Tragedia es una palabra que nace de dos vocablos latinos: tragos (macho cabrío) y oidía (canto). El canto del macho cabrío. Es así porque aludía en su inicio a una celebración que hacían los antiguos griegos en honor de Dionisio, considerado el protector del placer y las bellas artes. En esa bacanal se sacrificaba un macho cabrío en homenaje al dios. Aquella celebración inicial se hizo luego más sofisticada e incluyó actores que interpretaban la vida y peripecias de la divinidad. Por ese camino la tragedia derivó en género teatral (acaso el más complejo, potente y conmovedor, porque ilumina las profundidades del alma). A Esquilo (525-456 a.C), autor entre otras de la Orestíada, se le atribuye la paternidad de ese género, luego ennoblecido por Sófocles (Edipo Rey, Antígona), Eurípides (Medea, Las troyanas) y tantos grandes autores de diferentes épocas y nacionalidades (con Shakespeare y sus supremas Macbeth o Rey Lear, por decir algunas, a la cabeza).
La tragedia repite un argumento. Sus protagonistas se alzan contra el destino o contra los dioses, empecinados en seguir una trayectoria propia, al margen de los dictados de aquellos, e inexorablemente terminan en la muerte y la destrucción, no sólo propias sino de quienes los siguen y los rodean. Desde el mismo comienzo de la historia todos (menos el protagonista) saben o intuyen el final, y el desarrollo de la misma lo anuncia a cada paso. Sin embargo, nada ni nadie puede detenerlo. Y se cumple. Una y otra vez se cierra un ciclo en el cual la hybris (la soberbia, la desmesura, el mayor pecado para aquellos griegos) es derrotada por la némesis, suerte de castigo divino que reimplanta el orden natural y devuelve el cosmos (nombre de aquel orden) donde reinaba el caos.
¿Son tragedias las que vivimos periódicamente en nuestra sociedad? La palabra abundó en estos días de agua, dolor, destrucción y muerte. Había abundado antes, con Cromagnon, con el tren de Once, se pronuncia con frecuencia al hablar de rutas trágicas, de tragedias en las tribunas deportivas, de trágicos incendios. Se habla de tragedias sanitarias y educativas. Se viven como tales. ¿Pero son tragedias? ¿Son inexorables? ¿Nacen de la soberbia y la desmesura? ¿No hay manera de detenerlas? ¿Reciben su castigo quienes las propician? ¿Vuelve el orden natural, queda atrás el caos?
Se trata de sucesos dolorosos, sin dudas. Pero no se caracterizan por la inevitabilidad de la tragedia. Son previsibles y evitables. Por cierto, nada detiene a la naturaleza, no se puede impedir una lluvia, eso es tema de los dioses dirían aquellos griegos. Pero las formas, previsiones y medidas para atenuar sus consecuencias y actuar con diligencia, eficiencia y empatía sobre ellas son tema humano y cercano. Desidia, descuido, negligencia, irresponsabilidad no son material de la tragedia. Los que actúan al compás de esos vicios no alcanzan la dimensión de personajes trágicos. Son mucho menos que eso, ni remotamente rozan la profundidad o grandeza de algunos clásicos, pero desde sus cargos y funciones producen igualmente consecuencias nefastas.
Que un tren frene donde debe, que una sala de espectáculos cumpla con medidas de seguridad, que las rutas y calles tengas mantenimiento y que en ellas se respeten normas y leyes, que la educación y la salud sean prioridades reales y no simples materias de discursos, que la seguridad ciudadana resulte parte normal de lo cotidiano, que los ciudadanos convivan de acuerdo con las reglas y leyes de todos y no con las propias de cada quien, que los miembros de la sociedad recuerden sus deberes y los honren antes de invocar derechos que muchas veces lo son pero otras tantas son simples deseos, no parecen cuestiones imposibles. Cuando ocurre todo lo contrario de eso, nos empieza a rondar la desgracia. Pero no la tragedia. La tragedia es otra cosa. Y acostumbrarse a aceptar como naturales las desgracias que cada uno puede contribuir a evitar desde el lugar, pequeño o grande, público o privado, anónimo o visible, en el que transcurre su vida de cada día, es más patético que trágico.
Cuidados a ejecutar, responsabilidades a cumplir, deberes a realizar. Todos los tenemos. Cada día, con lluvia o con sol. Ocuparse de ello es, en mi opinión, un modo de ser solidario. Una pequeña solidaridad cotidiana para no tener que protagonizar periódicas y dolorosas olas solidarias. Una pequeña solidaridad cotidiana para no invocar la tragedia en otro lugar que no sea el escenario de un teatro, donde deja tanto para disfrutar y aprender.
