Si los hechos de corrupción recientes, como el caso de ChocolateRigau en Buenos Aires y esa vida de dispendio y de lujuria que se ha dado en Marbella el dirigente K y funcionario bonaerense, Martín Insaurralde, sostenida según se cree –con un alto porcentaje de acierto– con fondos públicos, no pudieron en una primera instancia darle un golpe de gracia a las chances electorales del oficialismo en las elecciones de octubre, en las que con claridad se impusiera el ministro de Economía, Sergio Massa, sí lo pudo, finalmente, la economía y esa situación de desastre en la que se encuentra para los argentinos. Por eso, el kirchnerismo tanto lamenta las segundas vueltas, el balotaje, y lo condena. En ese mano a mano en el que se enfrentó su crédito, el vapuleado Massa, contra el nuevo presidente electo y ganador absoluto del domingo, Javier Milei, además del hartazgo social por un modelo populista agobiante, acabado, fracasado y sin rumbo, al final no pudo con todos los asuntos directamente ligados con la economía, con los estrictamente vinculados con el bolsillo de los argentinos. Otra vez, la economía marcó el rumbo y ritmo de las cosas y de los cambios por venir. Algo parecido ocurrió en el primer balotaje de la historia (el segundo fue el del último domingo), en aquel del 2015 entre Mauricio Macri y Daniel Scioli, candidato por entonces del gobierno K que dejaría Cristina Fernández de Kirchner.
En marzo pasado, el Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) había adelantado, sobre la base de un índice económico de su propia elaboración, la derrota del oficialismo si no mejoraban las variables de asuntos clave, como la actividad económica, el empleo privado registrado, el poder adquisitivo del salario, el crédito para la actividad privada y la tasa de inflación. Y fue lo que ocurrió. El mentado índice, del que este diario se ocupó el 8 de marzo del 2023, aventuraba la derrota al contrastar con la visión del propio Gobierno nacional los datos de la realidad. Y en marzo, hay que decir, todavía no se tenía demasiada idea de los daños provocados por la sequía en la Pampa Húmeda, la que no le permitiría al Tesoro nacional recaudar cerca de 20 millones de dólares, agravando aún más la situación de extrema crisis por la que se transitaba, incluso, hasta estos días.
La combinación de las variables, que se comenzó a analizar y calcular desde el 2001 en adelante, ha sentenciado que si no se llega a la cifra mágica de 1.07, el oficialismo pierde las elecciones, ya fuesen de medio término o generales, las que se realizan cada dos años en el país. En marzo pasado, el gobierno de Fernández y del derrotado Massa, siguiendo el mismo método de medición del IERAL tenía una visión optimista de la situación: su cálculo era del 1.05, mientras que, para el IERAL, se ubicaba en 1. De igual forma y si se ratificaba la tendencia y el invicto del indicador, el kirchnerismo tendría el futuro sentenciado, porque perdería la elección, como efectivamente terminó ocurriendo con el resultado de este domingo.
El gobierno creía en ese entonces, al final del primer trimestre del año y cuando todavía Massa decía estar convencido de domar la inflación, la que para el mes de abril, de acuerdo con lo que había imaginado en diciembre del 2022, estaría en el orden del 3 por ciento, que no sólo se reduciría la inflación, sino que la economía crecería un 2 por ciento, se reduciría el desempleo y mejoraría el poder adquisitivo del salario, además de que el crédito para el sector privado crecería rotundamente. Nada de todo eso ocurrió. En verdad, todas las variables económicas se agravaron. Y la actualización del índice ha dado como resultado que la combinación refleje un 0.92 para el 2023, con una caída en la actividad que podría ser de entre 1,5 y 2 puntos del PIB.
Tomando la publicación de marzo, este diario describió que, en el 2001, cuando se comenzó a difundir el índice económico con consecuencias electorales, el indicador reflejó un 0.9, cuando cayó el gobierno de Fernando De la Rúa. En el 2003, ya con Néstor Kirchner, el indicador fue del 1.07; en el 2005, de 1.10; en el 2007, cuando arrancaba el ciclo de Fernández de Kirchner, del 1.07; en el 2009, el indicador fue del 0.97, con la derrota del gobierno.
En el 2011, el año del famoso “vamos por todo”, Cristina Fernández fue reelecta y el índice alcanzó el 1.07. En el 2013 volvió a perder el kirchnerismo cuando el índice fue del 1.02. Llegó el 2015, cuando Macri gana las elecciones, el índice fue del 1.06 y Macri vuelve a imponerse en las elecciones de medio término ahora al frente del oficialismo nacional, cuando el índice había subido al 1.07, la cifra mágica. Más tarde la historia más fresca en la memoria: 2019, derrota del oficialismo macrista y triunfo de Alberto Fernández con un índice de 1; año 2021, derrota del kirchnerismo con un índice de 1.06 y el último, de este 2023, con el triunfo de Javier Milei: el índice ha sido del 0.92, el peor desde el 2001, el que registró, en aquel año del inicio de una crisis sin precedentes, un 0.92.
