Como todas las semanas, con cada cuento que publicamos en Cultura de El Sol online, buscamos el encuentro entre autores y lectores locales, para que no sea ajena nuestra producción literaria a los amantes mendocinos de los libros.
Sabemos que no debería ser la falta de divulgación la que impida que se conozca el valioso trabajo de los muchos escritores y escritoras que actualmente producen sus obras aquí y, con gran esfuerzo, intentan que circulen sus páginas y lleguen a la mayor cantidad de gente posible.
Desde este espacio intentamos brindar a los lectores una oportunidad de encontrarse con las páginas de hacedores locales y ofrecer a escritoras y escritores un sitio más para dar a conocer su obra y su talento, del que los mendocinos debemos sentirnos orgullosos.

En cuanto al relato inédito de Gabriel Vacchelli que hoy publicamos, el autor nos comparte: “‘Cuerdas’ es un relato muy especial para mí. Lo escribí cuando todavía mantenía la fe por su recuperación, ella siempre fue una niña muy observadora y curiosa, como la protagonista, y una soñadora silenciosa, siempre en busca de que le sucediese algo extraordinario. Me refiero a Carlita, a quien dedico el cuento”. El texto pertenece a la serie “Imágenes de Plaza de Pájaros”.
Sobre el autor

Gabriel Vacchelli es docente y escritor, actualmente se desempeña como bibliotecario en una biblioteca escolar. Estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional del Comahue. Es autor de cuentos y novelas. Ha sido premiado en diversos concursos literarios. Ha publicado Agualima – La niña del eterno retorno (novela ganadora del Certamen Vendimia en 2012), Malditas mujeres en bicicleta (novela ganadora del Certamen Vendimia en 2014), Pájaros cautivos de Taormina (novela ganadora del Concurso literario San Juan Escribe, Premio Jorge Leonidas Escudero – Provincia de San Juan Argentina 2018).

Cuerdas
(en memoria de Carlita A.)
La ferretería a punto de cerrar, traspasé la puerta y de inmediato me arrepentí, adentro hervía de gente. Sin embargo saqué número y acomodé el cuerpo en el rincón menos asfixiante. Las novedades colgantes resultaron una buena distracción y una manera de evitar la sensación de ofuscamiento. Desde siempre he sido curiosa, papá dice que así me conoció a minutos de nacida, asegura que ya venía yo con esas capacidades innatas para la observación.
Me detuve en el exhibidor de cuerdas, siempre fascinante. Cuando niña, no más de cuatro años, solía entretenerme chapoteando en la ropa colgada de la soga en el patio de la abuela, resultaba agradable el flamear de las prendas sujetas por broches de madera en la cuerda tensada con un palo en medio, amaba humedecerme las mejillas y sentir las caricias de las telas. Ya más crecidita solía deslizarme en patines mientras mi primo en bicicleta tiraba de un cable. Vino luego el columpio de neumático colgado de una soga sujeta a la rama del pimiento, allí me acunaba horas al vaivén de canciones que yo misma me cantaba. Durante la adolescencia intenté aquellas deslumbrantes rutinas de doble cinta de las morenas norteamericanas; practicaba repiques en las veredas con la soga enganchada a una amiga o a la verja. Luego llegó la enfermedad del presente y me olvidé de jugar y, en vez de cuerdas para saltar, hallé cables y catéteres que me ataron a la terapia primero y a la cama luego.
