Alfredo Cornejo en la Asamblea Legislativa.

Casi con un dejo de melancolía, Alfredo Cornejo encaró la segunda mitad de la página 17 de su discurso en la Legislatura. Una metáfora, también coincidió con poco más de la mitad de su segunda gestión como gobernador. Y si bien el mandatario odia la frase “ciclo cumplido”, fue él mismo el que dejó en claro que, de ahora en más, todo tendrá sabor a despedida.

Por eso sentó las bases de cómo quiere que sea su testamento político. Qué dirán de su paso por el Sillón de San Martín una vez que se lo deje, quizá, a alguien que unja con su bendición. Al menos eso parece haber negociado con el Ejecutivo Nacional, al cual defiende cada vez que tiene oportunidad; con ligeras diferencias, pero en sintonía fina con el trazo grueso que baja de la Casa Rosada.

Cornejo se quiere asegurar el pago chico. Y si de acá a un año el peronismo mendocino no produce una revolución interna, difícilmente las elecciones del 2027 se le escapen al radicalismo, más allá del sello y el nombre que lleve en la boleta.

Fue una suerte de “vine hasta acá a inmolarme por ustedes”. Así se autopercibió Cornejo en la parte final de su presentación en la apertura de la Asamblea Legislativa. Casi bíblico. E hizo un repaso de las transformaciones de fondo que, entiende, llevó adelante desde que asumió en 2015.

“Ustedes saben que nunca me ha temblado el pulso para avanzar en los cambios estructurales indispensables”. Así arrancó el párrafo clave. Luego, una enumeración de luchas estoicas en materia de educación, salud, seguridad y justicia.

Curiosamente, fue la única vez que mencionó al Poder Judicial. Se limitó a señalar que cuando asumió era un sistema oxidado; con mucha academia pero pocos resultados.

En sus discursos anteriores, siempre le dedicó un espacio a sus proyectos de reforma y a plantearles desafíos a jueces y fiscales. Esta vez, decidió pasarlo por alto. No fue casualidad: la renuncia de Marcelo D’Agostino caló profundo. La salida del subsecretario de Justicia fue el golpe político interno más duro sufrido por el oficialismo desde 2015 a la fecha, con la gestión de Rodolfo Suarez incluida.

D’Agostino se fue por una denuncia por violencia de género que lo tiene hoy como imputado. Pero detrás dejó una estela de sospechas sobre la designación de magistrados, tráfico de influencias y el avasallamiento y la intromisión del Ejecutivo sobre el Judicial. Hoy, la justicia mendocina está bajo un halo de desconfianza y de conjeturas.

Punto y coma: “Y lo hice poniendo todo para ampliar la matriz productiva, porque de otro modo no habría esperanza”.

“Sé que por eso he pagado los costos que había que pagar y, posiblemente más, pero también sé que hoy tenemos un Estado más útil e inteligente que el que tomamos y esa es la única recompensa real que cuenta cuando uno elige dedicar la mayor parte vida al servicio público”. Así, el gobernador terminó de lustrar la placa de su propio bronce.