Más allá de que se trató de un armado de listas para unas elecciones primarias, está claro quiénes tienen más o menos el panorama ordenado para diagramar estrategias pensando a futuro. Esa diferencia es notable. Porque más allá de que las negociaciones internas siempre existen, hay una línea que responde a cierta lógica y que busca hacer crecer de a poco a quienes luego se irán convirtiendo en candidatos.
Del otro lado, una batalla de nombres propios, desesperados por no salir de la agenda política y pública. En otras palabras, enamorados de la rosca y con la ambición constante de no separarse del Estado, ya sea como oficialismo y oposición, pero encontrar allí una salida laboral que, además, permita ostentar algo de poder y de ese modo ir perpetuándose.
El peronismo mendocino no sabe cómo reinventarse. Tuvo una oportunidad histórica luego de la caída electoral de 2015. Era el momento para hacer una suerte de mea culpa tras la gestión de Francisco Pérez; encerrarse en una habitación y que las caras nuevas se animaran a ganar el control. Nada de eso ocurrió. La disputa siguió un pasamanos entre los sectores más tradicionales e históricos, que no supieron construir cuadros limpios de culpa y cargo. Nombres sin prontuarios políticos y sin nada que esconder.
Ocurre que la Juventud Peronista, aquellos herederos de Perón y de Evita, dejó de ser un grupo de formación. Se rompió cuando La Cámpora -la versión de militantes púberes del kirchnerismo- copó la parada y, por miedo a quedar huérfanos de poder, aquellos chicos y chicas de la JP se hicieron amigos por conveniencia con aquellos a quienes denostaban. Perdieron voz y perdieron voto. Y se convirtieron en una suerte de estudiantes crónicos, a punto de cumplir cuarenta años y sin poder interceder en conversaciones de grandes.
Pasó en todos los bastiones del justicialismo. En San Rafael, en Lavalle, en San Martín y en Maipú. Decenas de voluntades que se fueron apagando a la sombra de intendentes que no daban margen para el surgimiento de nuevas figuras. Sin renovación y con el poder absoluto.
El panorama legislativo no es diferente. Salen de un cargo y se meten a otro. Van de la Nación a la Provincia, ida y vuelta, y revalidan y buscan mantener un cargo. Lo mismo, cada dos años.
Las listas de la disputa interna que tendrá el peronismo es el mejor ejemplo. Anabel es la que más puede crecer. Lo sabe. Tiene margen, incluso, si llega a perder. Para Alejandro Bermejo, si bien es su primera batalla fuera de Maipú, puede ser la última bala. Decidió abrirse del municipio sin dejar un heredero natural. Lo construyó sobre el final cuando sorprendió con Matías Stevanato, un joven otrora rival dentro del peronismo. Ahora son todas risas y gestos de apoyo para el Pulga, pero el club de viudas y viudos sigue funcionando en Maipú.
El radicalismo, en cambio, apostó a la transición generacional. El último en no comprenderlo fue Roberto Iglesias, que se encaprichó en volver a ser gobernador en 2011 y la derrota tuvo el mismo efecto que un telegrama jubilatorio.
La fórmula radica en la gestión de poder. El primero en verla y en ponerla en práctica, tal vez, fue Alfredo Cornejo. Con él surgieron un montón de funcionarios en el segmento que va de los 35 a los 45 y que rápidamente se ubicaron en la primera línea de fuego política. Algunos como intendentes, como el caso de Tadeo García Zalazar, y otros como miembros del gabinete, como Martín Kerchner (con recorrido legislativo), Ulpiano Suárez, Andrés Lombardi y Paula Allasino. Crecieron de a poco y llegaron a punto. Y de allí para abajo, varios vienen en formación.
Cornejo es un estratega. Y es un punto que se le escapó a la dirigencia peronista cuando el actual gobernador llegó al poder. Ese día empezó a delinear cómo hacer para que el radicalismo (ahora como Frente Cambiemos) mantuviera ese lugar, independientemente del nombre que ocupara el Sillón de San Martín. Por eso, mientras el PJ histórico negocia en lo inmediato y Fernández Sagasti busca ganar imagen, en el oficialismo miran más allá de lo que ocurrirá en 2019 y apuntan al 2023 y hasta al 2027. No es raro: Cornejo dejó pasar dos elecciones antes de jugar un pleno. Puede fallar, es cierto, pero entienden que es por ahí.
