Antes y, también, algunos años después de la década de los ’80, los niños y las niñas se divertían jugando en la calle con sus hermanos o amigos del barrio. Por entonces, no había dispositivos electrónicos y mucho menos celulares. Eran muchos los pequeños que se encontraban en la plaza o transformaban la vereda de un vecino en un escenario imaginario donde todos se divertían. Y ni hablar de la época de Carnaval cuando chicos y adolescentes se aprontaban a llenar de agua las bombitas y a esperar que pasara alguien para mojarlo.  

Para el Día de las Infancias (Día del Niño), se cortaban las calles de los barrios y se hacían todo tipo de juegos de kermés. Esos que, seguramente muchos pequeños y adolescentes de hoy, habrán vistos en las previas de algunas de las fiestas que se realizaban cuando no había pandemia.

El tiempo pasa y, como dicen algunos, “los chicos se van poniendo viejos”. En realidad, quienes eran niños en los ‘80 son los adultos del presente y este diario dialogó con un grupo de ellos para recordar cómo era crecer y jugar en esos años.

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“Con mi hermano esperábamos con ansias el Día de Reyes porque eran cuando nos daban los mejores regalos. Digo los mejores obsequios porque sabíamos que en esa fecha ligábamos sí o sí juguetes. En Navidad, Papá Noel nos traía ropa y eso nos embolaba”, recordó Juan Gómez y detalló cuál fue el mejor regalo que recibió junto a su hermano Silvio: “Un 6 de enero, nos regalaron unos Walkie Talkie y unos súper binoculares. Estábamos felices porque éramos fanáticos de Indiana Jones. Así nos íbamos a la plaza que, en nuestra imaginación, se transformaba en un escenario fantástico donde buscábamos objetos históricos y peleábamos con los malos”.

Por su lado, Carolina Deblasi Vaca Guzmán, de Guaymallén, reflexionó: “Jugaba a muchas cosas, con muñecas, con soldados, con las bolitas de colores. Me imaginaba historias y las recreaba con las muñecas. También, le usaba los autitos a mi hermano, me gustaba diseñar y hacerles ropa a mis muñecas y puedo seguir contando mucho más, pero lo que quiero destacar es que nunca me sentía aburrida y eso era lo lindo”.

Al respecto, la psicóloga Vanina Guajardo, directora de Centro de Desarrollo Personal Fortalecer, explicó que los juegos de antes tenían diferentes características a los de ahora porque se jugaba o se actuaban momentos de la vida real como jugar a la mamá y al papá, al bombero, al médico o al explorador.

Y agregó: “El juego para un niño es muy importante en la formación del carácter y en los hábitos de los pequeños. Muchas veces no posibilitamos este espacio del juego a los chicos cuando es lo que afirma la personalidad, desarrolla la imaginación, ayuda a fortalecer y a formar vínculos sociales y, también, a aprender a negociar con sus pares, a compartir… Es muy necesario que el juego esté en la vida de los niños”, dijo la licenciada.

En nuestro país, el derecho a jugar está estipulado bajo la Ley 26.061. Esta ley tiene por objeto la protección integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes. Además, Argentina es país firmante de la Convención Sobre los Derecho de los Niños adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 20 de noviembre de 1989.

Esos divertidos juegos grupales

“Jugando al huevo podrido se lo tiro al distraído, el distraído lo ve y huevo podrido es”, cantó Marcelo Espinosa y enfatizó: “¡Qué lindos recuerdos! Nos cansábamos de jugar al Huevo Podrido, a las escondidas o Antón Pirulero porque era un juego que unía a chicos y a chicas. Si bien eran lindas épocas, también estaba esa cosa machista de que los chicos tenías que jugar a la pelota sin niñas y éstas jugar a hacer comiditas. Por eso, en el barrio, nos gustaban los juegos que integraban a todos. Por suerte los tiempos cambian y ahora no se hacen esas diferencias de género”, dijo el hombre oriundo de Las Heras.

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Por su lado, Carolina Moreno Corvalán, de Maipú, contó que sus juegos eran bastante variados y que tuvo la famosa “casita del árbol”, que construyó con sus hermanos en uno de los tres árboles que había en la puerta de su casa: “En la siesta íbamos corriendo, a escondidas, hasta la esquina que había un lugar donde guardaban camiones y habían hecho una casa con machimbre. Todas las tardes, sacábamos dos machimbres para construir nuestra casa del árbol. Yo creo que los dueños sabían que hacíamos eso”, dijo riendo por la travesura que recordó.

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“Otra cosa que hacíamos era juntarnos todos los de la cuadra y nos quedábamos hasta re tarde jugando a las escondidas, a la mancha, al fútbol o simplemente nos quedamos ahí sentados en el cordón charlando. También, festejábamos Carnaval. Lo organizábamos en el garaje de la casa de mis viejos y nos disfrazábamos, después de la chaya de la siesta”, agregó Corvalán.

El juego, un motor de desarrollo integral

Desde Unicef afirman que el juego es un motor del desarrollo integral a nivel emocional, social y cognitivo. Potencia aprendizajes relacionados con la internalización de normas, la regulación del impulso y el desarrollo del pensamiento. Permite a los niños ampliar la confianza en los otros y su autoestima. Es una experiencia de aprendizaje. El juego es una estrategia para conocer a los niños, guiar las interacciones y constituirse en adulto referente.

Los juegos de mesa, la rayuela, saltar la soga, el elástico, alto ahí, las bolitas, los patines, los barriletes de papel, el gallito ciego y hacer carreritas con barquitos de papel en las acequias, eran algunos de los muchos juegos de los niños y de las niñas de Mendoza. Seguramente faltan muchísimos más en esta lista que muchos recordarán y, para ellos, la psicóloga Vanina Guajardo tiene una propuesta: “Les propongo a los adultos de hoy que nos tomemos un tiempo para jugar con nuestro hijos y sobrinos y contarles sobre estos juegos. Que se animen a jugar con ellos porque jugar también es bueno para los adultos”.

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