Hay una marca registrada K. Una exaltación de lo nacional y lo popular que va más allá del relato o que, en definitiva, forma parte del mismo, aunque con herramientas que no apelan siempre a lo verbal. El kirchnerismo, más allá de sus fanáticos y detractores, moviliza. Y ha sabido encontrar los medios necesarios para ello y adherirlos a su imagen. Es la puesta en práctica permanente de todas las teorías sobre simbolismo político. La identificación con un grupo y la capacidad de generar constantemente mensajes que invitan a la militancia y que satisfacen la necesidad de pertenecer.
El oficialismo ha sabido aprovechar hechos clave en la historia argentina para poner su rúbrica. Un estilo K. Actos que tienen diferentes denominadores comunes y que se acoplan según las necesidades. Todo, fundamentado con un extremo estudio del uso de los recursos mediáticos y tecnológicos. Es ver, mostrar y generar la sensación de cohesión.
Responde a una política comunicacional claramente determinada. Porque, más allá de los cuestionamientos que pueden hacerse, la comunicación kirchnerista goza de cierto prestigio, muy por encima de cualquier atisbo opositor.
La Fiesta Nacional de la Vendimia es una de esas ocasiones para apostar al paroxismo. Es, tal vez, la fiesta más tradicional del país y la que políticamente genera alboroto. La provincia, se sabe, se mueve cronológicamente según el calendario vendimial. Es todo antes o después de los festejos. El año político mendocino arranca una vez que se sabe quién es la nueva reina. Antes, una tregua tácita. Una suerte de paz acordada entre los diferentes sectores para no embarrar los festejos. Por eso, la reprobación popular cuando hubo manifestaciones sindicales o políticas. Con Vendimia, no. Es el momento del pueblo mendocino.
Este año, la celebración en el teatro griego Frank Romero Day mostrará una serie de innovaciones que, si bien no responden a una cuestión política, respetan cierta artística ligada fuertemente a la impronta impulsada desde la Casa Rosada.
La utilización de la técnica de mapping para darle color y forma a la fiesta parece ligada a cuanta manifestación popular es organizada desde el oficialismo. No se trata de una imposición ni de una bajada de línea. Al contrario, es la sintonización de una misma frecuencia, de una tendencia, de compartir una manera de comunicar. Estar en los detalles, crear grandes montajes y que cada uno de estos elementos pueda lucirse.
La repetición de un mismo método hace al estilo. Y, cuando la organización parte siempre del mismo color político, es inevitable que se lo tome como ícono. Es lo que los sociólogos y politólogos denominan “vinculación emocional”.
La Fiesta de la Vendimia de este año está pensada como un espectáculo televisivo. El énfasis no estará sólo puesto en lo que suceda y vean quienes estén allí, al pie del Cerro de la Gloria, sino en cómo se verá en el resto del mundo. Señal única para que sea tomada por los diferentes canales, transmisión en vivo a través de internet y un juego de cámaras que buscará marcar un antes y un después.
Para la dirección se contrató especialmente a la productora porteña La Brújula, cuya cara visible será Ariel Hassán, hombre reconocido en ese ambiente por su talento y su creatividad. ¿Cuánto tiene esto de K? Nada y todo. Al margen de que los últimos trabajos de Hassán formaron parte de la programación del canal Encuentro, la estrategia mediática, la necesidad de mostrar una producción de alto vuelo, con una efectiva aplicación de la tecnología y de generar un mensaje impecable dejaron de ser atributos de cualquier tipo de producción, para pasar a formar parte de la “artística K”.
Así se verá la Vendimia por televisión en su edición 2013. Con grúas y tomas áreas. Y no se descarta que haya un drone que siga de cerca la reacción del público. Casi con la misma lógica que transmitieron los festejos del Bicentenario o la llegada de la fragata Libertad. Estar en el detalle, en la imagen justa, con contenidos, significados y significantes. Vincular planos, escenas y personajes. Todo guionado, nada al azar. Con diferencias, claro, por las características que hacen de la celebración mendocina un género único.
“Una de las dimensiones más fuertes de la política es lo que se denomina política simbólica. En mi último libro sobre ideologías, prácticamente dos terceras partes están conformadas por componentes denominados simbólicos. ¿Qué producen ellos? Legitimación”, explica Mario Riorda, el gurú comunicacional que tiene el gobierno de Francisco Pérez.
Para Riorda, aquellos elementos que terminan formando parte del simbolismo político no siempre son una cuestión de elección. Y reconoce la importancia que tienen para reforzar conceptos y valores que, casi siempre, contemplan movimientos o intereses populares.
“Sólo política simbólica para un gobierno generaría aire. No sería creíble. Sólo políticas concretas, sin legitimación a través de la comunicación y la política simbólica, generan déficit de apoyo y poca relación y sintonía con la ciudadanía y la cultura (en sentido amplio) de una sociedad”, aclara. Y completa: “Comunicar y legitimar no son opciones para un gobierno. Son acciones inherentes al objeto de lo político. Y ahí el rol de lo simbólico es su oportunidad”. El politólogo estadounidense Murray Edelman hablaba en este caso de una suerte de doble satisfacción: tangible y simbólica.
La primera tiene que ver con las acciones políticas que provocan cambios en la vida cotidiana. Se manifiestan en hechos concretos, cuya comunicación es necesaria para promocionar y reforzar las medidas de gobierno y el modelo elegido, pero que no producen una movilización en el público.
La segunda busca crear ese sentido de pertenencia. Apunta a lo pasional, precisamente, a lo que tiene valor simbólico, e invita a una conducta activa: a militar. Es, en definitiva, la construcción de un relato. Y, en eso, el kirchnerismo es una marca registrada.
