Leer cuentos que surgen en nuestra tierra, conocer nuestros autores y sus ficciones es valorar lo nuestro, afianzar la identidad y apoyar el arte y la literatura que nos representa.
Sobran motivos para enorgullecernos de nuestros escritores. Son muchos los que han llevado nuestras letras a un lugar de prestigio y admiración. Son muchos también los que hoy escriben y han escrito en el pasado sin ser reconocidos ni valorados como merecen.
Divulgar publicaciones, autores, textos, proyectos de quienes trabajan para y por una literatura genuina y comprometida con nuestras particularidades como hombres y mujeres de esta tierra nos parece un aporte valioso.
Esperamos que los lectores experimenten con cada sugerencia semanal un creciente entusiasmo por seguir descubriendo los tesoros que hay en las páginas de los escritores mendocinos.
En estos dos relatos de Mabel Albesa, los protagonistas humanos se vuelven uno con una naturaleza que los alberga y los engulle.
Sobre la autora

Mabel Beatriz Albesa es licenciada en Psicología, especialista en Docencia Universitaria y magister en Psicología Social. En su tesis de maestría abordó, desde la Semiótica, el discurso poético del Rock Nacional Barrial.
Se dedicó muchos años a la psicología clínica y a la docencia universitaria. Lee y escribe desde muy pequeña, con lecturas algo caóticas que incluían no solo literatura infantil, sino también lo que leían los adultos. A los diez años había completado un cuaderno de poemas y otro de cuentos, que en algún momento de la adolescencia fueron a parar a la basura. Siendo estudiante en la universidad, retomó la escritura.
Algunos de sus cuentos cortos y poemas se han publicado en fanzines, poemarios, revistas electrónicas , blogs y antologías poéticas de Mendoza y otras provincias.
para seguir leyendo
Cuentos mendocinos: “Quién sabe Alicia?” de Gabriela Araujo
Como todas las semanas, buscamos el encuentro entre autores y lectores locales, para que no sea ajena nuestra producción literaria a los amantes mendocinos de los libros. Sabemos que no debería ser la falta de divulgación la que impida que se…
En el 2021 publicó su primer libro de cuentos “Cuando por primera vez me vi” / “Jugando en serio”, (libro con dos frentes), de Editorial Glifo. En el 2022, su primer libro de poemas “Como savia alucinada” (Glifo) y, en el 2023, su segundo poemario “Mutanzas” (Glifo).
El cuento “Pantera” pertenece a su primer libro; “El pez que sabe” es inédito.

Pantera
Recuerdo muy bien aquella tarde cuando, por primera vez, me vi.
Era plena primavera, la mejor época para caminar el sinuoso y escarpado recorrido del zoológico.
Después de mirar serpientes, monos y aves, en un recodo del camino y en una jaula inesperada, la encontré: pelaje negro profundo que dejaba entrever algunas manchas, panza apoyada en la rama, gruesas patas colgando, un bostezo inmenso, colmillos al descubierto. Al terminar el bostezo, giró la cabeza y me clavó sus ojos amarillos de sol.
Quedé paralizada y ella lo supo.
En esos ojos había algo tan antiguo y tan salvaje que me inundó. Me arrastró con ella a un verde nuevo, desconocido y denso.
La acompañé por una selva impenetrable, bebí con ella agua del río, dormí a su cobijo, hasta que el guardia me tocó el hombro y me retó por haber traspasado la valla que separa la jaula del camino público.
Hui más asustada por el guardia que por lo vivenciado.
Volví cada semana anhelante. Recorría el camino hasta esa jaula con la rara sensación de entender todo y no comprender nada, de desear arrebatadamente llegar allí y, al mismo tiempo, querer huir aterrorizada.
Sé que me esperaba. Yo permanecía horas y horas. Escuché al guardia decir que había nacido en cautiverio y que nunca había podido aparearse… sus sueños eran mis sueños.
Corrí junto a sus noventa kilos, jugué a las escondidas con ella, me atropelló con su musculatura poderosa, me lamió la cara… ¡nos gusta sentirnos libres!
Me escondí del guardia, pasé la noche junto a esa jaula, la vi despedazar su presa y mirarme desde la total oscuridad, con sus ojos amarillos, como pidiendo perdón; al amanecer, la sentí rugir enfurecida cada vez que alguien se nos acercaba.
Tanta ferocidad aprisionada en esa jaula y afuera, clausura de toda pasión…
Ya me acostumbré a la gente que me mira, a los que me tiran pochoclo o galletas como si fuera una mona, al guardia que ya entiende mi rugido, a la oscuridad de la cueva, a la nueva intensidad de los sonidos.
Ahora me veo, algunas veces, cuando me vengo a visitar, me miro con mis ojos amarillos de sol, me mira con sus ojos azules de cielo.

