Los casos de abuso sexual a menores parecen ser cada vez más frecuentes.O, al menos, esa es la sensación cuando cada día los medios de comunicación informan sobre uno, generalmente, más horroroso que el otro. Este tipo de casos son muy difíciles de encuadrar. ¿Cómo se previenen? Porque no pasa lo mismo que con los delitos comunes, los que, según los militantes de la mano dura, aumentando las penas se pueden llegar a combatir, afirmación, por otra parte, dudosa.

    Por otro lado, los garantistas indican que la mejor manera de disminuir la cantidad de hechos delictivos es mejorando la calidad de vida de la ciudadanía. Pero, en el caso de los abusadores sexuales, de menores o de mujeres, ni lo que proponen los “manoduristas” ni lo que sugieren los garantistas va a funcionar. Son enfermos, tienen perversiones sexuales que son patológicas. Por eso es muy difícil encarar alguna solución.

    Al parecer, lo único efectivo es prevenir a las potenciales víctimas, chicos y mujeres, muchas de ellas, adolescentes. Y esto debe hacerse desde la escuela, con la tan mentada educación sexual, necesaria para no tener embarazos no deseados en menores ni abortos ni contagiados de sida u otra enfermedad de transmisión sexual. Pero también es fundamental para que cada chico o chica sepa cuándo alguien está haciendo algo que no corresponde con su cuerpo. Una vez más, la educación es clave en una sociedad que parece no darse cuenta de lo olvidada que la tiene.