Hay muchas palabras que tienen mala fama. Y bien se la han ganado. Pero hay unas pocas que, sin merecerlo, son bastardeadas continuamente. Si pudiésemos elaborar una suerte de ranking de ellas, la palabra “rutina” probablemente estaría en el top ten. En un mundo que valora lo exótico, lo novedoso o lo extraordinario, las cosas de todos los días no tienen buena prensa…

Pero por suerte hay quienes pueden ver en la rutina, mucho más allá de ese cariz negativo que la asocia con el tedio y el irremediable devenir de la monotonía, un valioso ordenamiento donde la vida cotidiana adquiere sentido y da sus frutos. Santiago Kovadloff es uno de ellos y hace ya muchos años le dedicó una serie de ensayos que reunió en su libro Sentido y riesgo de la vida cotidiana.

Él mismo hace un culto de la rutina, esa que le permite conectarse en profundidad con sus emociones y sus pensamientos, para buscar incansablemente la idea justa, para encontrar la palabra exacta que pueda describirlos. Porque para él –que, además de filósofo, ensayista o escritor, es, esencialmente, poeta– no existen los sinónimos. No es lo mismo “belleza” que “hermosura”, dirá durante la charla con Sophia, que ocurrió un día en el que su rutina de trabajo le regaló el espacio necesario para que irrumpiera allí lo inesperado, la inspiración o el asombro que le permitió descubrir qué era lo que ese poema que hacía dos años había comenzado a escribir tenía para contarle.

“Rara vez un texto se me entregó diáfano; siempre vienen como retobados, como de costado, medio histéricos. Que sí, que no, que me acerco pero no demasiado. Yo trato de aceptar las reglas que el texto me impone para aprender a conocerlo y torearlo debidamente durante el tiempo que haga falta. No lo precipito jamás, y esto requiere orden, constancia, rutina”, explica, sentado detrás del escritorio de su luminoso estudio de la calle Uruguay, mientras recuerda cómo le costó develar el enigma de ese artesano que arregla máquinas de escribir y que es el protagonista de su poema. Y él, que también es un artesano, pero un artesano de la palabra, se tomará su tiempo para responder a nuestras preguntas y encontrar la manera de ayudarnos a descubrir el profundo encanto de la vida cotidiana.

–Santiago, vivimos tiempos en los que el acceso a la información, la rapidez y la inmediatez nos hacen cada vez más proclives al cambio constante, al afán por las novedades. Y, en medio de esta voracidad por lo nuevo, usted hace una suerte de oda a la rutina. ¿Por qué?

–Sí. Quizá por este afán por las novedades nos predisponemos mejor hacia lo infrecuente que hacia lo frecuente. Pero yo creo en los buenos frutos de lo repetitivo. La rutina que yo quiero ponderar es esa que asegura estabilidad donde su falta lo entorpece todo: en el ahondamiento del propio espíritu. Con la rutina se contrarresta la tendencia a la dispersión. La vida de escritor, en mi caso, es una vida disciplinada. Yo escribo cuatro días por semana, otros dos los dedico a mi trabajo docente y a preparar mis clases, y hay un tercero en el que dicto conferencias. Pero esos cuatro días, que van de viernes a lunes inclusive, son días en los cuales yo trabajo varias horas por días ordenadamente; y en ellos acarreo las ideas, palabras o intuiciones con las que trato de convivir. Y gracias a esa disciplina de trabajo, de corrección, de espera y de lentitud, yo logro algunas páginas que después vuelvo a trabajar, pero que son en sí mismas la materia prima de lo que luego serán mis poemas, mis ensayos o mis cuentos para chicos. La vida cotidiana, en tanto implica la posibilidad de un grado mínimo de previsibilidad y de organización de nuestra vida, permite disciplinarse y disponer del propio tiempo de un modo más autónomo que cuando estamos librados al azar de los acontecimientos o a lo imprevisible, que exige soluciones pero no permite programar.

–¿En qué momento de su vida descubrió la importancia de la rutina?

–Cuando leí a Rainer María Rilke. Él me reveló a través de sus cartas un verbo que yo no asociaba a la literatura, porque estaba connotado por la vida más burocrática y burguesa, que es el verbo “trabajar”. Rilke habla del trabajo. Le dice a Franz Kappus, que era alumno suyo, que trabaje, refiriéndose a la literatura. Y yo creo que, en efecto, el trabajo y la rutina son absolutamente complementarios.

–Pero si la rutina se traduce en un exceso de programación ya adopta un aspecto negativo.

–No tengo ninguna duda de que un exceso de programación genera una burocracia rutinaria; a nada conduce la promoción de su desmesura y mucho menos cuando se la conduce en desmedro de la imaginación y del acceso a lo imprevisible. Si el apego a la rutina implica un desdén por la inquietud creadora, se malentiende por completo su extraordinaria fecundidad. La tendencia a enclaustrarnos en la rutina, o a encontrar amparo en lo previsible, termina por empobrecernos tanto como la desenfrenada avidez de novedades que nos empuja a una vida caótica, sin orden.

