Se dice que los árboles no dejan ver el bosque. Pienso que casi siempre es al revés. El bosque no deja ver los árboles. ¿Qué es el bosque, sino cada uno de los árboles que lo componen? Todos diferentes, aún los de la misma especie. Y, a menudo, muchas especies diferentes dando forma y vida a un bosque. Creo que nunca debemos dejar de mirar a los árboles, a cada árbol, porque es único e irremplazable. Como lo es cada persona en el extenso bosque de la humanidad. Así como cada bosque empieza con un árbol, la humanidad entera nace con una persona. Con cada árbol que muere, muere un bosque. Con cada ser humano que muere, morimos todos, como decía el poeta inglés John Donne (1572-1631) al recordarnos que las campanas siempre doblan por todos nosotros.

Pensé con dolor en todo esto durante esta semana, mientras veía arder miles de hectáreas de árboles en Córdoba. Conozco a los que murieron en Villa Alpina y en Yacanto. He pasado bajo su sombra año a año, camino de La Cumbrecita. Me he abrazado a sus troncos, me he repuesto de largas caminatas bajo su fresca protección y su silenciosa presencia. Según un antiguo aforismo, cuando muere un viejo desaparece una biblioteca. Y cuando muere un árbol, ¿cuánta memoria se pierde? Son testigos añosos e imperturbables del pasar de la vida. Además, la cobijan, la sostienen, la alimentan, la transmiten. Ante ellos desfilan dolores y alegrías, esperanzas y lamentos, tormentas y renacimientos, crepúsculos y amaneceres. Están con nosotros aun cuando lo ignoremos o lo olvidemos. De ellos viene el papel de los libros, diarios y revistas que leemos, el de envoltorios. El que usamos y desperdiciamos. De ellos llegan tantos frutos que nos nutren, y la madera de muebles que nos hacen confortable la vida. En ellos, sin preocuparnos por lastimarlos, grabamos nuestros nombres para que queden allí cuando ya no estemos, a ellos los herimos con alambres, cables, clavos o sostenes de pasacalles y publicidades banales. Nos proveen el material de las cabañas que nos cobijan, y el fuego nutricio y acogedor de las parrillas y los hogares. Ellos son los pulmones que hacen habitable el planeta.

Todo ese tesoro que nunca agradecemos lo suficiente (y a menudo directamente no agradecemos) ha estado ardiendo en estos días. Los árboles no ríen, no claman, no lloran. Como decía el dramaturgo español Alejandro Casona (1903-1965), mueren de pie. Y con cada uno de ellos, estoy convencido, algo muere en cada uno de nosotros, así como algo nace con cada retoño, cada gajo o cada semilla que se planta. Como las piedras, como los animales, como nosotros, los humanos, los árboles son la vida. A tal efecto, no somos más ni somos menos que todos esos elementos. “Piedra ligera/ guijarro humilde/ como tú”, nos recordaba el maravilloso León Felipe (1884-1968). Somos cada piedra, cada árbol, cada animal, y ellos son nosotros. Ardimos también esta semana. Hemos perdido bajo el fuego a miles de hermanos naturales.

Que el bosque no nos impida ver los árboles. Cada árbol. Que los plurales no nos impidan ver la individualidad de cada ser. En esos plurales no sólo se pierde mucha belleza. Cuando hablamos de humanos, se diluyen allí la responsabilidad, el deber de cada uno, la respuesta que cada quien le debe al otro y a la vida. Cuando decimos “Fuimos todos”, no fue nadie. Cuando preguntamos “¿Qué nos pasa?”, nunca habrá respuesta, a menos que cada uno se pregunte por su responsabilidad en eso que le ocurre al conjunto. Alguna vez pedimos “que se vayan todos” y todos se quedaron, porque, dicho así, “todos” es un bosque sin árboles. “Ustedes talan los árboles para construir edificios para los hombres que se han vuelto locos por no haber podido ver los árboles”, advirtió el escritor y dibujante James Thurber (1894-1961).

Mientras procuramos penetrar en el bosque para ver los árboles y nos detenemos con atención, dedicación y respeto en cada uno de ellos (del mismo modo en que cada persona merece que lo hagamos cuando nos encontramos con ella), resuenan unos versos de Nicolás Guillén (1902-1989), que, con esa extraordinaria intemporalidad e inmortalidad de la poesía, parecen haber sido escritos esta misma semana, acaso a la luz de las llamas: Yo la siento,/ la raíz de mi árbol, de tu árbol, / de todos nuestros árboles, / la siento / clavada en lo más hondo de mi tierra, / clavada allí, clavada, / arrastrándome y alzándome y hablándome,/ gritándome. Es así, creo. Hay una raíz que nos une a cada árbol como un cordón umbilical.