Marina tiene 11 años. Está en la cama, lista para irse a dormir, y le pide a su mamá que la abrace. Al día siguiente tiene un trimestral y no puede conciliar el sueño de los nervios. Dice que no está preparada, que le duele la cabeza. Finalmente, da el examen, pero cuando vuelve a casa piensa en las preguntas que respondió mal.

Patricia, también de 11, tiene que rendir el mismo examen. Sin embargo, va tranquila, como si nada pasara, hasta entusiasmada con el desafío.

¿Por qué a algunos chicos los desafíos que presenta la vida –competencias, campeonatos, exámenes– les generan estrés y a otros no? ¿Cómo saber cuál es el punto de equilibrio entre la sana exigencia y el bienestar?

Hoy más que nunca vivimos en una sociedad donde el apuro es moneda corriente y la presión para alcanzar objetivos se cuela también en la vida de los chicos. Pero más allá de ese contexto circundante, hay chicos que son más perfeccionistas que otros.

“El perfeccionismo aparece cuando se juntan tres aspectos: un gran deseo de mejora, un afán por alcanzar metas excesivamente elevadas y una importante preocupación por lo que los demás piensen de uno”, explica el pediatra español Santiago García Thomei. Los chicos perfeccionistas suelen ser muy exigentes y críticos consigo mismos. Nunca están del todo satisfechos. Temen al error. Se concentran en sus fallas en lugar de apreciar sus logros. “Además, tienden a experimentar toda tarea como una prueba que reflejará su competencia y valía ante sí mismos y los demás, por lo que no es de extrañar que, en ocasiones, tengan una baja autoestima”, agrega el pediatra.

Ahora bien, la pregunta del millón es por qué a veces nuestros hijos tienen ese nivel de exigencia. ¿Hay algo que podamos hacer los padres para evitarlo? 

Nosotros y las exigencias

“Muchas de estas situaciones están relacionadas con la madurez, porque a medida que crecemos entendemos que no siempre vamos a salir primeros. Pero, en la mayoría de los casos, la autoexigencia de los chicos está íntimamente asociada a los mensajes que les enviamos los padres, muchas veces incluso sin darnos cuenta”, explica la especialista en Psicología clínica Mariana Mirabella.

Si un chico tiene 6 años y su papá vive la final de un campeonato de fútbol entre amiguitos como si fuera el Mundial, seguramente el hijo recibirá el mensaje de que si pierde, vale menos. Lo mismo sucederá si un chico ve al papá frustrado y furioso porque no logró el ascenso en su trabajo. El hijo creerá que ganar es fundamental para sentirse valioso.

“Reflexionar sobre qué tipo de metas les estamos pidiendo a nuestros hijos que alcancen es fundamental para ayudarlos a crecer”, opina Mirabella.

En ese aspecto, los especialistas proponen mirarnos hacia dentro y ver las proyecciones conscientes e inconscientes que a veces volcamos en los hijos. “Muchas veces, sin darnos cuenta, deseamos que lo chicos logren aquello que a nosotros nos habría gustado lograr. Y así salen al mundo, no solo con la exigencia propia, sino también con la nuestra. Es tal la presión que, en esa circunstancias, los chicos terminan haciendo síntomas como dolor de panza, dolor de cabeza, mareos y hasta fiebre “, destaca Mirabella.

“Las proyecciones que hacemos llegan al niño como exigencias, como mandatos desligados de sus propios deseos. Aunque nos cueste, los padres tenemos que hacer el duelo de aquello que, por diferentes razones, no pudimos cumplir en la vida”, reflexiona Miriam Mazover, psicoanalista, fundadora y directora de la Institución Ulloa.

Para hacer ese duelo, Jorgelina Bruzet propone a los padres plantearse siempre estas preguntas: ¿Qué de todo esto que le estoy pidiendo a mi hijo no pude concretar en el pasado y me habría gustado hacer? ¿Por qué me da seguridad un logro que no es mío sino de mi hijo? ¿Qué quiero demostrar a los demás a través de él? ¿Esto que deseo para él lo habría deseado para mí? ¿Qué quiero demostrarme con los éxitos o metas que alcanzan mis hijos?

“La punta del ovillo es ser sinceros con nosotros mismos y pensar qué no estamos viendo. De esta manera, podemos validar aquel deseo que no fue nombrado ni permitido en nuestra infancia, y, en definitiva, liberar a los hijos para que puedan encontrarse con su ser esencial y sus propios deseos”, concluye Jorgelina Bruzet, terapeuta especialista en vínculos familiares, directora consultora de Criando Encuentros.

Liberarlos de mandatos

Los hijos no son una prolongación nuestra y necesitan vivir su niñez con tranquilidad, encontrando su propia identidad. Son ya muchas las presiones que reciben de los medios de comunicación, donde lo que determina la pauta del éxito es estar en la primera división de rugby, tener un físico escultural o una determinada situación económica. “Hoy la sociedad les dice a las mujeres que si no pesan cincuenta kilos, no son exitosas, y a los varones, que si no son un as en el deporte, no valen nada. Así nos van imponiendo estos ideales que no son para todos. Un chico que juega en la tercera división puede ser feliz si lo disfruta y está contento consigo mismo. Es más, va a estar mucho más contento que aquel que juega en primera y lo padece”, sostiene la licenciada Mariana Mirabella, especialista en niños.

En este contexto, los padres podemos ser de gran ayuda explicándoles que los queremos por lo que son, no por sus resultados. “Los chicos sienten que si no responden al ideal de los padres, pueden dejar de ser amados. Más allá de que no sea así, ellos quizá lo perciban de esa manera. Por eso, es importante mostrarles incondicionalidad, darles la garantía de quererlos por lo que son, no por aquello que elijan o logren. El amor incondicional es lo que a los chicos les permite diferenciarse de sus padres y construir su propia singularidad”, afirma Clarisa Valencia, psicoanalista de niños y adolescentes en Centro Dos.

El perfeccionismo, las exigencias internas y las presiones no ayudan a nuestros hijos a crecer. El respeto por quienes son los libera. “Los psicoterapeutas comprobamos a diario que los niños respetados en sus deseos son los que se crían más sanamente”, concluye Miriam Mazover.

Hijos perfeccionistas. ¿Cómo ayudarlos?

• Cuando vemos que tardan mucho tiempo en terminar una tarea, podemos decirles que es hora de concluirla. Para un chico perfeccionista, siempre hay algo que puede mejorarse y, por eso demora tanto. Hay que explicarles que pueden destinar ese tiempo a otras actividades.

• Ayudarlos a fijarse objetivos realistas. De esta manera lograrán tener mayor autoestima y confianza en sí mismos.

• Si se angustian por no haber alcanzado una meta, restarle importancia y felicitarlos por el esfuerzo.

• Explicarles que no siempre podemos lograr todo aquello que nos proponemos. Cada uno vino al mundo con sus talentos y no todo depende de nosotros.

• Tratar de estar atentos e intentar evitar que, ante un error, se consideren perdedores. Esto se logra con el tiempo, haciéndoles entender que lo importante no es ser los mejores.