Se puede entender y hasta comprender que para radicalismo como tal, como expresión política pura, única e indivisible, se configure como una pésima noticia la mínima posibilidad de que Omar de Marchi, el líder y referente máximo del PRO, el socio más importante dentro de la coalición de gobierno, decida finalmente pegar un portazo, tirar las llaves y buscar un futuro propio por afuera en el inminente y próximo turno electoral que se avecina.

Sin embargo, si tal escenario se confirmase, los mendocinos tendrían que abrigar una esperanza cierta de asistir a una campaña electoral de esas, potencialmente provechosas y altamente beneficiosas de las que hace mucho tiempo no se dan.

Si hubiese que identificar en verdad cuál de todas ha sido la más pesada y urticante herencia que le haya dejado Alfredo Cornejo a Rodolfo Suarez –a diferencia y a contra mano de lo que todos puedan llegar a pensar señalando a la deuda en moneda extranjera y a los vencimientos de la misma que operan este año–, quizás haya que buscar por el lado del desmantelamiento del peronismo, como oposición cierta, seria y competitiva de verdad. Porque a la larga acható todo lo que vendría.

Se comprende, en cierto modo, esa obsesión manifiesta y sin más que los líderes del kirchnerismo, básica y especialmente, tienen con el ex gobernador y actual senador nacional al señalarlo, exageradamente, como el máximo culpable de sus males y degradación.

A Cornejo se le reconocen varios aciertos para llegar al poder: una estrategia basada en la paciencia, en vislumbrar antes que muchos los tiempos de la política, en esa construcción minuciosa de un esquema de poder que comenzó a cimentarse desde el más humilde y hasta invisible lugar de concejal del departamento menos poderoso de todos hasta alcanzar lo más alto de la estructura partidaria, en dejar pasar un turno cuando amigos y entenados lo animaban a jugar la carta brava por la provincia y tantas otras cosas más. Pero si en caso acertó en una estrategia por demás exitosa fue en señalar al kirchnerismo, a la Cámpora, a Cristina y a sus delegados en Mendoza como los únicos enemigos a vencer.

Las encuestas, pero por sobre todo la realidad vista a flor de piel, le decían a Cornejo, desde la campaña del 2015 en adelante, que la animadversión mendocina sobre el estilo y los modos K –los que comenzaron a dominar todos los movimientos del peronismo tradicional–, le darían la clave para un triunfo duradero y extendido en el tiempo. Pero mientras muchos han creído en Mendoza que la continuidad de esa situación política –con un peronismo casi fuera de juego– le podría generar dividendos a la provincia, y créditos a cobrar a futuro, claramente se ha convertido en una desventura perniciosa. El kirchnerismo se ha llevado puesto al peronismo también, si es que algo quedó con vida de aquella expresión o movimiento que sabía de vínculos estrechos con la ciudadanía, y hasta de dónde y por qué le ajustaba el zapato. Y una de las consecuencias más claras y negativas de ello ha sido la ausencia de un debate de calidad y de alto vuelo por el presente y futuro de la provincia.

Al oficialismo radical le ha alcanzado para mantener su supremacía en la provincia con sólo renovar su discurso anti K: “Sólo miren lo que son y cómo gobiernan en la nación; de qué manera profundizan y extienden el populismo, rifando lo poco o mucho de riqueza que se pueda crear en la nación y con qué desparpajo y sin vergüenza alguna desprecian el esfuerzo, el mérito y el sacrificio”, ha venido diciendo en cada campaña electoral, sin demasiados cambios, desde casi diez años a esta parte. Y bien que le ha ido, desde ya.

El posible salto de De Marchi hacia los límites externos de Cambia Mendoza podría terminar con ese estado de gracia electoral que tanto Cornejo y Suarez lograron mantener y extraerle tantas ventajas. Pero bien podría convertirse en una excelente noticia para un electorado mendocino que hace años sólo vota para bloquear la llegada de una forma de gobierno con la que no comulga, claramente. Y nada más. Las pruebas de esto último están a la vista: nada ni nadie amenaza a quien gobierna y al sistema y no hay una mínima competencia por la mejor idea o proyecto para sacar de la decadencia constante a la provincia, con lo que la presión o exigencia para defender el poder ha sido, hasta ahora, en verdad mínima.

Sólo la aparición de una expresión propia de lo que hoy es Cambia Mendoza, o de lo que representa, ubicada en frente de la mayoría oficialista o de quien detenta el poder, en este caso los radicales, puede hacer subir la vara. Es que pareciera que ya no alcanza con los argumentos que se han venido estructurando para ganarse el voto de confianza de la mayoría. Y si en caso el oficialismo llegase a conseguir el apoyo necesario para sostenerse en el próximo turno electoral, es probable que ese crédito sería extendido con fuertes condicionamientos e imposiciones, sin luna de miel a la vieja usanza.

Tiene razón Suarez al quejarse, como lo hizo en la última reunión de la mesa política de Juntos por el Cambio, cuando manifestó que el principal enemigo al que se enfrenta el gobierno en la provincia es uno de los propios, como De Marchi. El lujanino, además, se ha preparado para una batalla que, también es cierto, quizás nunca se termine librando si es que se queda dentro de Cambia Mendoza. Pero si en caso salta la cerca, De Marchi obligará al candidato radical a cuando menos hablar de un plan para la provincia, cierto, concreto, serio y realizable.

Hay una esperanza mínima de que ese debate, sobre proyectos un poco más elaborados que lo que se ha venido dando hasta ahora, pueda darse. La fundación Pensar trabajó durante casi todo el 2022 en esos famosos cuatro ejes sobre los que el diputado nacional ha comenzado a basar su oferta electoral: viviendas, matriz económica, educación y digitalización. Una buena oportunidad para darle vía libre a una discusión seria hacia delante, con las urgencias del presente. Además, y por qué no, obligar a un peronismo deslucido a tomar conciencia del momento por el que atraviesa, a comportarse como un adulto con responsabilidades, a dejar ese estado de adolescencia y de naderías que alimentan a diario sus referentes en las redes sociales y a volver a poner los pies sobre la tierra: un espacio que dejó para partir como un cohete con rumbo indefinido, una especie de bala perdida en el espacio.