El pez que sabe
Como todos los sábados, muy temprano, Ariel sale de su casa. Lleva su equipo completo y su campera abrigada. Se despide de su esposa con una caricia en la cabeza. Ella le dice: “Espero que mañana traigas algo para la cena”. Él la mira y sonríe, sabe que no traerá nada.
Acomoda en la gaveta del auto los permisos de pesca, los anteojos de sol, el gorro; en el baúl, la carpa, la canasta de víveres, su silla, un pequeño botiquín y la caja de pesca; en ella, linterna, cuchillo, herramienta multiuso, las líneas, mosquetones, chicotes, pesas y boyitas. Finalmente, su preciada caña de pescar con carrete rotativo.
Sube al auto, mira su casa y a su esposa que lo saluda con la mano. Emprende el camino.
El lago está a diez kilómetros, avanza sin prisa. El cielo se va tornando un manto de rosas y naranjas nacarados, poco a poco la luz que ya nada puede detener, se va extendiendo por los tejados de las pocas casas de la ruta. Algunas aves vuelan en remolino. Un suave viento se entrelaza con los árboles.
Tantas veces hizo el mismo recorrido, hasta aquella tarde, hace años… su hijo cayó del bote en el centro del lago y él no pudo hacer nada. Se lanzó al agua, pero el niño había golpeado contra una roca y al encontrarlo, ya estaba muerto.
Ese gran charco parece estar esperándolo, brilla quieto, callado, la luz se le acerca de a poco y le va cambiando los azules, segundo a segundo.
Ariel no arma la carpa, destapa la canoa en el embarcadero, la revisa, la empuja hasta el borde del lago, carga los bártulos, engancha los remos y se comienza a desplazar por esa superficie que es cielo hecho espejo.
Rema y rema hasta llegar al punto justo, el centro de esa superficie, seda fina y azulada que ahora se convierte en el centro de su mundo, allí reina el silencio.
Con paciencia y destreza anuda cada elemento. Todo listo. Tira la línea y espera.
¿Qué espera?
Ariel no lleva anzuelos ni carnadas, no es su intención pescar, nunca podría lastimar a un pez. En el chicote enlaza miguitas de pan. Solo ejerce atracción sobre los peces, nunca un señuelo, un engaño. Espera que se acerquen, poder verlos y con suerte, que lo miren.
Cualquier pescador espera las vibraciones de la mordida del pez en el anzuelo, Ariel solo espera ver la boca, el beso boquiabierto de ese pez que hurga entre las piedras y revuelve el fondo. Esa única boca del agua que podría decirle dónde encontrar lo perdido.
Vuelve con fuerza a tirar la línea, unas veces lejos, otras veces cerca. Hora tras hora.
Espera, contempla.
El sol ya está alto, ya ni sombras se proyectan.
La tanza es un hilo que brilla lujurioso de sol, finos círculos concéntricos a su alrededor ondulan este desierto acuoso. Algún ave en vuelo rasante provoca una diminuta ola que se disipa suave hacia la orilla. A lo lejos dos patos inician su ritual amoroso y parece que bailaran a un mismo compás, en un revuelo de plumas blancas, muy cerca de estos, unos lirios flotan hasta perderse en un remolino.
Horas y horas.
Quisiera quedarse ahí, estar a merced de esta quietud azul, que es a la vez abismo y masa. Quisiera sondear en la profundidad su propia naturaleza.
Quisiera quedarse ahí porque en el agua se borran todas las huellas, se limpian todas las manchas.
Decidido va en busca de ese pez inocente que, hurgando, levanta el limo del fondo. Ese pez que sabe lo que pasa en el fondo.
Ahora, el sol es una bola de fuego que espera apagarse de una zambullida en el lago. Parece que alguien ha roto los sellos de la tarde y se va escapando la luz. Unos cerrillos lejanos se hacen oscuros, los pinos de la orilla pierden su verdor, las aves se retiran de la superficie, los mosquitos comienzan a temblar sobre el agua. Despacio, la luna se apodera de todo.
