Desde el 2015 en adelante, cuando alcanzó el poder en la provincia, Alfredo Cornejo supo conducir a Cambia Mendoza por una senda de resonantes y claros triunfos electorales al consolidar un estilo y modo de gobierno en donde, quizás, el mayor acierto haya sido el de atribuirle al kirchnerismo, con el que compitió a lo largo de los años, el mote del malo de la película.

Cornejo supo ver, siete años atrás, el hastío de una sociedad que ya no estaba dispuesta a tolerar tanta ineficiencia acumulada en el manejo de los intereses públicos adornada, por si fuera poco, con la épica del relato nacional y popular, que prometía reivindicaciones para los vulnerados, marginados y mancillados sociales, que nunca llegaban a concretarse.

El paso del tiempo ha dejado a la vista de todos, como siempre sucede, una nueva configuración del malestar social, que ha ido en aumento. Hoy, el fastidio ya no sólo tiene que ver con fracaso del kirchnerismo y con sus actores principales, los que siguen alimentando la fractura social sobre la base de dividir entre el antiguo y ridículo eslogan del “ellos y nosotros” surgido o, como consecuencia, de aquella borrachera electoral del 2011 que hizo delirar a Cristina Fernández de Kirchner con “vamos por todo”. El enojo, sostenido y creciente, ahora incluye a buena parte de todo aquello que supo enfrentarse exitosamente al poder K, tanto en la nación con la irrupción de Cambiemos y esa alianza entre el Pro, los radicales y la Coalición Cívica de Lilita Carrió, como también, desde ya, con Cambia Mendoza que, evidentemente, luce un visible desgaste. La razón ha sido la falta de resultados efectivos para los problemas que los años fueron acentuando.

Según los analistas, seguidores y pensadores más serios que tiene el país, en general, la carencia de aciertos del arco político tradicional a lo largo de los años, se ha convertido en una frustración con todo aquello que estaba llamado a resolver, sino todos, la mayoría de los problemas que la democracia argentina prometía solucionar con justicia, equidad y transparencia, con la esperanza final de acertar con un país de los llamados normales, en donde casi todo funciona como debe ser y los esfuerzos y sacrificios se premian, también, como debe ser.

La consecuencia de todo ello bien podría ser la irrupción de Javier Milei y su para nada sorprendente buena recepción, según las encuestas, en los segmentos etarios más jóvenes, los que, si no logran abandonar el país buscando horizontes más amables para sus objetivos, pues se acercan a su discurso disruptivo y antisistema, sin siquiera preguntarse –pareciera–, o sin advertir el peligro de caer en manos de un estilo de conducción mesiánico y estrafalario, cuanto menos.

Ahora bien, sobre lo que viene y de nuevo en Mendoza, cabe preguntarse si a Cornejo y a la nueva Cambia Mendoza que está en proceso de formación, le alcanzará con reeditar las claves del 2015, poniéndose al frente de una nueva embestida contra los creadores de la grieta. En Mendoza, se sabe, al menos, que los representantes o referentes de aquel “vamos por todo”, del “ellos y nosotros”, no configuran una amenaza seria. Y, si bien puede que el discurso “estilo halcón”, como el que encarna su socia en la nación Patricia Bullrich, puede que le sume algo en la cosecha de votos, no sería la clave fundamental que lo conduzca a un triunfo seguro.

Tampoco la provincia está ofreciendo, entre lo que aparece en el menú para la Gobernación, a alguien que represente lo que es Milei en la nación. Aunque, para algunos, el rol del libertario antisistema es el que cumplirá Omar De Marchi una vez que rompa y se instale como una apuesta firme, oficial y seria para competir con el oficialismo, para otros no alcanzaría a cubrir esa demanda por ser una escisión, otra versión de lo que tenemos, no se sabe si mejor y potenciada o peor y devaluada del modelo que viene gobernando Mendoza desde el 2015.

La que viene será una gran oportunidad para el país para saber, a ciencia cierta, en la que anda su gente. Se sabe de la indignación y del malestar, pero cuánto de todo ese condimento modificará o no el debate en el que se cree que estamos, entre halcones y palomas, entre populistas y casi autocráticos versus republicanos e institucionalistas; o si bien discurre por otra dimensión y nivel no advertidos todavía: en el de una propuesta que logre sobreponerse a esa vara y logre reunir, en una sola idea, la base para otra cosa, desconocida claramente, que eleve al país.

También será interesante imaginar, durante todo este período de discusión electoral, para Mendoza y el país, lo que le espera a quien resulte victorioso. ¿Cuánta paciencia habrá para esperar que cuajen las transformaciones de fondo que sin dudas requiere la economía y la administración del Estado? ¿Existirá esa paciencia o directamente se pasará desde el minuto cero a la presión y tensión desmedida? Dependerá del grado de madurez de la sociedad, claramente. Pero también de la seriedad con la que se encare el proceso de lo que vendrá, sin lugar para los débiles, ni menos para el relato, la sarasa, la aventura y la especulación.