Patricia Bullrich y Mauricio Macri, máximos referentes inequívocos de lo que era el Pro hasta este miércoles, tal como se lo conocía, con su adhesión total y absoluta a Javier Milei manifestaron dos cosas trascendentes: la primera, que para ellos y para los dirigentes que los sigan –no se sabe aún quiénes ni cuántos–, la batalla electoral por el poder institucional del país no terminó con la derrota del domingo y, ahora, encaramados en el lomo del libertario, seguirán con la lucha para derrotar a Sergio Massa y el kirchnerismo.

Esta jugada a título personal riesgosa, frontal, sorpresiva y en apariencia no adelantada hacia dentro de Juntos por el Cambio, a su vez, puede llevar implícita otra derivación: que en caso de que ganara Milei, hasta es probable que con Macri y Bullrich dentro, se haya dado origen a un nuevo frente político y, lo que sería una fija, a un cogobierno con un Milei que ha lucido desprovisto de equipos en cantidad e idoneidad para lo que se le podría avecinar.

Hay un segundo aspecto que Bullrich y Macri, al sumarse a Milei, terminaron por blanquear: sus diferencias insalvables con los radicales, especialmente, y con la Coalición Cívica en un Juntos por el Cambio que tampoco es el mismo que se conoció hasta el domingo.

Si hay algo que estas últimas elecciones en la Argentina han vuelto a demostrar por enésima vez es que al peronismo no se lo puede enfrentar dividido. Eso fue lo que ocurrió hasta la primera vuelta. Y ahora esa oposición, que llegó dividida entre lo que ofreció Juntos por el Cambio y todo lo que le arrebató Milei con su La Libertad Avanza, está volando en mil pedazos. Para colmo de males para una oposición que estaba llamada a ser la alternativa más firme y segura para, ahora sí, avanzar en una senda desconocida pero que auguraba crecimiento con decencia y verdadera justicia –es todo lo que llevaba impreso en la frente el binomio Bullrich-Luis Petri–, se encontró con un Sergio Massa que reunió y lideró a los Jinetes del Apocalipsis para decirles a los electores que las imágenes del derroche, de la corrupción, de la irresponsabilidad total en el manejo de los recursos públicos, del dispendio, de la prebenda, de la dádiva y otras miserias más con que se ha emparentado al peronismo no eran, no son y que no serían nada frente a ese infierno que prometía Milei y su anarcocapitalismo y todo lo que no supo explicar Juntos por el Cambio: el hambre y la sed total; el transporte sin subsidio y el sálvese quien pueda.

Tendrán que pasar muchos más años, nadie puede saber cuántos, para que los
valores como la decencia, transparencia, el respeto irrestricto a las instituciones y a la república, la honestidad en todo aquello que tiene que ver con el manejo de las instituciones, el gobierno del país y la administración de sus recursos, tengan un verdadero sentido superior frente al hambre y al temor, o terror más que nada, de perder todo aquello que un Estado, histórica y tradicionalmente proveedor, pero cínicamente dadivoso, podría dejar de dar, como logró hacerlo ver Massa en contra de sus rivales.

Evidentemente, la oposición, la de Juntos por el Cambio, no esperaba una derrota de tales dimensiones y hasta acá parece haber llegado la aventura, dejando desperdigados los retazos a lo que parece haber sido resumida por el resultado del domingo. Sin embargo, de allí, de esos fragmentos, podría estar emergiendo lo que se enfrentará al próximo gobierno, sea de Milei o particularmente de Massa. Por empezar, los gobernadores radicales que se preparan para ofrecerse como garantes de lo que viene: gobernabilidad, por un lado, de acuerdo con lo que imaginan, y para hacerse cargo de un rol claramente opositor, a Milei o a Massa, el lugar que imaginan mejor les cabe y que han manifestado con la neutralidad anunciada tras las varias reuniones y definiciones de un miércoles convulso como pocos.

Hay algo más no menos trascendente que ha dejado un miércoles explosivo y de alto impacto político que hizo temblar a todo el frente opositor: pocas veces se vio de manera marcadamente manifiesta la degradación de la política y de todo lo que representa, ya demasiado devaluado. Todo lo que se dijo hasta el domingo, como esas declaraciones insultantes entre los dirigentes de la oposición que competían entre sí y a su vez contra el oficialismo, este miércoles fue dejado de lado: de montonera, asesina, loco, desquiciado, viejos meados, hasta otras barbaridades al “nos perdonamos” de Bullrich hacia Milei.

Es cierto que en el país del yate de Insaurralde; del “Chocolate” operador y recaudador de los sueldos de ñoquis; del revoleo de planes a mansalva; del “voy a meter presos a los ñoquis de La Cámpora”; de los desaguisados en la Justicia; de los espías de periodistas, dirigentes y empresarios; de las operaciones a diestra y siniestra, pocas cosas pueden sorprender. Pero no todo es lo mismo ni debe ser lo mismo. En algún momento a la dirigencia hay que pasarle factura de tantos dichos orales y escritos en un momento determinado y desconocidos y borrados sin más al poco tiempo. No todo es lo mismo.

Quizás, luego de la convulsión y confusión del momento, emerja una nueva oposición más sana y clara que la que parece acaba de estallar. Una oposición seria que tenga en claro el valor de la unidad y la palabra y un fin único por medio de un método o camino que pueda garantizar el fin de la decadencia integral, general y constante.