Para ganar el 24 de setiembre, o para llegar al día de la elección general con cierto grado de tranquilidad, con los deberes hechos y casi sin nada librado al azar, Alfredo Cornejo tendrá que asegurarse, cuanto menos, el haber incorporado a su discurso de campaña –algo fláccido hay que decir y sin mucho más contenido que el bagaje que acarrea Cambia Mendoza en el gobierno desde el 2015 a esta parte– buena parte de lo que Luis Petri le hiciera ver al oficialismo y que no tenía en cuenta, que ignoraba, no quería ver o que, simplemente, pasó por alto.

Si en los próximos tres meses y medio de campaña, hacia la crucial fecha de las elecciones, Cornejo y su compañera en la fórmula, Hebe Casado, no diagraman un plan integral que contenga alguna mención con sentido correctivo del ítem aula; un programa de disminución de impuestos que permita tomar algo de aire puro a las pymes y a los actores de la economía en general, más un rediseño de las políticas de seguridad pública que le proporcionen un poco más de tranquilidad a la población, y si no logra convencer de llevar adelante todo un replanteo de un gobierno que ha dejado en el camino muchas insatisfacciones, el oficialismo puede que esté en serios problemas.

Entre las tantas revelaciones que han dejado al descubierto las PASO del domingo, emerge, probablemente, una nueva forma de reclamo del mendocino hacia su gobierno. La bronca, pareciera, o la frustración, ha tomado la forma de un planteo civilizado, sereno y firme. Porque ese modo que le imprimió Petri a una crítica franca y directa contra el gobierno tuvo tales características. Petri puede haber sido el catalizador de la insatisfacción y el enojo, eso que a nivel nacional las encuestas explican con el supuesto apoyo que capitaliza el libertario Javier Milei, pero al revés: no hay que romper nada ni dinamitar el sistema, sino que hay que hacer lo que hay que hacer y hacerlo bien.

A Omar De Marchi, con su Unión Mendocina, se le abre un escenario en el que tendrá que ser preciso y muy contundente, además de convincente, como para mostrarse el garante de las transformaciones que los votantes críticos de Cambia Mendoza le están pidiendo y exigiendo al gobierno. Entre él y Cornejo hay unos 56.000 votos de diferencia (256.000 puros para la fórmula que lidera el senador nacional contra los 200.000 casi exactos que cosechó De Marchi con su nuevo frente) y el código a descifrar es por dónde y cómo conseguirlos para recortar la distancia. De Marchi observa los votos de Petri, un poco más de 165.000, con el desafío enorme de hablarle a un elector que, siendo crítico del tándem Cornejo/Rodolfo Suarez, decidió cuestionar desde adentro del espacio oficialista cuando pudo haber optado por dos opciones, de mínima, anti Cornejo y anti gobierno que jugaban por fuera; entre ellas, su Unión Mendocina. Será muy interesante ver el desempeño de De Marchi y de su relato, sabiendo de antemano que una crítica descarnada y feroz como la que le hace el kirchnerismo al Gobierno provincial no cuaja, no convence, no da garantías y, mucho más que eso, espanta no sólo por contenido, sino más que nada por una forma y un estilo que nunca prendió en la provincia. Como muestra de todo esto, está la decisión electoral de la mayoría de los mendocinos, que ha ubicado al peronismo en su conjunto en un lugar al que pocos podían imaginar que llegaría.

El otro aspecto de toda esta historia electoral es, claro que sí, el presente y futuro del Frente de Todos, Elegí o perokirchnerismo. Los votos de todo este espacio no lograron alcanzar la línea de Petri, quien los superó, sólo él, por más de 11.000 votos: 165.000 de Petri, versus los 154.000 para todo el peronismo unido (66.000 para Parisi-Ilardo; 51.000 para Carmona-Paponet; casi 27.000 para Guillén-Marín y un poco menos de 10.000 para Guevara-Galván), representando un magrísimo 15,6 por ciento del total. Nadie puede suponer que el peronismo se extingue, por su historia y porque se supone que en algún momento de esta profunda crisis que lo ha cubierto, alguien desde algún sector hoy indeterminado tendrá que tomar las riendas y sacudir al movimiento para una toma de conciencia y baño de realidad que necesita más que imperiosamente.

Y es una tarea que desde afuera se ve más que complicada. Porque los intendentes no K y no camporistas que entendieron o, al menos, comprendieron el origen del problema que padecen, nunca demostraron contar ni con la voluntad ni mucho menos con la fuerza necesaria para desbancar ese estilo, ese método y esas formas sectarias que lo dominaron y que terminaron alejándolo de la gente en general y de sus votantes particularmente.

En principio, y como quedó configurado el espacio con la fórmula ganadora que llegó apuntalada por el kirchnerismo y La Cámpora, esa recuperación parece muy difícil. Con lo que quizás deban esperar un tiempo hasta que internamente se comprenda el drama que padece y cambiar el chip; un chip que, vaya paradoja, está manejado y controlado por una generación de dirigentes que estaba llamada a ser la renovadora y la que le aportara una visión superadora y mucho más sofisticada, a tono con las demandas del nuevo mundo. Y, sin embargo, con esa misma generación de dirigentes más jóvenes terminó hundiéndose en un túnel de tiempo que lo lleva al pasado. Toda una mala noticia para una provincia que todavía no puede llegar a entender del todo en lo que se terminó convirtiendo un movimiento que hasta no hace tanto tiempo lideró unas cuantas transformaciones de peso en la provincia, a nivel de infraestructura y hasta en la concepción del Estado. Ese peronismo, del pasado no tan lejano, es el que tiene que montarse al cambio de época que pareciera comienza a establecerse en la provincia y, quizás, también en la Nación.