La irrupción de Sergio Massa en el centro de la escena política nacional, absorbiendo como candidato toda la presión de un oficialismo que hasta pocas horas atrás se veía tercero, fuera del balotaje, ha puesto a todo el mundo en un recalculando. A la oposición porque saben, en el Pro y en el radicalismo, que no es lo mismo afrontar una campaña teniendo enfrente a uno de los máximos exponente de la radicalización populista y del discurso sectario que expresa el kirchnerismo y que tan bien lo representaba Eduardo “Wado” de Pedro, que a un Sergio Massa, que no ha tenido empacho no de medirse, sino de probarse y usar tantos trajes tan diferentes como las oportunidades que se le han presentado a lo largo de su vida política. Y al oficialismo, vaya si no, al que, en términos generales, lo ha removido, lo ha sacado del aturdimiento y le ha hecho volver a crecer alguna que otra esperanza de recuperación, frente a tanta noticia infausta que le ha llegado vía encuestas y otros tantos análisis e indicios basados en la realidad.

Tampoco, la entronización de Massa significa que, ahora, el Gobierno y sus candidatos, los gobernadores y los intendentes del peronismo, hayan encontrado la tabla salvadora. No. Pero sí tienen en Massa a un “fullero”, según lo calificara este lunes, sin pelos en la lengua, sin tapujos y con énfasis, la vicepresidenta de la Nación, en un acto en Aeroparque y con el ministro presente: Massa, un pícaro, un tramposo, un mentiroso, al decir de Cristina Fernández de Kirchner, el único que hoy podría con sus pases de magia, sus inventos y sus creaciones –sumados a su capacidad para adaptarse a cualquier terreno sin importar las consecuencias, ni lo que de él se diga– hacer lo que haya que hacer para mantener el poder.

Con “Wado” de Pedro, el kirchnerismo parecía que se preparaba para irse a dormir en paz todas las noches de aquí en más hasta el día de la elección, esperando un milagro o para arrancar al otro día con la sensación de haber puesto todo sobre la mesa, sin resignar banderas ni caer en indignidades. Esa suerte de suicidio político al que se enfrentaba el kirchnerismo en caso de ganarle la interna a Daniel Scioli, otro de los tantos exponentes de un peronismo gatopardista e incombustible, y que también daría un paso al costado para la llegada del ahora “Súper Massa”, parecía dejarle el camino allanado a una oposición de Juntos por el Cambio que, a lo único que tendría que prestarle atención el 13 de agosto –de eso presumía, moviéndose casi oronda por el país–, era al desarrollo y resultado de una elección interna que les proporcionaría a los argentinos al hombre o mujer con la misión de marcar, señalar y conducir en ese necesario camino hacia lo que viene.

En unos pocos minutos de verba flamígera contra todo lo que el kirchnerismo ha debido soportar en la batalla interna que se libró en el oficialismo en esas horas dramáticas que se vivieron entre la designación de “Wado” de Pedro como precandidato, su caída en desgracia y el ascenso de Massa, Fernández de Kirchner, impiadosa, hizo, cuanto menos, tres revelaciones en un acto en el que, por primera vez, la vicepresidenta se mostraría con Massa, el ministro y único crédito del Gobierno para mantener el poder tras las elecciones que se vienen.

Primero, que el único candidato verdadero y genuino que ella y el kirchnerismo tenían, era De Pedro; segundo, que desconfía en un todo de Massa, el candidato, destratándolo como lo hizo, al calificarlo de “fullero” y apostador; y, tercero, cuando, al hacer mención a la inflación, achacó una de sus causas a las enormes rentas de las empresas desde la pandemia en adelante en todo el mundo: “¡Teléfono para el ministro!, ¡teléfono para el candidato!”, se agitó en medio de risas frente a la sorpresa de un Massa que sólo atinó a tomar un poco de agua.

Lo de la vicepresidenta puede que haya sido un acto de autodesagravio frente a las críticas, cuestionamientos y palos que recibió de parte de buena parte del peronismo, entre ellos, los gobernadores, quienes no aceptaron a su candidato; también, al feroz enfrentamiento con el presidente Alberto Fernández, el que pareció resurgir sólo para esta interna, oponiéndose a una lista de unidad y, a la vez, junto con todo eso, bien puede haber sido un acto de venganza pública de su parte, paradójicamente, en el primer acto de campaña de un malquerido, de su parte, Sergio Massa.

Un Massa que, de ahora en más, ocupará todo el centro de la política del oficialismo tras este acto de catarsis de Fernández de Kirchner en donde debió soportar una andanada, por muy poco, humillante, sobre su persona. Por eso mismo, Massa representa un peligro mucho más alto para la oposición que cualquier otro candidato que tenga enfrente.

Y no porque Massa logre cambiar el rumbo de la economía de aquí a las elecciones, sino por su capacidad para ilustrar, sin que medie prurito alguno, un mundo irreal sostenido en promesas futuras de difícil concreción. Un Massa que evitará hablar de sufrimientos y de penosas medidas que el país necesita para sacarlo adelante, como el gastar menos de lo que ingresa y, a la vez, terminar con la inflación, refundar sus estructuras viciosas y avanzar competitivamente hacia otras latitudes.

Pero no se puede gastar menos y a la vez bajar la inflación sin traumas.

Pero el peronismo en manos de Massa y a sus expensas, el peronismo frente a esta nueva configuración, cambiará el traje y se colocará el más apropiado para la ocasión; una ocasión que no siempre coincide con la que le conviene a todo un país.