Cat Wheeler llegó a Bali hace doce años, tras una década de vivir en Singapur como corresponsal de diarios canadienses, cubriendo el boom económico del sudeste asiático. La crisis de 2000 pegó duro en la región y había que pensar en mudarse. Las opciones lógicas eran Bangkok o Kuala Lumpur. O, incluso, volver a su Vancouver natal. Pero nada de eso estaba en sus planes. En cambio, una palabra resonaba en la cabeza de Cat como un mantra: “Ubud. Ubud. Ubud”.
Había visitado este pueblito montañoso en el corazón de Bali años antes, y el recuerdo de sus jardines tropicales, su pueblo de sonrisa perpetua y sus templos con guirnaldas la llamaban como una sirena. Era una locura, claro. No hablaba el idioma, los trámites para asentarse allí eran demenciales y no tenía idea de cómo iba a ganarse la vida en plena Indonesia rural. Pero allí fue, cargando todas sus posesiones.
La narración de sus desventuras de recién llegada –sus intentos por entenderse con Wayan Manis, su ama de llaves balinesa (que le aconseja una ceremonia distinta para cada problema que surge, a cual más mundano), sus primeros encuentros con la fauna local, su confusión ante el hecho de que los nombres más frecuentes (Ketut, Wayan,Made) no tienen género– dieron forma a un encantador libro de relatos que tituló, en su segunda versión, Bali Daze. Freefall off the Tourist Trail (Loca por Bali. Caída libre del circuito turístico). La primera versión se llamaba Dragons in the Bath (Dragones en la bañadera).


Por otro lado, se encontró en su nuevo hogar con una tribu de mujeres como ella (expats, según el apodo en inglés para quienes viven fuera de su país de origen): cultas, solteras, realizadas en sus profesiones, felices de vivir con poco, lejos del consumismo en el que crecieron. Cuenta Cat: “Con pensiones o sueldos que en otros países significarían una vida deprimente, en Bali alquilan modestas cabañas con jardín, comen alimentos frescos y se complacen de saber que sus rupias contribuyen a mejorar la subsistencia de los pobladores. Es común ver a estas septuagenarias recorriendo las rutas selváticas en motoneta, con una gran sonrisa”.
A la cabeza de estas mujeres, Cat realizó en estos años un sinfín de acciones sociales, como llevar agua a zonas de escasez, mejorar la higiene y procurar servicios médicos para curar enfermedades endémicas. “Lo hacemos en el marco del Club Rotary de Ubud”, cuenta Cat, y se ríe: “Solía pensar que el Rotary era un asunto de hombres viejos, pero en el nuestro somos casi todas mujeres…”.
En conversación telefónica, Ibu Kat (Gran Gato), como la bautizaron los locales, cuenta un poquito sobre su vida en la isla de los dioses.
–¿Qué es lo más importante que te dio vivir en Bali?
–La conciencia de una profunda conexión con la tierra y la naturaleza. En las ciudades, hay siempre una capa de cemento –o muchas– entre una y el suelo. Viviendo en Bali estoy enla tierra, como una planta. Construí mi casa sin vidrios en las ventanas y vivo al borde de un río rodeado de selva, cerca de un templo importante. La tierra, el jardín y el bosque están llenos de vida y energía. Siempre está pasando algo: cosas pequeñas, como un renacuajo que se convierte en rana o un insecto que deja su crisálida; o grandes, como mis perros escoltando a una iguana de más de un metro por encima del muro de mi jardín. Como Bali tiene volcanes activos, la isla crece, respira y se sacude con terremotos, lo que nutre a la tierra con los minerales de muchas erupciones. En las noches oscuras, los perros les ladran a los espíritus que emergen del río, dejando una estela de luz.
–¿Han logrado preservar la naturaleza a pesar de la explosión turística?
–No tanto. Muchos arrozales se están vendiendo para hacer proyectos inmobiliarios. Estos arrozales son antiguos y sagrados, están íntimamente hilvanados con la cultura y las tradiciones del pueblo. Cuando veo que abren estas tierras con máquinas, me duele en el cuerpo.
–¿Sentís afinidad con los balineses tras tantos años de convivencia?
–Absolutamente. Llevo veinticinco años en el sudeste asiático y mis amigos asiáticos me dicen “huevo”: blanca por fuera y amarilla por dentro. Cuando estoy en Occidente, me chocan las voces fuertes, las expresiones públicas de afecto o de enojo. Los balineses viven entre la oración, la meditación, las visitas de los espíritus y la magia. Hay aspectos de mi vida aquí que no les cuento a mis amigos canadienses; les resultaría demasiado bizarro.
–¿Hay alguna festividad local que disfrutes en especial?
–Sí, Nyepi, un día de completo silencio antes del Año Nuevo. Nadie puede salir de su jardín, ni manejar, y hasta cierran los aeropuertos. Cuando se silencian todos los ruidos humanos y uno mismo se calla, se pueden escuchar los sonidos más sutiles de la naturaleza… los insectos, las lagartijas, las hojas en el viento…
–¿Te seguís sintiendo extranjera, de algún modo?
–Sí, de una manera muy linda. Vivo en una callecita que es como un pueblo en sí misma. Hace unas semanas, mientras podaba las enredaderas del portón de mi casa, una viejita toda doblada se detuvo en la calle, camino al templo. He saludado a esta viejita cada vez que la he visto durante una década, y ella siempre ha seguido su camino sin responder. Pero ese día se detuvo y me miró largo rato con sus ojos acuosos. “Seguís acá”, dijo al fin. Y se me ocurrió que, para estos balineses mayores, que viven toda su vida en el mismo lugar, los extranjeros inquietos que vivimos entre ellos debemos parecerles transitorios como pájaros salvajes. Sin embargo, allí estaba yo, diez años más tarde, con el pelo blanco, todavía podando las enredaderas del portón. Se señaló a sí misma con una mano frágil. “Ketut”, se presentó. Le dije mi nombre y ambas nos tocamos ritualmente el corazón. Ketut me disparó una breve sonrisa de dos dientes y siguió su camino. Ese pequeño momento fue muy profundo. Después de diez años, al fin me había convertido en una residente oficial de mi calle”.
