El 15 de diciembre de 2007, Guilad Sarussi ingresó a la Argentina en un vuelo de Air France que aterrizó en Ezeiza. Una vez en el país, tramitó su identidad como Nicolás Gil Pereg. Según la policía, es ingeniero electrónico. Por ahora, más allá de que allanaron su casa, no hay imputación en su contra.
Los investigadores quedaron un tanto impactados. Cuando ingresaron a la casa de Gil Pereg, el hijo de una de las hermanas israelíes desparecidas en Mendoza, la escena era por demás llamativa.
Pereg fue quien hizo la presentación judicial para averiguar el paradero de su madre y su tía, Pirhya Sarussi (63) y Lily Pereg (54), vista por última vez entre el 11 y el 12 de enero. Gil fue, precisamente, esa última persona en tener contacto con ellas.
El hombre, de 37 años, vive en condiciones que se asemejan a la indigencia. El domicilio de calle Roca en Guaymallén es como una especie de galpón y con muy pocos muebles. Casi nada. Piso de tierra en el que, se presume, duerme. Ahí la primera sorpresa: las condiciones de vida no coinciden con los casi dos millones de pesos -entre euros y dólares- encontrados en lugar. Muchos menos si se tiene en cuenta que, según el Boletín de Mendoza, es director de cinco empresas abiertas por su madre en la provincia entre 2011 y 2015.
Además del dinero, encontraron cuatro armas; dos de ellas, pistolas calibre 9 milímetros, una Taurus y una Tanfloglio. Todas estaban en regla. Pero hay algo más: tenía permiso para portación, algo que no se da con frecuencia en el país, salvo que alguien pertenezca a una fuerza estatal, a una organización privada dedicada a la seguridad o a particulares, pero como excepciones claramente definidas. En principio, Pereg no responde a ninguna de estas premisas.
Un dato importante que se pudo corroborar gracias a la nueva de ley de ADN balístico, es la compra de municiones. Aquellas personas que tienen armas deben presentar su Cédula de Legítimo Usuario para la compra de balas o cartuchos. En este caso, hay un registro de alrededor de dos mil balas adquiridas. Automáticamente, hubo una consulta al Tiro Federal para determinar si Pereg hacía tiro deportivo. La respuesta fue negativa. Y la munición tampoco estaba en la casa.
De acuerdo con el testimonio de algunos vecinos, Pereg tuvo episodios conflictivos con una banda de delincuentes que actúa en la zona. Los espantó de su propiedad a los tiros y desde ese día vivía con miedo permanente a una represalia.
Pero más allá de ese desfasaje entre las condiciones de vida, el dinero hallado y las armas, el asombro llegó por la cantidad de gatos encontrados; unos vivos, otros muertos. De hecho, un pasaje que tenía Pereg a su nombre para viajar a Roma en estos días, pero que finalmente fue desestimado, contemplaba tres felinos.
Los gatos muertos estaban en una suerte de parilla, disecándose. Obviamente, le preguntaron porque estaban ahí y qué significaba esa imagen truculenta. La explicación que dio es que como eran sus mascotas y habían fallecido, los disecaba porque la religión no permitía que fueran enterrados. Según la Halajá, que es un compendio de reglas religiosas del judaísmo, no es cierto y no existe ninguna restricción al respecto.
Los detectives revisaron las cámaras de seguridad de la zona. En ninguna imagen aparecen las mujeres en el recorrido descrito por Pereg.
