Al peronismo mendocino, al histórico, al que se peleaba puertas adentro hasta que llegaba Juan Carlos Mazzón y todos se cuadraban; a ese no le bastó con las dos últimas palizas electorales a manos de Alfredo Cornejo bajo el paraguas del frente Cambia Mendoza, en el 2015 y el 2107. Pensaron que era una brisa pasajera y que, más temprano que tarde, volverían a reagruparse para disputar el poder perdido. Apostaron a la mística y nunca hicieron una autocrítica en serio luego de que la gestión de Francisco Pérez dejara a Mendoza en terapia intensiva.
La muerte del Chueco los dejó huérfanos. Y a partir de ahí fue un sálvese quien pueda. Los intendentes se aferraron a la territorialidad del pago chico, pero jamás formaron parte de un proyecto provincial con ambiciones. No supieron armar poder interno. Pensaron que no hacía falta. Se movieron con la misma lógica que en los últimos veinte años. Nadie nos va a hacer sombra, pensaron. Menospreciaron a los cuadros chicos, no les dieron espacio, los despreciaron y taparon a las promesas.
Acumularon frustraciones y resentimiento durante los años de oro del kirchnerismo. Tuvieron que amoldarse y soportar que el armado de listas llegara digitado desde la Casa Rosada. Trataron a Anabel Fernández Sagasti de “tilinguita” y a Lucas Ilardo de “pendejo culo cagado”. Los subestimaron. Y terminaron yendo al pie.

Anabel y Lucas aprendieron a hacer política. A armar aparato, a buscar alianzas, a pensar los nombres de las listas; a comprender que nadie es tan amigo o tan enemigo. Aprendieron a jugar con la conveniencia. Recuperaron y sumaron a Carlos Ciurca, denostado luego de la derrota lasherina en el 2015.
Anabel, la Anabel de Cristina, no oculta su origen. Se mostró kirchnerista en las malas y se muestra kirchnerista ahora, que los números son un poco más amables para los seguidores de la ex presidenta.
Es una chica joven, que con apenas unos meses de militancia se convirtió en senadora nacional. Podría haberse mareado. Pero, no. Lo tomó con calma y fue creciendo dentro de la estructura K, a tal punto de convertirse en una referente a nivel nacional.
Casi un año antes anunció que sería precandidata a gobernadora. Parecía un globo de ensayo. Un tiro por elevación para ver cómo reaccionaba el resto del peronismo y bajo qué condiciones estaba dispuesto a negociar cargos en el armado de listas. No hubo caso. Rechazó cualquier posibilidad de fórmula de consenso que obligara a su espacio a claudicar y decidió dar una pelea interna.

Lo hizo a pura estrategia. Sumó a Alejandro Abraham y a Guillermo Amstutz para pisar fuerte en Guaymallén y Las Heras, respectivamente. Dinosaurios para ganarles a dinosaurios.
Para Fernández Sagasti, desde el principio, esta no era su elección. Que, en todo caso, le serviría para ganar experiencia e imagen. Una cosa era contar con el arrastre y con el efecto contagio en una elección legislativa nacional y otra muy diferente es encabezar una lista para un cargo ejecutivo. Debía hacerse más conocida y apuntar al 2023. Tal vez, los tiempos se le precipitaron. O, tal vez, ese sigue siendo su objetivo, entendiendo que al cornejismo no se le gana de un día para el otro y que la diferencia que obtuvo Rodolfo Suarez parece depositarlo en el sillón del San Martín.
La Cámpora cambió la relación de fuerzas en Mendoza. De ser los chicos insolentes que Cristina impuso de prepo, a contar con un caudal de votos que los posiciona como los nuevos dueños del peronismo mendocino. Ahora serán ellos lo que impongan condiciones. Tal vez, el próximo paso sea ir por todo el partido al nivel provincial, hoy presidido por Guillermo Carmona, quien cayó estrepitosamente en la interna por la Intendencia de Capital.
En la construcción del nuevo poder, el kirchnerismo mendocino saldrá a recuperar heridos, arrepentidos y conversos, tal como lo hizo después de la derrota del 2015. Abrirá la puerta para todos los que, desencantados, abandonaron la militancia y ahora ven nuevos aires. Fue el golpe más duro de ese peronismo histórico. Los primeros dos se los dio Cornejo, y nunca se recuperaron. El tercero vino de adentro, y fue el más duro.