Resignada con la espera del turno, comencé a observar detenidamente las cuerdas exhibidas. Disimulada repasé una a una con las yemas de los dedos. Orgánicas, metálicas, sintéticas, delgadas, medianas o gruesas, chatas o cilíndricas, macizas y huecas. Imaginé los diferentes usos según sus características (un cuadro de doble entrada mental): pesada y de cáñamo para amarrar botes de aguas mansas, ahorcarse de madrugada o arrojar a quien se odia colgándole una piedra en un extremo; delgada y plástica para envolver el cadáver del tipo que acabo de asesinar; muy delgada y de algodón para atar un paquete con bizcochos amasados en casa; chata y pequeña utilizada como mecha de farol para internarme en una caverna; mediana y de nailon para escalar un rascacielos o conquistar la pared rocosa de una montaña; de acero para elevar el ascensor de un rascacielos o rescatar los tesoros perdidos de un naufragio. ¿Qué sería de la humanidad sin cuerdas para amarrar, tirar, colgar, tensar, trenzar, coser, tejer, enredar, deslizar, subir, bajar o comunicar? La música depende mucho de las cuerdas, las hay rasgueadas y pulsadas en guitarras y arpas, frotadas en violines, violas y chelos, percutidas en pianos. Las armas primitivas las incluyeron: el arco, la ballesta y la catapulta, también la mecha del cañón. En el origen mismo de la raza contribuyeron a la evolución (imposible desligar la praxis humana del uso de las cuerdas), los modos de producción esclavistas las amaron, los barcos expedicionarios y conquistadores se valieron de amarres para maniobrar las velas; los alambres sujetos a postes delimitaron la propiedad privada, los territorios y fronteras, también los campos de Auschwitz. Quizá la primera cuerda fue una tajada de cuero de algún animal despellejado, o los mechones arrancados a una hembra brava resistiéndose al maltrato de un macho troglodita, tal vez fue la rama flexible y sedosa de un árbol o los hilos de hojas gigantes y fibrosas. Aún en estos tiempos la tecnología las tiene en la vanguardia, el caso de la fibra óptica por ejemplo. La vida misma se prolonga a través del cordón umbilical. Al féretro del abuelo lo bajaron a la tumba con amarras. Yo misma he pasado los últimos meses conectada a tubos y cables, que más que dar vida se la llevaron a gotones.
El sitio se espació poco a poco y yo aún en el aire, colgada de una nube pomposa. Mis ojos abiertos, que no miraban, notaron el local despejado. Me esforcé en orientar la atención. Percatada de estar cerca del número, comencé a dar imperceptibles pasos, recordando al mismo tiempo el motivo de mi presencia en la ferretería. Parada frente al mostrador saludé con una sonrisa breve y traté de recuperar los datos básicos para realizar el pedido. Descubrí que no precisaba ninguna cuerda y ya no tenía apremios de ninguna clase. De pronto sentí calor en la espalda y a la vez el estallido de la luz del mediodía. Un cascabeleo de cortina plástica anunció el ingreso.
Giré el cuerpo, y al mirar olvidé completamente mi necesidad de estar allí. En medio del portal estaba parado un muchacho, la cabeza rozaba el dintel y el cuerpo acechaba con su sombra al mostrador. No fue solo el físico lo que capturó mi atención, sino las fachas. Vestía una camiseta blanca ajustada al cuerpo, exacta y exageradamente pegada a los músculos, el pantalón de babucha azul y plata y los zuecos de madera. Deslumbraba el cabello rubio y rizado que se extendía sobre la espalda. Se acercó al mostrador y en ese segundo le calculé unos veinticinco años, más o menos mi edad. Farfulló un buen día y nadie respondió. Si hubiese hablado en perfecto castellano, tampoco hubiera sido entendido, tenía la voz demasiado cascada y grave. Los presentes asumimos que el chico no era del pago y su lugar de origen debía ser distante y extraño, entonces por pura curiosidad lo dejamos ser atendido primero. Casi como un gesto solidario le pregunté qué necesitaba, en un inglés colegial muy básico, entonces me respondió en un inglés callejero, aunque entendible. Mi traducción fue suficiente para que la ferretera lo atendiera con acierto: necesitaba cuerdas. ¡Cuerdas!
Si dentro del local se veía bello, a pleno sol resplandecía como un dios. A pocos pasos se dio cuenta de que yo estaba detrás. Se detuvo, y con una sonrisa me entregó dos papelitos azules y se marchó. Yo quedé en medio de la vereda hipnotizada.
Los papelitos azules indicaban palco preferencial, dos entradas gratuitas por un favor que había sido un gusto para mí. Decidí asistir sola, mamá hubiese dicho que una paciente oncológica no debe concurrir a sitios atestados de personas. A pesar de que se trataba de una carpa y simples banquetas de madera, sentí estar dentro de un gran teatro. Olía a las jaulas de grandes mamíferos y también a garrapiñada caliente. Al verme iluminada por las luces de colores, que bañaban la pista circular, experimenté la inédita sensación de ser la única habitante del universo, toda la creación estaba allí, dentro del circo y a mi favor. Entonces recordé un sueño que tuve dentro de la máquina de resonancia, estaba yo en el escenario vestida con una malla plateada y tacos altos, llevaba el pelo con un peinado recogido y una corona, saludaba al público, eran todas personas cercanas, aplaudían, enviaban besos y sonreían. Yo sonreía, mucho sonreía.
