Argentina debería comenzar a transitar este lunes un camino desconocido hacia la normalidad, en la búsqueda de un país sin sobresaltos ni desquicios, más allá de los arrebatos histriónicos del presidente.

Fue una elección bisagra desde el punto de vista social, más allá de las lecturas y elucubraciones políticas. Que si los intendentes del conurbano traicionaron a Cristina Fernández y a Axel Kicillof; que si los gobernadores de Provincias Unidas no pudieron imponerse ni en sus pagos chicos; que si Alfredo Cornejo no solo la vio venir, sino que también fortaleció su poder en Mendoza y les tapó la boca a quienes proclamaban “ciclo cumplido”. El único gobernador que este domingo pudo festejar.

Hubo algo más en esta cuestión: el humor social, que le dicen. Hay un hartazgo que todavía perdura; a los años del populismo, del cinismo y de la corrupción disfrazada de políticas de Estado.

Lo más razonable que dijo Javier Milei durante la campaña tuvo que ver con la necesidad de abandonar los atajos. Como una fábula, logró describir décadas y décadas de fracasos argentinos: un loop que parece interminable, del paso sin escalas del despilfarro y la corrupción al ajuste y la recesión. Y volver a empezar. Una y otra vez. Sin siquiera ver si realmente al final del camino existe la luz. Un recorrido que, además, cada vez se vuelve más sinuoso.

Quizá ni siquiera sea Milei el dirigente que logre establecer nuevas bases y puntos de partida. Tal vez sea apenas un presidente de transición: el que rompa con esa relación adictiva y autodestructiva que Argentina ha tenido con ciertas estructuras partidarias, promotoras de las farsas del Estado presente y de la justicia social. Conceptos vacíos, vagos, voluntaristas; recursos trillados de quienes se alimentan de eslóganes.

Es un país que desconoce la idea de la certidumbre, la planificación y el esfuerzo. Años de demagogia: de socialismo dictatorial hacia afuera y capitalismo de amigos hacia adentro. Un país destrozado culturalmente y con decenas de frentes abiertos; sin sustento, con un desprecio absoluto por la historia. Peor aún: con dirigentes y militantes especialistas en falsear el pasado, acomodarlo a su conveniencia y, de esa manera, justificar un festival de corrupción. Porque el perokirchnerismo no se arrepiente de nada. Porque sus dirigentes están orgullosos de tener a su líder presa por robar dineros públicos. Ese modelo, al menos por el resultado de las elecciones, se agotó.

“Patria sí, colonia no”. Demodé. Un discurso que atrasa al menos 50 años. Consignas que se las llevó el tiempo y que vuelven como verdades reveladas en una fotocopiadora.

Este lunes, millones de argentinos encararán sus vidas cotidianas de una manera un poco más amable, con el semblante relajado y sin la opresión de quienes militan el caos y la violencia como solución. Con la ilusión puesta en que, en una de esas, ahora sale bien. Y, si no, quedará la sensación de que al menos se intentó; de que se dio todo. De que, esta vez, no se boicotearon. Que es hora de reconstruir el tejido social. Que salga bien o mal, la salida es hacia adelante.