Si hubo un momento en la historia argentina en el que todos sus habitantes o en su inmensa mayoría parecimos estar de acuerdo detrás de una causa común, ese resultó ser el de la recuperación de la democracia en 1983 y de los esfuerzos realizados por todo un país, que siguió a su gobierno en la cruzada por terminar, resolver e intentar cerrar con justicia –y con las leyes del Estado de derecho a mano– aquel sufrimiento constante y oscuro que arrastró a Argentina por largos siete años a moverse entre la tortura y asfixia cultural, emocional, institucional y económica entre 1976 y 1983.

Raúl Alfonsín, qué duda cabe, ha pasado a la historia bajo el reconocimiento unánime y absoluto de haberse convertido en el padre de la democracia. Se trata de un acuerdo tácito, que nadie escribió –no fue necesario– y que se fue construyendo con el paso de los años desde las entrañas de la población, en un proceso que se fue afianzando y profundizando, por si fuera poco, cada vez que desde el exterior se pusiera en valor aquella gesta colectiva, natural y arrolladora que protagonizara el pueblo argentino detrás de un objetivo común: la vida en democracia, con memoria sobre lo ocurrido y el fin de no volver nunca más a caer en semejantes oscuridades, donde habitaron las mayores atrocidades.

Aquellos años, los que sobrevinieron a 1983, no resultaron ser una primavera democrática, entendido esto como un florecer que al poco tiempo sucumbiría. En absoluto, fue el más importante de los contratos sociales que los argentinos pudimos conseguir detrás de un mejor porvenir institucional; un acuerdo colectivo por establecer las bases desde donde construir un país normal, con respeto y oportunidades, con libertad de acción y de pensamiento, en el que los respetos sobre los derechos humanos tuvieran total vigencia, en pleno ejercicio del bien común y, desde ya, colectivamente. Y todo discurrió con naturalidad, con la fuerza del convencimiento personal y colectivo de que lo que se comenzaba a dejar atrás había significado tocar fondo, irremediablemente, y que lo que sobrevendría no estaría alejado de los sacrificios y esfuerzos constantes.

Alfonsín fue el emblema de aquella aventura heroica y triunfal, esa de haber reconquistado y recuperado para siempre la democracia junto con sus valores y miserias, claro está, que no le han permitido al sistema más reconocido por todo el mundo lo que Alfonsín pregonaba, con un dejo de promesa, de que con la democracia se podía comer, curar y educar.

Varios años más tarde de una época que pasará a la historia probablemente como la de mayor acuerdos y puntos en común conseguidos y que haya conocido el pueblo argentino, incluso al momento de describir los mayores desaciertos cometidos en materia económica también por el mismo tiempo y equipo de gobierno, una fuerza política particular tomó la decisión –ensoberbecida por los triunfos electorales– de rescribir la historia y de borrar de un plumazo mucho de lo que por voluntad claramente mayoritaria y natural de la ciudadanía se había conseguido: el kirchnerismo, con su particular mirada de los problemas arrastrados desde mucho tiempo atrás, con esa percepción y subjetividad tan propia del mundo y una lectura claramente distorsionada de los hechos y acontecimientos, consiguió hacer prender una nueva interpretación de lo que nos había ocurrido y de lo que, por contrato mayoritario y aceptado, la ciudadanía había establecido para construir una nueva vida en sociedad. Ese contexto, aceptado de manera ilusa e inadvertida por buena parte de la población, puede que haya arrastrado hacia otros márgenes de interpretación social aquellos acontecimientos en los que todos o la gran mayoría coincidía: la lucha y el significado del respeto y el valor de los derechos humanos, por caso, resultó ser sólo uno de los valores que el kirchnerismo ha intentado resignificar y apoderarse, cuando menos desde una mirada cultural y emocional.

La muerte de Hebe de Bonafini ha llevado a la superficie tal fenómeno cultural y político que ha dividido a los argentinos. La referente indiscutida de la lucha por los derechos humanos en Argentina resultó ser uno de esos símbolos de toda una generación que pudo ser una víctima, más por acción y convencimiento que por omisión, de aquella fenomenal estrategia de manipulación llevada adelante, primero, por Néstor Kirchner y, más tarde, profundizada por Cristina Fernández de Kirchner.

El agua y el aceite que se han mostrado y aflorado en la discusión social tras la muerte de la líder de Madres de Plaza de Mayo explica ese fenómeno de la apropiación de los hechos, acontecimiento y valores que ha significado la estrategia del kirchnerismo para avanzar y ganar adeptos en una parte de la sociedad que, tras aquellos años del alfonsinismo y la llegada del menemato, parecía haberse alejado de la actividad y el ejercicio político entendido como la atención, mayoritaria, sobre el acontecer y devenir de la actualidad del país. Ese período de cierta apatía o supuesta indiferencia, sobre los acontecimientos de la vida pública del país, que pareció establecerse durante los 90, bien pudo ser el objeto o foco por parte del kirchnerismo para restablecer un espíritu de lucha y de acción que esa facción interna del peronismo consiguió y utilizó en provecho propio.

Pero todo resultó ser una política de crecimiento que se llevó adelante desprovista de persuasión. Fue, más que nada, movilizada por la excitación de la eliminación del otro y de quien no pensara de la misma manera. Si hay una mitad del país, o vaya uno a saber cuánto más, que hoy rechaza y condena la memoria de Hebe y hasta cuestiona una parte de su historia, la última, y la hace prevalecer sobre aquella otra parte que la hizo reconocida en el mundo entero por su lucha contra la dictadura y a favor de la memoria y la justicia, puede que se explique en todo ese método de expansión y crecimiento social que adoptó el kirchnerismo, claramente discriminatorio, excluyente y clasista.