La función empezó con los redobles y el parlamento usual, luego desfilaron acróbatas, payasos y malabaristas al tronar de la orquesta en vivo. Un cañón de luz blanca marcó la presencia en altura de los acróbatas, una formación de tres hombres y una mujer diminuta y gatuna. Llevaban mallas plateadas entornadas a los cuerpos. Dos de los hombres eran jóvenes y el tercero, algo mayor, parecía el progenitor del resto de los atletas del aire, la chica se veía adolescente y los muchachos apenas mayores. Las cuerdas danzantes sobrevolaron de hito a hito el círculo de la pista. Un riesgoso salto despertó el fervor del público. Los brazos se enlazaban en las lianas, cuerdas mágicas enredándolos para luego expulsarlos al vacío, las piernas ágiles escalaban peldaños de viento. La niña etérea se dejaba llevar al capricho del juego acrobático de sus compañeros. Verlos volar de esa manera, tan seguros y dueños del aire, me hizo pensar que la red de contención debajo resultaba una medida innecesaria.
En un instante reconocí al chico de la ferretería, el rubio que me había regalado las entradas, él era parte de los trapecistas. Se lanzó en picada desde el mástil mayor, en el vacío abrió el aire en dos igual a Moisés frente al Mar rojo, y se clavó en la arena delante de mí. Enfrentamos las miradas por unos segundos. No hubo palabras, no hizo falta, enlazó la cuerda a mi cintura y nos elevamos hasta lo alto de la carpa. De brazo en brazo y de cuerda en cuerda recibí mi bautismo de aire. Sumergida en la alberca de luz y aire, donde nadaban los acróbatas, yo me dejaba conducir en un ritual iniciático. Entre brazos, piernas y cuerdas ascendimos a la cima del mástil mayor. Los demás, el público en general, quedaron en las gradas, clavados al destino de ser simples espectadores, admirándome a mí, la única que se animó a salir de su butaca y probar por un instante la sensación de volar.
Desde lo alto observé las formas circulares de las pistas, las líneas de banquetas salpicadas de personas y los lados coloridos de la carpa octogonal. Las luces ofuscaban la visión y la música estridente de la orquesta apabullaba. No había llorado antes, ni en los momentos de mayor dolor, y ahora lo hacía a gritos. No era un llanto de desesperación, sino de pura alegría.
De pronto enmudeció el lugar y las luces tornaron a un brillo expansivo y cristalino. El trapecista había desaparecido de mi lado, estaba sola en el aire. Ceñido por una malla de color plata mi cuerpo era sostenido desde el pecho por medio de un cordel sedoso, también plata. Una línea de cuerda extendida se perdía grávida en una hipérbole descendiente y perfecta hasta la pista central. Desde las alturas divisé el titilar de formas en derredor de un bulto yaciente en la arena y más allá de la tela de contención. Forcé la mirada, entonces reconocí a los acróbatas cerrándose en círculo e inclinados alrededor del cuerpo de una mujer. Los cabellos largos pintaban el piso y las extremidades delgadas se notaban desvanecidas en la pista. El hilo lunar amarrado a la altura de mi plexo, descendía hasta el cuerpo tendido y lo enredaba igual que una hiedra selvática. Supe que esa mujer allí abajo era yo misma. Observé a las personas desde arriba, las familias en las gradas, los artistas en el escenario y alrededor del cuerpo tendido.
Una leve brisa me despejó y sentí a la cuerda prendida en mí tensarse. Asumí que yo ya era también parte del aire, y con los ojos cerrados me dejé llevar de vuelta a mi cuerpo tendido en la pista. Al abrir los ojos hallé al muchacho de la larga cabellera. Habló unas pocas palabras y yo, sin poder traducirlas, supe que hablaba Dios a mi alma, el universo entero había signado ese día una frase para mi vida.
El circo se marchó y se llevó en su larga caravana mi dolor antiguo. Han transcurrido cinco años desde aquella visita a la ciudad. Sé que no volverá a pasar por aquí hasta no hallar otro milagro en ciernes. He colgado en el patio un columpio atado a dos gruesas cuerdas, suelo sentarme en las tardes a observar el cielo a través de la ramas, mientras meso el cuerpo lentamente imagino volar en el columpio, el gran trapecio de la vida.
