Las elecciones presidenciales de este domingo en esta impredecible Argentina tiró por la borda varios mitos y confirmó otros.

¿La gente vota con el bolsillo? Teniendo en cuenta que el claro ganador de los comicios generales fue el candidato-ministro de Economía de una inflación anual cercana al 150%, un dólar que pasó los $1.000 y una pobreza que llega al 40%, la respuesta es claramente negativa.

“Es la economía, estúpido”, dijo en 1992 un asesor de la campaña que llevó a Bill Clinton a la presidencia de Estados Unidos. La frase se convirtió en la síntesis más cruda de la incidencia de factores como crecimiento, inflación o empleo a la hora de votar. Pudo servir para la sociedad norteamericana, pero no para el norte argentino o el conurbano bonaerense, las zonas más rezagadas del país donde arrasó Sergio Massa.

Este domingo también quedó muy claro que la corrupción no le importa a nadie. O a muy pocos. Después del escándalo de Martín Insaurralde con el yate, Marbella, Sofía Clerici y la ostentación más obscena, en “su” Lomas de Zamora, ganó “su” delfín con más del 50% de los votos. Todo un mensaje a favor de la impunidad política más oscura.

¿O será que, como decía Juan Domingo Perón, “peronistas somos todos”? “En situaciones de crisis, de esas que nos golpean con demasiada frecuencia, la clase media no duda en votar por candidatos que utilizan un discurso más ligado al peronismo, el que le da más confianza ya que se trata de un discurso que apunta a lo material”, escribió el sociólogo Omar Argüello, que resaltó dos concepciones “mágicas” que, generalmente, llevan al PJ a la victoria: los procesos políticos como satisfactores de demandas, sin preguntarse por los recursos necesarios para atenderlas; y un Estado que, como la lámpara de Aladino, derrama riquezas con solo frotarla.

¿Cómo se explica entonces el triunfo de Massa? Habrá que buscar otros argumentos, alejados de la economía y la corrupción. La habilidad, ambición y flexibilidad política del tigrense no pueden dejar de destacarse, en contraste con la rigidez de las propuestas de sus rivales; los planes “platita” seguramente influyeron; la campaña del miedo funcionó (ajuste, quita de subsidios, reforma laboral) y le puso un techo a Javier Milei; Patricia Bullrich no convenció al electorado histórico de Juntos por el Cambio, que se horrorizó frente a una insólita, innecesaria y feroz interna y buscó otros horizontes. Ahora, la alianza que alguna vez soñó con desterrar para siempre al kirchnerismo deberá reordenarse y evitar escuchar el canto de sirenas (Massa es un experto en esas lides) para no desintegrarse y volver a ser una opción electoral seria.

El pragmático ministro-candidato utilizó sin ningún tipo de pruritos el gigante aparato y los escasos fondos del Estado para fortalecer su campaña: la devolución del IVA, los cambios en Ganancias, los bonos, los créditos a tasas bajas, las heladeras, el previaje formaron parte de ese combo que más temprano que tarde, todos terminaremos pagando.

Los números hablan por sí solos. Después del tercer puesto en las PASO, con 27,3%, el peronismo puso en marcha su viejo pero siempre listo aparato y la maquinita de emitir billetes trabajó 24×7. Así, Massa creció a 36,7% en las generales. Milei, que había ganado las Primarias, se mantuvo en los mismos niveles cercanos al 30%. Juntos por el Cambio se derrumbó y el sueño de entrar a la segunda vuelta quedó muy lejos.

Ahora, el 19 de noviembre, la pelea en el balotaje será entre dos populismos (de derecha y de izquierda), con ventaja para Massa, que está a punto de lograr su gran sueño, por el que hizo todo. Desde irse del peronismo y prometer “barrer a los ñoquis de La Cámpora” en mayo de 2015, a regresar y asociarse con el kirchnerismo para acercarse al poder que tanto lo obsesiona.