En estas elecciones, Mendoza parece poner en juego si seguir caminando por esa meseta que la contiene, con esa pendiente hacia abajo persistente, constante y sin variaciones, o frenar el descenso poniendo en práctica fórmulas poco exploradas y casi desconocidas, las mismas que alimentan y explican la incertidumbre que ha dominado a la clase política frente a lo que hay que hacer y también el temor a un cambio que podría conducir a terrenos de los que poca idea se tiene en torno a lo que deparan.

Para el país, por supuesto, todo es más complejo por la exorbitante magnitud del problema que tiene por delante. Para ambos casos se requieren, por parte de quienes están compitiendo, explicaciones convincentes y claras que no han aparecido; salvo menciones vagas dichas con énfasis y mucho de chicana en un festival de agresiones y acusaciones que se está dando entre oficialismo y oposición y, particularmente, en esa batalla franca y dura que protagonizarán Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich.

Los dos rivales de Juntos por el Cambio compiten por el modo, en apariencia, con el que enfrentarán los graves dramas de Argentina, mientras el oficialismo, ahora con Sergio Massa, exhibe una cínica y dudosa unidad denunciando y acusando a la oposición de lanzar un ajuste de dimensiones en caso de llegar al Gobierno, que ahondaría aún más el dolor de millones de argentinos.

Analizar el relato electoral del oficialismo nacional remite de inmediato a una comparación con el mundo del hampa, complicada, pero igualmente interesante: “Soy gitano y me dedico a esto, les hice el cuento del tío”, fue la confesión que les hizo a los policías que lo acababan de detener en el centro de la ciudad, Jorge Hilich, un bonaerense que no se cansó de estafar y embaucar a sus víctimas, necesitadas, todas ellas, y a las que se les presentaba hasta como un “curandero”. A todas las engañaba con reconocidas dotes de seductor, ingresaba a sus viviendas y hasta alguna de ellas lo invitaba a quedarse a dormir en su propia vivienda. Pero, al cabo del embuste, el gitano se hacía de todos los bienes que podía y que no le pertenecían, como dinero y otras pertenencias de valor, para huir de la escena de sus engaños. Este hecho, el del gitano Hilich, extraído de la más absoluta realidad delincuencial de Mendoza y que ha contado y descrito Exequiel Ferreyra, al detalle y con minuciosidad en El Sol, permite hacer una comparación lineal con la política y, particularmente, con lo que está diciendo que hará y prometiendo Massa, el ministro de la inflación de 150 por ciento.

Una de las tretas utilizada por el gitano era sugerirle a la víctima que fuera a la iglesia a rezar un rosario por el lapso de una hora, el tiempo suficiente para intentar desvalijarle la casa o la propiedad.

“Oficial, soy gitano y me dedico a esto; les hice el cuento del tío”, confesó con sinceridad el apuntado cuando fue aprehendido y a sabiendas de que hasta ahí había llegado con el timo.

Al arrancar la campaña nacional de cara a las PASO, Bullrich y Rodríguez Larreta se han concentrado en dedicarse los peores golpes para salir airosos el 13 de agosto, mientras Massa, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner y todo el oficialismo le han apuntado a esa oposición que amenaza con arrancarle el poder en octubre. Una de las armas más elegidas y que gozan del favoritismo del Gobierno para contra la oposición es acusarla de que llevará adelante un ajuste monstruoso que dejará a millones de argentinos en el infierno.

Haciendo uso del ejemplo del timador, el gitano, haciéndoles el cuento del tío a millones de argentinos, bien se podría decir. ¿De qué se trata contar con una inflación de entre 6, 7 y 8 por ciento mensual, sostenidamente a lo largo del tiempo, acumulando casi 150 por ciento al año, si no de un ajuste descomunal? ¿Qué viene después del 10 de diciembre, para este oficialismo que promete un mundo mejor con una economía estabilizada? ¿Hay todavía espacio en la sociedad para seguir siendo embaucada de tal manera?

“Hay que tener mucho ojo”, advierten, críticos, ciertos especialistas respecto de lo que podría suceder desde el 10 de diciembre en el país, con un gobierno distinto del actual. Hablan, especialmente, del acuerdo con el FMI y el compromiso que se asuma con la entidad para hacer cuadrar las cuentas. Se alimenta, en cierta medida, un discurso maniqueo y a la vez infantil. Se les habla a los argentinos como si se tratase de ciudadanos dispuestos a creer a pie juntillas los embauques del gitano. Se habla de una unidad que es, a todas luces, ficticia, y de supuestos sacrificios que se hacen desde la administración del Estado para encarrilar el convoy y de “reivindicaciones” para millones de personas a las que el Estado no dejará librada al azar sin aportes, sin empleo y sin posibilidad alguna de jubilación. Todo, a costa de otros millones a los que no se les mejorará la situación y que, aun trabajando, seguirán cayendo en la pobreza y en la incertidumbre en la que están los, supuestamente, beneficiados del presente. Parches y salidas a los bretes, que no son excepcionales, sino que se han convertido en el modo y estilo para solucionar, de forma continua y constante, porque, para qué ir a buscar las medidas estructurales, las de fondo, aquellas que llevarán tiempo y sacrificio, si con el discurso del gitano alcanza y sobra. ¡¿Para qué, en verdad, para qué?!