“Sentí miedo a morirme primero y miedo a la policía después. Despertarme y tener a la policía interrogándome fue muy violento”, recordó Benjamín Genova, un varón trans que vivió en carne propia pasar por una interrupción del embarazo, cuando tenía tan solo 17 años.
Actualmente tiene 35 años, milita la igualdad de género, el aborto legal y trabaja en la Dirección Provincial de Diversidad del Gobierno de Neuquén.
A 18 años de ese episodio, ya tenía una hija, estaba agobiado por la violencia que sufría en su casa de una localidad rural de Río Negro por su condición, ya que desde muy joven supo que era un hombre en el cuerpo de una mujer.
Hoy, transformado a cómo se autopercibe con una cirugía en la que le extirparon las mamas, defiende el nuevo proyecto de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) y que el texto incluya a las personas con otras identidades de género con la capacidad de gestar.
La decisión
“Imaginate vos en esa situación. ¿Cómo podía pensar en tener otro hijo?”, se preguntó en diálogo con un diario nacional sobre la decisión que tuvo que tomar estando prácticamente en la calle y sin pertenencias más que una mochila.
“A los 14 años me escapé de mi casa porque sufría violencia, era una pibita en la calle. No había cumplido ni 15 cuando tuve a mi primera hija”, relató la experiencia en la que también sufrió mucho.

“‘Bancátela, pendeja’, me decían las enfermeras. Me trataron tan mal que me acuerdo que la bebé lloraba, yo no sabía qué hacer y tenía terror de llamarlas para pedirles ayuda”, contó aquella experiencia que la hizo volver con su familia, “pero la violencia seguía y a los 16 años me tuve que ir de nuevo. Dejé a mi hija con mis viejos y un año después, a los 17, me encuentro en esta situación en la que me entero que estoy embarazado otra vez. Lo primero que pienso es ‘no lo puedo tener, no lo quiero tener y no lo voy a tener’.
Fue así que tomó la decisión a la que concibió como un acto de responsabilidad a pesar de que estaba en la ciudad de Allen, una pequeña localidad de Río Negro muy conservadora.

Una amiga le habló de un yuyo que podían comprar en la farmacia, prepararon una especie de té, lo pusieron en la heladera y lo fue tomando, un vaso tras otro, sin saber muy bien qué malestares experimentaría.
“Desarmé la cama del dolor”
“Unos días después empecé con un dolor muy fuerte a la altura de las caderas y en la cintura. Después empezaron a dolerme las piernas, me costaba caminar. Yo creo que eran contracciones, conozco bien ese dolor”, volvió en sus recuerdos a ese terrible momento de su vida.
“Por suerte vinieron unos amigos y cuando me vieron como estaba, cuando vieron que gritaba del dolor, me llevaron de urgencia a la guardia del hospital. Cuando entré, ya sangraba. Me dejaron horas en observación, me acuerdo que desarmé toda la cama del dolor, arranqué las cortinas, no podía más”.

Con un cuadro crítico llegó al hospital y le hicieron un legrado. “Cuando me desperté de la anestesia, ya en una sala común, veo entrar a un policía. Me empezó a preguntar qué había tomado y a decirme que no mintiera, que si había tomado pastillas o me había metido algo lo iban a encontrar. ‘Tarde o temprano nos vamos a dar cuenta’, me decía, no sé, cosas horrible”, remarcó.
El punto que se debate nuevamente en el Congreso de la Nación es la despenalización del aborto, hoy penado por la ley.
Si en aquel momento hubiera habido acceso gratuito y legal para esta práctica “creo que no hubiera sentido todo ese miedo y que no hubiera corrido el riesgo de morirme, porque tuve suerte de que mis amigos me llevaron al hospital. Si yo hubiera estado solo capaz que me quedaba encerrado y me moría, y esa muerte iba a quedar totalmente invisibilizada”.
