Estados Unidos, ha hablado de crímenes y tomado distancia de Washington.
Los europeos están frustrados porque su reclamo de apoyo norteamericano para un cese del fuego inmediato ha sido desoído. Estados Unidos se encuentra aislado como no ocurría desde hace mucho. El Gobierno norteamericano es consciente de esta situación, como hace tres años, cuando, contra todo el escepticismo y las críticas, continuó su marcha hacia Irak. Para el presidente George W. Bush, la cosa entonces era sencilla: “El que no está con nosotros, está contra nosotros”, sentenció.
El mandatario caracterizó la lucha contra el terrorismo como una batalla final entre el Bien y el Mal en el mundo. Los enfrentamientos en Líbano son para él un nuevo frente en esa misma guerra. Así como pronosticaron que Irak debía levantarse como una nación próspera tras liberarse de las garras de la dictadura de Sadam Husein, los estadounidenses también apuestan en Líbano por la fuerza dinámica del caos. Pese a las condiciones desoladoras en Irak, el creciente odio hacia él y el apoyo a las fuerzas radicalizadas en Líbano, Bush permanece firme: “Esta es la oportunidad para que se produzcan grandes cambios en Oriente Medio”, dijo el mandatario en su audición radial.
“Reformar países que han sufrido décadas de tiranías y violencia es difícil y lleva tiempo”, afirmó. Sin embargo, los europeos han constatado, hace poco, un bienvenido viraje en la política exterior norteamericana, alejada de los emprendimientos solitarios del primer gobierno de Bush en materia de política internacional y algo más proclive a las consultas y la cooperación. Como ejemplo están las conversaciones directas con Teherán en el tema nuclear, a las que Washington accedió después de muchos años de manifestar un rechazo tajante.
Incluso, durante la cumbre del G-8, realizada a mediados de julio en San Petersburgo, Bush le hizo un audaz masaje en el cuello a la canciller alemana, Angela Merkel, en un gesto “confianzudo”. El texano quería demostrar que hay química con su par germana, que nuevamente ambas partes “se entienden”. Diplomáticos europeos han dado cuenta, entusiasmados, del nuevo espíritu en Washington. “Se nos escucha”, dijeron.Ministros y secretarios de Estado de todo el mundo han encontrado abiertas las puertas de la Casa Blanca, mientras que el asesor de Seguridad nacional Stephen Hadley dialogó durante el receso de verano (boreal) con varios embajadores como no lo hacía desde hacía tiempo. Sin embargo, los diplomáticos están viendo ahora cómo se desvanece lo que creían una influencia trabajosamente ganada.
Hasta ahora, no han logrado que Washington apoye un alto el fuego inmediato. “Algunas veces uno se pregunta cuánto vale en realidad nuestra opinión”, sostuvo un diplomático europeo. “No comprendo qué es lo que quiere lograr Estados Unidos con su negativa a un cese del fuego”, dijo el ex asesor de Seguridad Zbigniew Brzezinski, en un debate en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).
Jon Alterman, de esa misma entidad, ve en esta situación una evidente derrota para la diplomacia estadounidense. “Esto demuestra claramente lo difícil que es para este gobierno liderar el mundo”, sentenció. Pero la Casa Blanca no quiere apartarse de su curso de acción. “Nosotros no hacemos política en base a sondeos de opinión”, dijo, rechazando las críticas, el portavoz presidencial Tony Snow.