–¿De qué manera lo novedoso irrumpe en nuestras vidas para sacarnos de ese exceso de programación pero sin empujarnos al caos?

–Bueno, la improvisación es fundamental en nuestras vidas. Podríamos hacer una analogía entre el enamoramiento y la relación de una persona con otra. El enamoramiento tiene mucho de revelación, tiene mucho de teológico: alguien de pronto nos gusta, no sabemos por qué, no lo esperábamos; ocurre. Pero la relación también exige convivencia, andamiento, frecuentación, trabajo, rutina. Un buen vínculo no está reñido por la rutina; la administra.

–Entonces, ¿cómo se complementa la rutina que se apoya en lo conocido con la aparición de lo inesperado?

–Existe una feliz complementación entre la una y la otra, un sutil entramado de relaciones que alimenta, mediante la interdependencia, el sentido de ambas. Yo creo que un escritor vive librado a dos fuerzas complementarias: una es la súbita irrupción de lo inédito, de la inspiración, de lo inesperado, y la otra es la capacidad de disciplinarse para trabajar con los secretos que esa intuición o esa idea o esa palabra guarda.

–Desde ese punto de vista, la vida cotidiana encierra un profundo encanto, pero la rutina también implica un riesgo si no logramos entender su sentido.

–Sí, el encanto de la vida cotidiana es ese del que estamos hablando, la oportunidad o la posibilidad de contar con el tiempo. El riesgo es la rutina entendida como acostumbramiento, como caída en la obviedad, en la falta de discernimiento de lo que hay de rico y de novedoso en cada día, porque uno queda atrapado en la presunción de que todos los días son iguales, o en la impresión de que no hay nada nuevo en el día que llega. Ahí uno se marchita. Y marchitarse es no tener la capacidad de redescubrir el enigma de estar vivo.

–¿Cuál es, para usted, ese enigma?

–Es que uno es un milagro, es un milagro en la medida en que uno es uno por una única vez, y los milagros son ésos: algo que no se repite. Uno es uno por una única vez; uno está en este mundo y no volverá jamás.

–¿Al no valorar la vida cotidiana corremos el riesgo de perdernos la oportunidad de disfrutar de esta singularidad, la nuestra y la de los demás?

–Sí, el riesgo es la obviedad que impide advertir lo que hay de novedoso en un mundo que parece abusivamente familiar, pero no lo es. Yo lo vivo mucho con mis cuadros. Acá tengo algunos que quiero mucho; por ejemplo, un paisaje impresionista pintado por Manuel Zorrilla en los años cuarenta. Es un paisaje tucumano que estaba en la casa de mis padres. Yo supuestamente a ese cuadro ya lo vi, pero si soy capaz de sentarme frente a él y mirarlo de nuevo, lo redescubro y descubro la alegría de tenerlo.

–Y también redescubrirá a las personas que lo rodean.

–Tal cual. Ortega, en sus estudios sobre el amor, tiene un párrafo bellísimo donde caracteriza lo que es una mujer hermosa. Dice que una mujer hermosa es aquella cuyos rasgos nos resultan simultáneamente imprevisibles y cautivantes, mientras que una mujer es convencionalmente hermosa cuando es perfectamente previsible y, por eso, no es cautivante. Es precioso. Realmente las personas que nos conmueven son aquellas que, de alguna manera, nos sorprenden con su presencia y despiertan la posibilidad de advertir en ellas algo inédito, algo que no conocíamos, que provocan en nosotros una emoción inesperada.

–Eso implica una actitud de apertura permanente.

–Claro, implica ser apto para descubrir. Y esto vale para las totalidades de los artistas y de los creadores, en la totalidad de los campos posibles. Es esa capacidad de ser vulnerado por lo inesperado. Hay algo inesperado que irrumpe, que nos descoloca. Recuerdo una vez que escuché un piropo extraordinario. Iba por la calle y delante de mí iba un muchacho, y en el sentido inverso al nuestro venía una chica. Entonces, él la vio, abrió los brazos frente a ella y dijo: “¡Me salvaste el día!”. Es como si le hubiera dicho: “Tal vez para vos misma no significarás nunca lo que en este instante significaste para mí; pero para mí verte fue luminoso, me salvaste el día”. Es maravilloso, ¿no?

–Sin duda, aunque a veces somos un poco contradictorios: por un lado, miramos con cierto desdén a la rutina y, por el otro, hacemos un culto de lo seguro tratando de escapar a la incertidumbre que encierra nuestra vida.

–Ni más ni menos. Una de las finalidades de la rutina es lograr escapar a la imprevisibilidad, porque la imprevisibilidad es la intemperie que nos amenaza permanentemente, el desamparo. En una vida como la moderna, en la que lo preventivo es casi materia de culto –tenemos medicina preventiva, teléfono preventivo–, hacemos un culto de la previsibilidad. Entonces, eso denotaría una verdad profunda difícil de aceptar.

