“Disculpe, tiene hora”. Es una frase que cada vez se escucha menos en la calle y es que los teléfonos móviles vinieron a suplir la función de los antiguos relojes pulsera. Mientras que el avance de la tecnología hizo que el oficio del relojero ya no sea tan común.

Seguramente en Mendoza hay muchas historias de relojeros con extensa trayectoria, sin embargo, en vísperas del Día del Padre qué mejor que contar la experiencia de dos generaciones: Ángel Miguel trabajó durante 61 años como relojero en Las Heras, el año pasado falleció tras padecer Covid-19 y hoy su hijo Ariel Darío, quien heredó su oficio, cuenta cómo es ser relojero en la era digital.

“Mi papá empezó a trabajar de relojero a los 16 años. Mi abuelo tenía un almacén y él se puso una mesita a un costado, ahí recibía relojes y los reparaba. Por entonces, le decían El Batata y algunos clientes que lo conocían de chico, siguen preguntando por El Batata cuando vienen a la relojería”, contó con emoción Darío, quien detalló que su padre aprendió el oficio por correspondencia.

Seguramente, muchas veces a Ángel le dolían las manos por el tiempo que le implicaba desarmar un reloj y manipular las diminutas y delicadas tuercas, agujas, tornillos, engranajes, minuteros o segunderos que componen estos aparatos. Y probablemente nunca se quejó de ese dolor porque era un trabajo que lo apasionaba y que realizó hasta sus últimos días.

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Para ser relojero hay que tener ciertas habilidades como pulso y memoria ya que se manipulan piezas y mecanismos pequeños. Pero sobre todo mucha pero mucha paciencia.

“Mi papá se la pasaba silvando y cantando cada vez que tenía un trabajo. Nos contaba y explicaba cómo se arreglaban los relojes, el cuidado que había que tener con ciertas piezas. Cuando arreglaba relojes muy difíciles pasaba días trabajando hasta que le encontraba la solución y lo reparaba”, recordó el joven, quien atiende la relojería junto a su hermana Natalia y su mamá Ángela. “Yo me encargo de las reparaciones y ellas de la atención al público y también hacen algunos arreglos sencillos”, dijo Darío.

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Generalmente los relojeros venían de familias dedicadas al mismo oficio y los más jóvenes adquirían esa experiencia para seguir con este oficio, como es el caso de Darío: “La relojería siempre me gustó y no podía ser de otra manera ya que mi papá me enseñó el oficio hace muchos años. Desde chico nos ponía a armar y desarmar relojes para mantenernos entretenidos mientras él trabajaba”, rememoró el joven.

Ejercer como relojero en la era digital no es tan común, pero se sigue trabajando porque, según señaló Darío, “siempre hay clientes que necesita que le cambien las pilas, limpie los engranajes y los mecanismos y mantenga óptimo el funcionamiento de sus relojes. La gente mayor es la que más los usa por costumbre y muchos porque no saben utilizar el celular. Algunos jóvenes los usan por moda o por algún motivo afectivo”, finalizó.

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