La frase fue aplaudida como todas las que sonaban a declaración de guerra al nuevo adversario. Sin embargo, fue pronunciada por quien menos se esperaba y, por razones obvias, fue la que menos repercusión tuvo en las columnas dominicales de nuestros diarios colegas de Mendoza.
La frase de Ricardo Mansur fue al corazón, directa, certera, y fue –quizás– la peor declaración de guerra jamás recibida por el iglesismo en el último tiempo. ¿Por qué? Porque nadie nunca había expresado en público un viejo runrún de los corrillos radicales sobre los supuestos lazos, nunca claros, entre varias administraciones radicales capitalinas, un reducto del iglesismo más puro, y la familia Vila, algo ciertamente cimentado con muchas decisiones.
SOSPECHAS. Cuando Ricardo Mansur bramó:“Hay algunos que creen que ser radical es sólo vivir en Capital y en el Dalvian”, algo se rompió para siempre. La frase fue directa, Iglesias, Bruni, Grillo y el mismo Cicchitti (hasta que tuvo un problema de índole particular) son sólo algunos de los nombres fuertes del iglesismo que viven en el barrio privado de la familia Vila; para ser honestos, hay que decir que varios cobistas también se refugian allí, aunque parece que a ellos las sospechas no les llegan, ya que profesan la fe de moda por estos tiempos.
Pero se sabe que a un radical se le puede dudar de cualquier cosa menos de su honestidad –en eso, nada diferencia a cobistas e iglesistas–, para los radicales mendocinos, los deshonestos o corruptos siempre son peronistas. Y Mansur puso en duda, precisamente, la honestidad del iglesismo y eso, por más que en público no quieran quemar las naves –todavía–, los sacó de quicio. “Ese muchacho se fue de boca, pero todo en la vida se paga”, sentenció en un café de la Peatonal un iglesista que suele cruzar las barreras del barrio privado muy a menudo, aunque no viva allí. Para los cobistas, la frase de Mansur fue una más en un contexto donde todo estaba permitido, se sabe que el éxito suele marear y el acto del viernes fue eso, un verdadero éxito.
PELEAR A FONDO. La semana pasada, cuando escribimos que el intendente de Guaymallén se jugaba a fondo por llegar a ser el “elegido”por el gran dedo de Julio Cobos, un par de cornejistas y biffistas se enojaron feo la misma mañana del jueves; es que se sabe, el éxito marea y la realidad duele. Sin embargo, pasaron sólo 24 horas desde que se enojaron hasta que tuvieron que aceptar que lo de García no era broma. Es cierto que para el acto del viernes se movilizaron todos, pero como siempre, el que se queda con los laureles es el dueño de casa. La realidad es que la sensación, a poco menos de una semana del acto de Guaymallén, es que la interna virtual está saldada y que ahora sólo habrá que sentarse a ver cuántos iglesistas embolsan sus rencores y enojos y cruzan el charco.
ÚLTIMO MOMENTO. Sin embargo, hay algo que el radicalismo que gobierna parece haber olvidado en sus maniobras políticas de acercamiento al kirchnerismo: que con ello viene también lo peor del peronismo, eso que espanta a todos. El martes en la tarde, un par de seguidores del presidente del Comité Nacional de la primera línea –esos que jamás pasarán el charco– sonreían sobradores ante el televisor, viendo las imágenes en vivo desde la quinta San Vicente. “Allí están los aliados de Cobitos. Una pinturita, los muchachos”.
El nuevo papelón del sindicalismo peronista, comandado por los gordos de la CGT a quienes Kirchner recibe en la Casa de Gobierno y a los que eligió de aliados para muchas de sus causas de los últimos tiempos, recordó sin anestesia la esencia de la cúpula sindical peronista con la que, tarde o temprano, el radicalismo que gobierna tendrá que compartir un palco si acepta su lugar en el tren K. Pero el iglesismo se frota las manos viendo que de la nada se prendió una luz.“Estamos mal, es cierto, pero siempre que tirás una cáscara de banana viene otro atrás que está peor que vos y la recoge.Así que nosotros no damos nada por perdido”, se confiesa con honestidad brutal uno de los que el martes se regodeaba frente a la tele.
¿LA CASA ESTÁ EN ORDEN? En medio de toda esta maraña de política, donde la violencia se volvió a hacer presente como en los viejos tiempos,Mendoza sigue expectante, con una agenda de problemas que merecen atención política. Los próximos meses serán de dudas y duros para Julio Cobos. Cómo seguir adelante en su ascenso en la política nacional y, mientras, batallar con dureza ante sus adversarios de siempre, jueces y sindicatos, que en las últimas horas ya dieron el alerta.
El transporte público sigue siendo un dolor de cabeza que no termina de cerrar y siempre surgen sorpresas que necesitan de especial atención. Algunos apuestan a que la gestión en Mendoza quedará, después del tiempo del pan dulce y los brindis con champán, más en manos de Juan Carlos Jaliff que de Cobos, otros dicen que al gobernador le sobra el cuero para atender los dos frentes. Lo único que parece ser cierto es que el camino estaría más lleno de espinas que de rosas, porque se sabe si hay algo ingrato en esta vida, esto suele ser muchas veces la misma vida.