–¿Cuál?

–Que somos para cada uno de nosotros muy desconocidos. Creo que se podría afirmar que vivimos para escapar a lo desconocido y vivimos para evitar el contacto con lo imponderable, con lo que no está bien situado en el marco de lo inteligible, de lo que podemos prever y entender. Pero la vida se burla de esa cautela y siempre nos sorprende con un dolor que no esperábamos, o con una alegría que no esperábamos, o con una incertidumbre que no esperábamos y que irrumpe allí, donde menos control podemos ejercer, que es en nuestro cuerpo y en nuestros sueños. Y los sueños demuestran que estamos inermes delante de lo que nuestra vida inconsciente ha decidido hacer de nosotros y allí es donde el imprevisible vuelve a brotar y a ejercer su intendencia sobre nuestra vida. Pero en la vida diurna somos apólogos de la previsibilidad, al punto en que a veces nos ofendemos cuando nos enfermamos.

–¿Con quién nos ofendemos?

–Con nosotros mismos. Decimos: “¿Cómo puede ser? Con todo lo que tengo que hacer y yo con esta apendicitis”, como si realmente no fuera natural que uno fuese vulnerado por la enfermedad o quebrantado por un dolor o por un desánimo momentáneo. Nos ofendemos con esta imposibilidad de convertirnos en máquinas serviles de nuestra voluntad.

–Nos cuesta aceptar el límite y a eso se suma que hoy los avances en materia de medicina o tecnología nos ayudan a sostener esta ilusión o fantasía de que todo lo podemos.

–Sí, el hombre es depositario de un anhelo arcaico, que es el anhelo de la ubicuidad, de la simultaneidad y de la omnipresencia. El rasgo distintivo de Dios es que está en todas partes al mismo tiempo. Entonces, tenemos la ilusión de que podemos cumplir con este propósito arrebatándole la exclusividad a Dios a través de la tecnología de punta, en particular de Internet, que hoy nos permite abolir las nociones de espacio y tiempo; y, en apariencia, encontrarnos donde no estamos o no estar donde nos encontramos. Y habitar al mismo tiempo infinidad de espacios y tiempos.

–¿Qué costo tiene eso?

–El costo que pagamos nosotros es que no estamos exactamente en todas partes al mismo tiempo, sino que no estamos en ninguna, porque el afán de omnipresencia se traduce en una dificultad enorme para habitar el instante; nos cuesta habitar el tiempo…

–O sea, no estamos mental o emocionalmente donde estamos físicamente.

–Claro, y eso se evidencia en ese juego, en esta liturgia o exorcismo permanente, que es que yo la invito a usted a tomar un café y estoy con mi celular todo el tiempo en otro lado. Por eso, hay una enorme dificultad para habitar el tiempo, porque la voracidad nos impulsa a ocupar la totalidad de los espacios y la totalidad de los instantes. ¿Qué tiene que ver esto con la cuestión de fondo que venimos hablando? Que el hombre se rebela contra su finitud, no acepta sus límites, y trata de escapar de este límite valiéndose de la tecnología más sofisticada, porque ella le permite presumir que no le pasa lo que sí le pasa.

– Admitir que es limitado.

–Eso es. Siempre, en todas las épocas, el hombre aspiró a superar sus límites. Uno de los mitos más encantadores y tremendos es justamente el de Ícaro, que alzó vuelo con sus alas de cera para acercarse al Sol, creyendo que podría alcanzar cualquier altura y, finalmente, sus alas se derritieron y él se precipitó a tierra. La manía es uno de los recursos psicopatológicos que el hombre usa para superar sus límites. Y el otro recurso importante es el dogmatismo, porque el dogmatismo permite sostenerse en la ilusión de que el saber que se tiene es un saber suficiente, que no admite ningún tipo de cuestionamiento. El dogmatismo, entonces, lleva a abolir o negar todo lo que pueda significar un riesgo para la vigencia de ese saber…

–Al cuestionamiento, a la duda, a la renovación.

–Sí, no hay lugar para el cuestionamiento. Y ahí viene una tercera dimensión de esta intolerancia, que es la necesidad de subestimar las diferencias. Es menoscabar el valor de aquello que hace que el otro no sea exactamente como yo lo concibo ni como yo lo necesito, a no admitir que su autonomía escape a lo que yo necesito crear en él para homologarlo a mi propia persona. El amor a la diferencia es, sin embargo, fundamental, porque sólo si somos diferentes podemos llegar a parecernos. Si fuéramos iguales, no nos reconoceríamos.

–¿Por lo que el otro puede enriquecernos o por cómo puede ayudarnos a descubrirnos a nosotros mismos?

–Exactamente, por las dos cosas. La heterogeneidad es fundamental porque ninguno de nosotros es idéntico a sí mismo, y quien bien se lleva consigo sabe que “uno” es una palabra que dice poco de sí mismo… “Dos” dice algo más.