El clientelismo es un de las prácticas más aberrantes que puede tener una fuerza o partido. Reduce al servilismo y a la cooptación a personas que tienen una necesidad para reducirlas a peones con un interés político. Todo lo bueno que puede tener en general la política, como su capacidad para transformar la realidad y hacer digna la vida de las personas, se desdibuja y termina siendo una herramienta que conserva, reproduce y profundiza lo que es injusto, arbitrario y hasta humillante.
Las acusaciones contra los referentes de una organización social con base peronista son un ejemplo claro de ello, puesto que sus militantes no se animaron a denunciar abiertamente por temor a perder el subsidio que baja Nación. No debería haber intermediarios en estas situaciones. Los solicitantes de esta ayuda excepcional deberían percibir este beneficio en absoluta libertad, pero la maquinaria política que se ha consolidado con los años ha hecho que estos punteros terminen gestionando en nombre de ciudadanos y se queden con un porcentaje. Son, en definitiva, gestores de la indignidad.
Las crisis han fortalecido a estos movimientos sociales cuyo reclamo por trabajo o un bolsón de comida puede estar de alguna manera justificado, pero cuando se pervierten y terminan formando una pyme política con fuerza de choque en beneficio propio, entonces, los organismos pertinentes deberían ajustar los mecanismos de control. Sería lo justo para las personas que pujan por una ayuda del Estado y que no tienen más que su voz para peticionar.
