Este miércoles se cumplen dos meses desde que rige la cuarentena obligatoria en todo el país por la pandemia de coronavirus. En medio de la alerta global y de las cifras sanitarias y económicas locales, cada mendocino tuvo su propia mirada de lo que fueron estos últimos 60 días, que tuvieron un cambio sustancial en la rutina.

El factor común fue una incertidumbre inicial, sumada a un temor que en algunos casos se fue disipando y en otros persiste. Por otro lado, las sucesivas flexibilizaciones hicieron que varios se enfocaran en el regreso a la “nueva” normalidad y los desafíos que van a encontrar cuando llegue.

Entrenar en casa

Tomás Badaloni, delantero de Godoy Cruz, “estaba teniendo un año excelente” tanto en lo deportivo como en lo personal, según sus propias palabras. “Entrenábamos todos los días en la mañana y en la tarde tenía mi profesor particular”, relató.

Dentro del día a día, ese es el aspecto que más ha cambiado, junto con la constante de extrañar el fútbol. “Con el grupo algunas veces a la semana entrenamos juntos por videollamada. El resto lo hago sólo, a veces con el profesor. Gracias a Dios tengo un patio bastante grande para hacer cosas, pero no es lo mismo que entrenar en el predio y con los demás”, contó.

A pesar de extrañar las salidas, Badaloni se recuerda que “lo que está pasando es algo serio” y que debe quedarse en casa. Al mismo tiempo, no pierde de vista el momento en que tenga que salir para regresar a la cancha.

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“Estos dos meses todo cambió bastante. Me levanto más tarde, no a la hora de siempre. Va a costar volver a la normalidad porque esto que hago ahora es diferente a estar con el grupo, pero cuando vuelva me voy a tener que volver a acostumbrar”, mencionó.

Recorriendo las calles

Lucas Manrique comenzó a trabajar como repartidor el 9 de marzo, pocos días antes de que comenzara la cuarentena. Cuando se estaba acostumbrando al ritmo, la sociedad cambió repentinamente: pudo ver en primera persona cómo se formaban nuevos hábitos y cómo se iba perdiendo “el respeto a la cuarentena”.

“Las primeras semanas hubo mucho trabajo, se notó muchísimo. Después se vino abajo y se normalizó: la gente empezó a salir más, tomaba menos precauciones. Yo las podía ver paseando al perro o estando juntos en la vereda. Ya no había tanta demanda de delivery, en Villanueva por ejemplo, ahora no sale nada”, detalló.

Los últimos dos meses tuvo que recorrer grandes trayectos por Ciudad, Guaymallén, Las Heras y Godoy Cruz. Sumado a quienes no tienen en cuenta las medidas de precaución, se encontró con personas extremadamente cautelosas.

“Una vez se me rompieron los guantes y me los tuve que sacar. Cuando llegué para entregar el pedido, la señora me vio y me dijo: ‘No, dejame el pedido en la puerta y yo lo saco, ¿qué pasó con los guantes?’”, recordó.

Sin embargo, reconoció que se encuentra en el grupo que se mantiene alerta a cumplir todas las precauciones. “Sí me preocupo: vivo con mis hijos y mi señora, que está embarazada. Lavo la mochila con lavandina, tengo el alcohol en gel, los guantes, todo. Siempre pienso que si me contagio, también se contagia mi familia”, señaló.

En la Salud

Marcelo Contrera es enfermero y su rutina consistía en trabajar siete días en San Juan y luego descansar otra semana en su hogar de Maipú. Cuando inició la cuarentena, hubo cambios: ahora debía estar 14 días trabajando en Tunuyán y después la misma cantidad de tiempo en casa. “La gente estaba muy preocupada, realizaba un montón de preguntas al respecto”, contó.

Con la pandemia, los protocolos de protección se intensificaron al máximo, además de actualizarse algunos insumos, como los termómetros, que ahora son a distancia. Exceptuando los controles policiales, donde informaba que es enfermero, Contrera se volvió más precavido en decir cuál es su trabajo, teniendo en cuenta los casos de discriminación y ataques que trascendieron en distintas ciudades.

Aún así, en medio de todas las actividades, Contrera hizo foco en el lado más humano de la situación. “El cambio más grande que tuve del día a día fue compartir más tiempo con mi familia, en todos los aspectos. En las tareas de escuela, las compras y demás. Más allá del temor por el coronavirus, esto nos ha hecho tener en cuenta al prójimo, las prioridades de la vida han cambiado para todos“, reflexionó.

Sin la gente de siempre

Pablo Albornoz es uno de los dueños del kiosco que se encuentra en la esquina de Patricias Mendocinas y Pedro Molina. Antes de la cuarentena, era escéptico sobre todas las medidas que se rumoreaban frente al avance del coronavirus.

“Nunca nos imaginamos que tendríamos que cerrar. Sabíamos que se venía algo grande, pero creo que nadie pensó que sería de esta forma”, indicó.

El primer “golpe” fue la suspensión de clases el 15 de marzo. Ubicado frente a dos escuelas, el kiosco tenía como uno de sus clientes principales a los alumnos, que dejaron de asistir. Cinco días después se dictó la cuarentena obligatoria.

“Con las cosas cerradas, estuvo difícil, no hubo movimiento. La Casa de Gobierno y el Poder Judicial eran los targets principales y se frenó todo. No tenemos a quién venderle. Ahora hay un poco más de gente, pero nada significante“, contó.

En los últimos 60 días, Albornoz explicó que se pudo sostener la situación económica propia y del kiosco con otra fuente de ingresos. “Nosotros pudimos mantenerlo, pero sabemos que hay gente que vive exclusivamente de esto y la pasó bastante mal, siempre lo tuvimos presente”, comentó.

Grupo de riesgo

Osvaldo Pereira (60) y María Cristina Miguel (66) estuvieron 40 días sin salir de su departamento, hasta que se permitieron las salidas durante una hora. “Usamos ese permiso para ir a la farmacia y al supermercado, para caminar, pero hay mucha gente que no respeta la distancia, evitamos hacerlo”, relataron.

Ambos están jubilados y cuentan con personas que les ayudan con las compras de verdulería, panadería y despensa. “Cuando necesito algo, mi sobrina me llama permanente para preguntarme qué necesitamos. Nos recuerda que nos salgamos”, contó María Cristina.

“En estos días afilé cuchillos, lustré zapatos, pero después se terminó. Hemos leído, jugado a la lotería, al dominó, ya hay un momento en que uno necesita salir, caminar; y al mismo tiempo tenemos en cuenta que somos personas de riesgo“, comentaron.

“No podemos hacernos los vivos, yo sí tengo miedo”, expresó María Cristina. Al mismo tiempo, prevén que por más que se vayan levantando las restricciones, los grupos de riesgo tardarán más en volver a la normalidad. “Caminamos en casa, en la terraza; hay momentos en que salimos, pero lo principal es la prevención“, afirmaron.